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sábado, noviembre 29, 2008

The Secret Goldfish: "Are you out of your fucking misery, yet?"

No os lo vais a creer, pero ayer por la noche, a eso de las cuatro de la mañana, vi en la tele una película que era mi biografía o mi autobiografía o un resumen de mis días en el puto planeta Tierra. Me cago en la hostia santa, el susto que me dio casi hizo que me cayera del sillón.
Roberto Bolaño, El hijo del coronel

"Are you out of your fucking misery, yet?". Esa es la última frase que se escucha en el corto I Love Sarah Jane. Un niño va en su bicicleta; en la espalda carga un arco con varias flechas. Las calles están vacías. Hay rezagos de incendios y luchas callejeras. Si se detiene la imagen al paso del niño se ve el vecindario; en una de las puertas semiabiertas hay una leyenda que dice: God is dead. Dios está muerto, y sólo el primer amor nunca muere. El pez, el pez secreto, al ser arrancado del agua - piénsenlo un momento, está asustado, no puede respirar - y luego devuelto a ella, ¿qué sentirá? ¿Felicidad? ¿Rabia con el pescador? ¿Confusión y olvido?. En uno de esos tiernos diálogos con la joven guardia, Helena me hablaba de una película de terror que se vivía a diario, una pesadilla en el parque de atracciones. La siguiente película es un corto (sólo 11 minutos) que parece de zombies, y tiene zombies y sangre y gore y humo y explosiones, pero también tiene esa escena maravillosa en que el niño dice que aún se pone triste algunas veces cuando piensa en esos peces. Sólo el primer amor nunca muere: I Love Sarah Jane.





Sarah Jane: What?! (Angry)

Jimbo: Do you have wonder, what a fish feels when it`s caught and get`s turn back into the water, like it’s he really angry at the guy that just (rend his mouth out?) with a hook o is he confuse, o that is just like forget all thing ever happen, like 5 seconds, I don’t know?

Sarah Jane: Do you have somewhere else to be, with your family or something?

Jimbo: No, they go.

Sarah Jane: Where?

Jimbo: They are all dead.

Sarah Jane: … … … Sorry.

Jimbo: That’s o.k. I get sad sometimes too when I think about fish.


Y para rematar los dejo con este extracto del cuento El Hijo del Coronel de Roberto Bolaño tomado del blog de Portnoy:

(…) os prometo que hacía tiempo que no veía una peli verdaderamente democrática, es decir verdaderamente revolucionaria, no lo digo porque la película en sí revolucionara nada, ni de lejos, más bien estaba pobrecita, llena de tics, llena de lugares comunes, de prejuicios y personajes caricaturescos, pero al mismo tiempo cada fotograma respiraba y exhalaba un aire de revolución, digamos un aire en el que se intuía la revolución, no la revolución completa, para que me entendáis, sino un troza más bien minúsculo, microscópico de la revolución, como si vierais, por ejemplo, Parque Jurásico y no apareciera ningún dinosaurio por ninguna parte, vaya, como si en Parque Jurásico nadie mencionara ni una sola vez al jodido reptil, pero la presencia de éstos fuera omnipresente e insoportable.

¿Os vais haciendo una idea? Yo nunca he leído ni una sola obra del Teatro de cámara proletario de Oswaldo Lamborghini, pero os puedo asegurar que al masoca de Lamborghini no le hubiera disgustado ver una noche a las tres o a las cuatro de la mañana El hijo del coronel. ¿De qué iba la peli? Bueno, no os pongáis a reír, iba de zombis. Sí, sí , más o menos como las pelis de George Romero, sin duda, en cierto modo, un homenaje a George Romero y a sus dos grandes películas de zombis. Pero el trasfondo político de Romero es Karl Marx, mientras el trasfondo político de la película de anoche era Arthur Rimbaud y Alfred Jarry. Pura locura francesa.
No os riáis. Romero es claro y trágico: habla de colectivos que se hunden en el pantano y habla de supervivientes (…)


miércoles, noviembre 26, 2008

The Secret Goldfish y J.D. Salinger

"If you really want to hear about it, the first thing you'll probably want to know is where I was born, an what my lousy childhood was like, and how my parents were occupied and all before they had me, and all that David Copperfield kind of crap, but I don't feel like going into it, if you want to know the truth. In the first place, that stuff bores me, and in the second place, my parents would have about two hemorrhages apiece if I told anything pretty personal about them. They're quite touchy about anything like that, especially my father. They're nice and all--I'm not saying that--but they're also touchy as hell. Besides, I'm not going to tell you my whole goddam autobiography or anything. I'll just tell you about this madman stuff that happened to me around last Christmas just before I got pretty run-down and had to come out here and take it easy. I mean that's all I told D.B. about, and he's my brother and all. He's in Hollywood. That isn't too far from this crumby place, and he comes over and visits me practically every week end. He's going to drive me home when I go home next month maybe. He just got a Jaguar. One of those little English jobs that can do around two hundred miles an hour. It cost him damn near four thousand bucks. He's got a lot of dough, now. He didn't use to. He used to be just a regular writer, when he was home. He wrote this terrific book of short stories, The Secret Goldfish, in case you never heard of him. The best one in it was "The Secret Goldfish." It was about this little kid that wouldn't let anybody look at his goldfish because he'd bought it with his own money. It killed me. Now he's out in Hollywood, D.B., being a prostitute. If there's one thing I hate, it's the movies. Don't even mention them to me".

THE CATCHER IN THE RYE


J.D. Salinger.

lunes, septiembre 08, 2008

Crónicas del mundo - Lobo Antunes

Recuerdo un día de mucha humedad en la Feria del Libro de Bogotá y por tanto una obstinada niebla se negaba a retirarse e impedía el adecuado tránsito entre los pabellones que la conformaban como si fueran los órganos del cuerpo desconectados de la vida. Bajo las puertas de uno de los pabellones, tal vez el corazón o el hígado aislado de la Feria del Libro, se encontraba Lobo Antunes, mucho mayor que el personaje que ocupa el centro de la fotografía tomada en Angola en 1972 que encabeza este post, en aquellos momentos que dieron inicio a tantas de sus novelas en la guerra colonial de Portugal, mientras era médico en el culo del mundo. Su cabello era completemente blanco y coronaba la vida de un cansado cuerpo que ya superaba los 60. Se veía como eso que siempre ha sido, un médico forense de los sentimientos humanos, el psiquiatra de la guerra y el colonialismo, el hombre que no soportaba el ambiente infecto de los hospitales, porque además, ¿quién puede soportar la asepsia de un hospital sin sentirse un poco culpable de una vida propia sin pecados?, porque al recorrer los callejones de un hospital cuando mi madre yacía en él, o mi padre, o en general cualquier ser querido, la asepsia era signifcado de la posibilidad de muerte, como si en la pureza del mundo, la pureza de los patriotas, la pureza de los santos falsos y los ascetas, la pureza de los sacerdotes cristianos, se escondiera la muerte

(el formol me hacía vomitar y el olor de los hospitales que siempre enferma, como si tuviera necesidad de sentir mis propios vicios)

a la que se enfrenta el recuerdo, ante el cual Lobo Antunes se convierte en el escritor que no le gusta escribir sino oir los recuerdos y muere cada vez que escribe un texto para escuchar la eternidad del ser humano.

Ganador hoy del premio Juan Rulfo, Antonio Lobo Antunes se acerca más al Nobel de literatura. Sus textos reproducen el ambiente de los estudios de anatomía renacentista, en que los lectores se convierten en los estudiantes aplicados que toman el escalpelo y capa por capa retiran un velo al alma humana,

(el olor de los hospitales, la oxidación del ácido metílico)

en un proceso que no deja de doler. Al verlo bajo las puertas del pabellón lo seguí a distancia. Lo encontré mirando la cielo hasta que se le acercó una mujer joven con tres de sus libros en las manos, indecisos de estar en ellas o en el suelo, para que los autografiara. Aproveché igual, con la palabra maestro, que para mí significa mucho más de lo que puede expresarse, para hablar unos segundos con él sobre la lluvia de Bogotá que casi nunca se decide a caer y obtener una dedicatoria de uno de sus libros que recién acababa de comprar. Al retirarse, me sentí inundado de la sangre del cuerpo moribundo de la literatura nacional

(el formol me hacía vomitar y el olor de los hospitales que siempre enferma)

y hoy, después de mucho tiempo aún recuerdo dos o tres de sus crónicas para el diario El País de España, crónicas del mundo, una de ellas dirigida para quien va a escribir, otras dirigidas al ser humano (otra palabra que no uso sin tener muy en cuenta todo lo que arrastra su significado), otra dirigida al lector, así que tomo en mis manos el fino bisturí y leo:

FRAGMENTO LITERARIO: LA CRÓNICA

La espuma contra las rocas

António Lobo Antunes 16/12/2006

La mujer dijo

-Creo que estoy embarazada

y se puso a pellizcar el cojín del sofá sin mirar al hombre. Una de las piezas del juego de ajedrez encima de la mesita estaba caída al lado del tablero. Un peón o un alfil, no se distinguía bien, porque los alfiles se parecían a los peones pero más grandes.

El hombre, que no pellizcaba ningún cojín, intentaba poner al peón o al alfil de pie con la fuerza de los ojos. La mujer dijo

-Estoy embarazada

y el peón o el alfil siguieron sin obedecer la orden del hombre. También había un poco de ceniza fuera del cenicero. Era sólo un poco, pero al hombre le parecía inmensa. El par de grabados encima de la chimenea había cambiado de color. Al hombre le pareció extraño que los grabados cambiasen de color. Dejó el peón o el alfil y los grabados volvieron a ser como antes. La mujer dijo

-¿Qué me dices tú?

no pellizcando el cojín, retorciéndolo con la mano. Un cojín de terciopelo, gris. En su primer tiempo de convivencia a ambos les gustaba la casa. Ahora no se fijaban en ella. Una nube

(o una bandada de pájaros)

cruzó la ventana. Ninguno de ellos hizo caso. El hombre se inclinó hacia delante y enderezó la pieza caída. Daba la impresión de que no existía nada más en el mundo, ni siquiera la revista abierta sobre las rodillas. La mujer, que existía aún menos que la revista, dijo

-¿No dices nada?

con algo como un proyecto de lágrima en uno de los párpados, no una lágrima, una agüita vaga vacilando.

El hombre disponía las piezas en orden en el tablero de ajedrez, colocándolas una a una justo en el centro de los cuadrados que no eran negros ni blancos, sino azules y verdes, de mármol, con estrías moradas. El agüita vaga se ensanchó y disminuyó. Si se lo observaba mejor, el grabado de la izquierda necesitaba un empujoncito para quedar paralelo al otro o hacia abajo, en el ángulo inferior derecho, o hacia arriba, en el ángulo superior izquierdo. Cuando la mujer repitió

-¿No dices nada?

el hombre se decidía justamente por el ángulo superior izquierdo sin levantarse del sillón. Le apetecía levantarse del sillón y no se levantaba. Pensó

-Esta noche lo hago

pero no sólo debe de haberlo pensado, debe de haber dicho algo porque la mujer

-¿Hacer qué?

mientras aumentaba el agüita del párpado y el hombre seguía examinando la ceniza ya que le faltaba resolver el problema de la ceniza para que la sala quedase perfecta. El meñique mojado con saliva, por ejemplo, o si no llevarla con mucho cuidado hasta el borde de la mesa, dejarla caer en la palma e inclinar la palma sobre el cenicero. Medía las ventajas del meñique y las ventajas de la palma en el instante en que la mujer lo interrumpió

-El tema no te interesa en absoluto, ¿no?

separando las palabras con un asomo de odio. No odio, decidió el hombre, miedo, más miedo que odio, se le pone siempre esa cara cuando tiene miedo, ¿cuántos años hace que la conozco? Intentó hacer el cálculo y no obstante a veces llegaba a la conclusión de que dos y otras que tres. En verano, de eso se acordaba, a través de unos amigos. También se acordaba del vestido estampado, de la cola de caballo, de su manera de sonreír. Sonreía con toda la cara, con todo el cuerpo. Su lengua, la forma de entrar con su lengua en mi boca dos o tres noches después. Dedos que le desabrochaban la ropa y se atropellaban con los botones, demasiados dedos, demasiada ansiedad, la espalda que temblaba. Esto en el coche frente al mar, un segundo coche a veinte metros, también con los faros apagados, se acordaba igualmente de una voz en su cabeza

-Voy a meterme en un lío

a medida que le soltaba de los hombros los tirantes del vestido estampado. A cada centímetro de piel a la vista el

-Voy a meterme en un lío

más fuerte, y excitándolo la certidumbre de que se iba a meter en un lío. La mujer dijo

-¿Me estás vacilando?

no frente al mar, ahora, frente al mar una especie de susurro

-Deprisa, deprisa

¿y donde hoy en día, explícame, se encuentra tu prisa? ¿Dónde la cola de caballo, dónde la sonrisa, dónde aquella forma de tocarle la nuca y dónde los dedos que jugaban con sus orejas? En lugar de jugar con sus orejas pellizcaban el cojín del sofá. Venas en las piernas que no tenía en aquel entonces, arrugas inesperadas, una mancha en la frente y la mujer

-No me mires la frente, mírame a mí, caramba.

Una mancha en la frente, blanquecina, de crema y tal. Extendió el brazo hacia la mancha y la mujer retrocedió

-Quieres resolver los problemas con caricias, ¿no?

El hombre no quería resolver nada, quería entender la mancha. El largo del pelo de la mujer ya no alcanzaba para una cola de caballo. Si se lo recogiese y lo sujetase con un elástico le quedaría mal. En compensación, ¿cómo le quedaría, en este preciso instante, el vestido estampado? Corolas grandes sobre un fondo amarillo. En el coche, frente al mar, acompasaba sus movimientos con el movimiento de las olas a pesar del

-Deprisa, deprisa

y en esto la espuma contra las rocas creciendo y deshaciéndose, la mujer de perfil en el asiento reclinado y la voz en la cabeza de él, a medida que la espuma se disolvía

-Me he metido en un lío, estoy perdido

o sea no la molicie que sucede al placer, ni paz, ni especie alguna de alegría, un malestar resignado

-Me he metido en un lío, estoy perdido

y las olas que seguían, imperturbables, que las parta un rayo a las olas. La mujer dejó de hablar: demasiada agua en los párpados, la boca sobre las rodillas, lo que parecían sollozos, lo que parecía llanto.

Y entonces, sin querer, el hombre afirmó en voz alta

-Estoy perdido

y derribó con fuerza todas las piezas del ajedrez, iguales a la espuma creciendo y deshaciéndose contra las rocas

CRÓNICA: LA CRÓNICA

Para quien va a escribir

António Lobo Antunes 31/03/2007

El escritor portugués recorre los meandros que llevan a una persona a involucrarse en la creación literaria. Uno de los temas sobre los que ha reflexionado en otras ocasiones, pero cuyas respuestas no lo dejan satisfecho. Es más, a cada pregunta más misterios. Tiene claro que él escribe lo que le gustaría leer. Y en la búsqueda de esas motivaciones aparecen otros interrogantes como ¿quién soy? y ¿por qué razón soy este individuo?

Siempre me he quedado cortado cuando me preguntan la edad: por extraño que parezca, tengo la absoluta certidumbre de que he nacido hoy y lo que veo en las fotografías o en los espejos me intriga: una cara que no se asemeja a la mía, un cuerpo que no es el mío, una sonrisa o una expresión seria que me sorprenden. Lo mismo me pasa con el nombre: vacilo antes de responder: ¿seré yo? ¿No seré yo? António, qué vocativo extraño referido a mí. Y, si me presento, la sensación culpable de estar mintiendo. Las personas más próximas a mí, ¿con quién están hablando? Las veo tan seguras de conocerme que me confunden. ¿Quién, por ejemplo, escribe ahora? Hace un tiempo declaré que era la mano y lo hice con total sinceridad. Sólo que no puedo asegurar que la mano me pertenece. Pero, si no me pertenece a mí, ¿a qué persona le pertenece? Usa materiales que me resultan familiares, mejor dicho algunos de ellos, cada vez menos, y todo lo demás ignoro de dónde viene. Palabras que me susurran o la mano, que va trayendo ecos que llegan y se imponen, frases venidas quién sabe de qué lugar cercano o lejano. Después todo se ordena y estructura de acuerdo con una secuencia en la que, ahí sí, intervengo. Ahí sí soy yo el que trabaja con el magma de las primeras versiones, cortando, cortando. Parto hacia un libro sólo con la decisión de completarlo y casi sin ningún elemento. Es esa decisión la que convoca las voces, los sonidos, la estructura. Un libro es un acto de voluntad. Lo hago porque estoy resuelto a hacerlo. Porque lo que leo de los demás muy raramente me satisface, cada vez menos me satisface. Siendo totalmente sincero, no me satisface. De manera que redacto lo que me gustaría leer. El problema es que no leo, es decir, no estoy fuera y por tanto no leo. Me limito a fabricar, y eso no es leer. A intentar acercarme a lo que imagino todas las veces que sean necesarias hasta que las páginas se tornen lo que pretendo. No es, no sé cómo decirlo, no es un trabajo de inocencia

(de qué un trabajo de inocencia)

sino un trabajo de taller. Me meto entero dentro de la cosa, removiendo en ella. Me despierto con ella, me acuesto con ella, me paso todo el día con ella, ella y yo

(es difícil expresar esto)

somos el mismo organismo, no uno parte del otro, el mismo organismo. Y si de tiempo en tiempo, en las crónicas, me refiero a esto, es con la intención de aclararme a mí mismo y a las personas a quienes les interesa lo que les doy. Al principio de la carrera de médico deseé, por mi cuenta o con Daniel Sampaio, comprender las razones de la creación. Publiqué un primer texto sobre Antero de Quental a los veintiuno o veintidós años. Luego Bocage. Después de la carrera Ângelo de Lima, D. Duarte (con Daniel), Lewis Carroll (también con Daniel), varios autores. Si lo pienso dos veces, creo que no llegué a entender nada sobre ellos ni sobre mí, que era lo que realmente pretendía.

El misterio del acto de crear permanece intacto. Recorrí la prosa de personas que buscaban también comprender, y el misterio del acto de crear permanece intacto. No creo que ningún individuo lo aclare. Y me resigno a duras penas a ese hecho. Cuando una obra es buena se vuelve impermeable a cualquier tipo de abordaje. Sus mecanismos están ocultos. Podemos comprobar los resultados pero nunca alcanzamos las raíces. Ni el tronco. Las hojas sí, a veces, ¿y qué interesan las hojas?

¿Qué hace que haya personas que producen esto? ¿Qué ha sucedido en su vida o qué demonios tienen en el alma para producir esto? ¿Y cuál es el motivo de que esto se convierta en el único elemento importante de sus vidas hasta revelarse, en apariencia, como unos monstruos de egoísmo? Camus

(detesto las citas, no haré ninguna más)

hablaba del egoísmo necesario a la creación y, sin embargo, pensándolo mejor, no me parece que egoísmo sea el término apropiado. Es un estado que se adueña del poseído sin que el poseído se dé cuenta. Me sucede con frecuencia reunirme para cenar con mis hermanos. Es curioso: ceno con ellos y no ceno con ellos, converso y no converso, formo y no formo parte de la familia y, no obstante, siento que estoy muy apegado a ellos. Soy uno de ellos y soy un extraño. Y, sin embargo, si les sucediese algo grave, sufriría como un perro. Y la pregunta regresa, obsesiva

-¿Quién soy?

Y tras esa pregunta borbotones de preguntas igualmente obsesivas

-¿Por qué razón soy este individuo?

-¿Por qué me siento diferente?

o la gran pregunta, que desde que me encontré no ha dejado de perturbarme

-¿Por qué yo?

No es un destino especialmente agradable, no es frecuente asociarlo al placer y, no obstante, ¿qué me ha hecho ser de este barro? He acabado un libro hace poco. Aún no tengo fuerzas para pasarme horas y horas, todos los momentos de la semana, a las vueltas con uno nuevo. Pero dentro de dos o tres meses estaré iniciando el próximo y los inicios de los libros son terribles. Un montón de versiones para las primeras páginas

(-Aún no es lo que yo quiero, aún no es lo que yo quiero)

hasta que la mano coja el tranquillo. Me hace recordar el agua que se derrama en las tablas del suelo, despacio, eligiendo el camino. La primera mitad lleva el triple de tiempo de la segunda mitad, cuando ya va sobre rieles y las palabras casi avanzan solas. Las semanas antes de comenzar y el final son agradables

(sobre todo las semanas antes de comenzar son agradables)

pero el arranque es un trajín lleno de desánimos, de falta de confianza, de miedo, la duda

-¿Me habré agotado?

la sospecha

-Tal vez ya no queda nada la interrogación

-¿Qué hago yo sin esto?

y un pavor

(no exagero)

y un pavor inquieto. Es así desde el principio y será así hasta el final. Ya debería estar habituado a estos sentimientos, pero no lo estoy. Lo curioso es que, aunque me lamente, y me lamento, no me cambiaría por nadie. No me imagino, me resultaría imposible imaginarme viviendo de manera diferente. No cambiaré nunca. Dura desde los siete u ocho años, dura por cierto desde que nací. ¿El bloqueo del artista? No creo en eso: los bloqueos, que son constantes, se solucionan topetando contra el papel, aunque no se obtengan resultados, hasta que los resultados lleguen. Acaban llegando, es una cuestión de porfía y de paciencia. Pido perdón, en lugar de las anécdotas que suelo contar en las crónicas, tan diferentes de los libros en que no hay anécdotas, por haberos agobiado con este discurso. Es que, de tiempo en tiempo, viene la necesidad de recapitular. Y una conversación de este tipo tal vez puede serle útil a quien ha nacido con el mismo sino: en ciertos aspectos, los escritores son monótonamente iguales. Y los que han nacido con el mismo sino comprenderán que no están solos: anda por ahí, la mayor parte de las veces quién sabe dónde, una criatura con las perplejidades, los entusiasmos y las desesperaciones que les pertenecen. Y alivia compartir este hado. Los cancerosos se consuelan entre sí. No sirve para nada, claro, pero da la ilusión de servir y es bueno vivir acompañado. Después cada uno muere en su rincón y ha dejado de tener importancia la muerte, porque algo vivo ha quedado, una especie de lucecita que no se apaga jamás.

Traducción de Mario Merlino.


CRÓNICA: LA CRÓNICA

La mejor es la única buena

António Lobo Antunes 22/07/2006


Pensándolo bien, no soy un escritor, porque lo que hago no es escribir, es oír más intensamente. Me siento y espero hasta que las voces comiencen. Andan a mi alrededor, más fuertes, más tenues, más distantes, más próximas, hablando sin sonido y no obstante diciendo, diciendo.

El problema es elegir cuál de ellas es la verdadera, porque todas las demás mienten. A veces lleva semanas, lleva meses entenderla. Casi nunca se trata de la más nítida. Casi nunca, no: nunca se trata de la más nítida, ni de la más seductora, ni de la más inteligente. En general se apaga, recomienza, vuelve a apagarse, se distrae de mí y yo de ella, intento encontrarla entre las restantes, no lo consigo, lo consigo, no lo consigo, recomienzo, la descubro a lo lejos, creo descubrir

-Es ésta

me desilusiono

-No es ésta

pues lo que cuenta no tiene sentido y no obstante existe algo en el sinsentido que me persigue, la atraigo hacia mí o me empujo hacia ella, no la atraigo hacia mí, me empujo hacia ella, comienzo a probarla despacito, una palabra dispersa, una segunda palabra al azar, una frase entera, las voces que quedan se empeñan en desviarme

-¿Qué interés hay en eso?

-¿A qué te lleva ese discurso?

-Estás equivocado

me entregan personajes, episodios, historias y yo no quiero saber nada de personajes, episodios, historias, eso es para quien hace novelas y yo me cago en las novelas, quiero un hilo que me conduzca al centro de la vida y traer a la superficie todo lo que existe ahí dentro, quiero el corazón del mundo, no quiero entretener a los que las compran, no quiero divertirlos, no quiero divertirme, quiero lo que reside en el interior de lo interior, donde están las personas y nosotros con ellas, transformar en letras lo que no tiene letra alguna, quiero seguir un pasito leve en un corredor que no sé dónde queda, no exactamente un pasito, el eco de un pasito que ha de volverse pasito si continúo con él, que ha de ganar carne y ojos y llevarme consigo, quiero respirar con él, quiero que nos quedemos juntos, quiero que el pasito sea mi pasito y el corredor mi corredor, que la carne y los ojos se conviertan en mi carne y en mis ojos, quiero ese libro que aún no ha comenzado, pero que a fuerza de obstinación y orgullo y paciencia se volverá mío, sin escribirlos, claro, ya no caigo en esa trampa, dejándolo salir como el agua que se derrama y encuentra su curso en las junturas de las tablas del suelo y no es mi libro, dado que no me pertenece ningún libro con mi nombre, los libros deberían llevar el nombre del lector, no del autor, en la cubierta, es el lector quien le da sentido a medida que lee, es al lector a quien le pertenece la voz, y no sólo la voz, la carne y los ojos y el corredor y el paso, y el lector está solo y es inmenso, el lector contiene en sí el mundo entero desde el principio del mundo, y su pasado y su presente y su futuro, y se escucha a sí mismo y siente el peso de cada víscera, de cada célula, de cada íntimo rumor, el lector no para de crecer y ya no necesita ni el libro ni a mí, y al acabar el libro comienza, y al guardar el libro en el estante el libro continúa y el lector continúa con él, cada célula se divide en millares de células y el lector es muchos, y el lector deja de leer porque no está leyendo, aunque piense que está leyendo no está leyendo nada en absoluto, tiene todas las edades al mismo tiempo y todos los tiempos de su vida aunque el libro esté cerrado en algún rincón de la casa y el lector no lo necesite para continuar con él y ahora me vienen a la cabeza las semillitas sin peso que en el verano de cuando éramos pequeños entraban volando por la ventana, volvían a salir, desaparecían y, aun desaparecidas, seguían con nosotros llevando de la mano recuerdos y esperanzas y alguien que cantaba

(¿qué mujer?)

junto al lavadero una melodía

(a veces ni una melodía siquiera: dos o tres notas solamente)

que son las únicas que oiremos cuando caiga la noche y las sombras que nos rodean piensen

(más que pensar: tengan la certidumbre, ellas y el médico y el señor de los ataúdes)

de que no oímos nada.


CRÓNICA: LA CRÓNICA

Crónica con buganvillas

António Lobo Antunes 18/08/2007

El escritor portugués dice no asociar el placer con la escritura de libros, pero lo cierto es que no hay ninguna otra cosa que prefiera más en el mundo. Hubo un tiempo que sufría por no ser capaz de crear. Descubrió el verdadero dolor de la impotencia. Se refugió en los casinos. Un nuevo mundo. Conoció las estrategias secretas de mujeres y hombres para seguir jugando. Tanta porquería a la vista. Y el arte de escribir volvió.

Las buganvillas en flor a lo largo del muro. A menudo, no importa qué esté haciendo o en qué ande pensando, me vienen las buganvillas en flor, azules y moradas, a lo largo del muro, el viejo y oscuro muro de mi infancia, entre la travesía y el callejón. Tanta sombra, siempre, por debajo de la buganvilla: e insectos diminutos, lagartijas, amenazas. Recuerdos así: mi bisabuela, aturdida, desataba un pañuelo de bolsillo y desparramaba un montón de joyas en la mesa. Me quitaba los caramelos y se los comía ella con esa boca elástica de los viejos, la expresión de Popeye que tienen todos: sólo les faltan los bíceps y la pipa. Me olvidaba del ancla tatuada: les falta también el ancla tatuada, claro. Antes del desatino, mi bisabuela se metía en el tren, a escondidas, para ir a jugar a la ruleta en el casino. De Benfica a Estoril quietecita, con miedo a que la reconociesen. Antes de comenzar a escribir Memoria de elefante, me pasé un año entero jugando todas las noches en el casino. No a la ruleta

(nunca me gustó la ruleta)

sino a la banca francesa. Al cabo de un mes ya conocía a muchas personas con el mismo vicio. Y a las mujeres que se prostituían sólo para tener dinero y poder seguir jugando. Llegaba a las once y salía a las tres de la mañana, cuando se cerraban las puertas. En muchas ocasiones me iba con alguna de esas mujeres: vivía en un apartamento pequeñito, por encima del mar. He descrito buena parte de esto en la novela. He descrito también el apartamento. Las pasé moradas para dejar el casino. Supongo que sufría un poco: de soledad, de no ser capaz de crear. Tenía dos hijas. No tenía nada salvo mi esterilidad en cuanto artista. No cogía el papel, no cogía la pluma, la cabeza se me había vaciado. La guerra, al lado de esta miseria, había sido el Paraíso para mí. Es la primera vez que hablo del dolor de la impotencia, e imagino lo que será el martirio de los hombres que fracasan en la cama. Y, no obstante, si me diesen a elegir, preferiría eso a la imposibilidad de la escritura. Sigo prefiriendo eso

(y todo lo demás)

a la imposibilidad de la escritura. ¿Por qué? No merece la pena preguntar por qué. Es así. Y será así hasta el final.

Las buganvillas en flor a lo largo del muro, azules y moradas a lo largo del muro. Qué destino del demonio es este que hace que un hombre

(que hace que yo)

mate incluso, si fuere necesario, para proteger un hado que no da ni goce ni alegría. Hacer libros es una tarea que no asocio al placer. Y, no obstante, ¿qué otra cosa me interesa de verdad? Además me ha vuelto humilde, es decir, me ha dado un orgullo humilde. Quería ser el mejor. Soy el mejor. ¿Y? ¿Qué he ganado con eso? Más miedo a escribir, más humildad todavía. Hola, buganvillas en flor a lo largo del muro.

En la sala de juego, me acordaba de mi bisabuela: ¿cuál era su mesa? ¿Ésta, aquélla? ¿Vendería cosas, como tantos hacen, para comprar fichas? En los casinos, y eso es algo que siempre me ha perturbado, nadie sonreía. Expresiones indiferentes. Personas, que se notaba que eran pobres, apostando unos dinerillos menudos; personas, que no sospechaba que fuesen ricas, lanzando al paño, con desdén, en una sola jugada, más que todo mi sueldo. Los crupiés lo recogían, imperturbables. Señoras elegantes en el bar que cruzaban las piernas, con el comienzo del liguero al aire, fumando con una expresión absorta. Echaban nubes blancas por la nariz. Homosexuales a la deriva como los perros en las playas desiertas, intentando descubrir un olor que los guiase. Inspectores de esmoquin con un paso lento de flamencos. Y yo un año entero

(buganvillas, buganvillas)

en esto. En momentos de suerte, las señoras elegantes me convocaban con la boquilla, poniendo el liguero un poco más a la vista, y yo me metía la mano en el bolsillo para disimular el entusiasmo. Vistas de cerca no eran tan jóvenes, y al dejar el whisky sus bocas eran amargas. Pero era bueno que me susurrasen amabilidades al oído, que acababan con una puntita de lengua que me estremecía. Uñas que buscaban los espacios entre los botones de mi camisa. Rodillas contra mis caderas. Salían con abrigos de piel, frioleras, caminando, como Cristo sobre las aguas, sobre sus tacones de aguja. Durante días y más días mi coche

(un pobre coche siempre sucio)

olía a perfume, y ahí están las buganvillas en flor a lo largo del muro, el viejo y oscuro muro de mi infancia, entre la travesía y el callejón. Tanta sombra e insectos diminutos, lagartijas, amenazas. Una mañana de vacaciones, una serpiente: no una serpiente grande, es evidente, una de esas pequeñas, inofensivas. La aplasté con una piedra, la ensarté en una caña, fui a asustar a mi madre con aquello:

-Quita esa porquería de mi vista.

Dios mío, la cantidad de porquerías que debería haber quitado de la vista. ¿Estaré aún a tiempo de comenzar ahora?

Traducción de Mario Merlino

domingo, agosto 24, 2008

Cromos

Cromos habla también de fotografías, de dibujos o figuras destinadas a una colección infantil. En nuestro país, en Colombia, también es una revista de farándula, una de las revistas del corazón. A veces, los buenos reportajes se encuentran más en estas revistas que en los reconocidos medios masivos. Los dejo con el siguiente reportaje que pueden también encontrar en este enlace: http://www.cromos.com.co/cromos/Secciones/Articulo.aspx?idn=4447


El río de la muerte


Un equipo de Cromos navegó durante cinco días por el cauce del río Cauca y comprobó que su fama de cementerio flotante sigue intacta, como si todavía se vivieran los tiempos de la guerra entre los carteles del norte del Valle.

Por Fernando Cárdenas/ Fotos Christian EscobarMora

En compañía de pescadores, la madre de un joven de 24 años acaba de encontrar flotando en el río el cuerpo de su hijo, cerca de Bolívar, norte del Valle.


El desangre en el río todavía sigue latente. Lo malo es que los vecinos de los pueblos ribereños ya ni siquiera se toman el trabajo de atrapar los cadáveres porque temen meterse en problemas.


La policía de estos pueblos del norte del Valle sostiene que es cosa de todos los días el trabajo de recoger restos humanos del río Cauca.

En la carta de navegación de un puñado de ambientalistas estaba previsto que el viaje duraría cinco días a bordo de un barco por el río Cauca para denunciar la contaminación de las aguas y promocionar un referendo en los pueblos ribereños. Pero la travesía cambió de rumbo. Al arribar a Bolívar, municipio del norte del Valle, apareció el cuerpo de un joven de 24 años, flotando en las oscuras aguas que hace treinta o cuarenta años dejaron de albergar peces.

Cuando llegamos a la orilla, la policía se encontraba acordonando la zona y la madre se subió a una lancha para reconocer el cuerpo de su hijo que descansaba unos metros río abajo. Ella sabía que si alguien se pierde en estos lados, lo más seguro es encontrarlo en algún punto del cauce. “Es un caso de limpieza social de los narcos, de ‘los Rastrojos’, la gente empezó a reclamar porque fumaba marihuana”, confiesa un poblador.

A pesar del dolor y de la tragedia de esta familia, aquí dicen que la señora tuvo suerte al encontrar a su hijo en el río. No fue de las que se mordió el luto, como les ha ocurrido a las víctimas de la matanza de Trujillo, entre 1988 y 1990, cuando narcoparamilitares tiraron al río 342 personas que militaban en cooperativas y participaban en marchas campesinas. Pocos cuerpos se rescataron.

Este recorrido ecológico resultó ser una marcha fluvial de la muerte. Los tripulantes de la embarcación llamada Caucayaco con unas 20 personas a bordo, invitadas por Ecofondo, comprobamos que todavía ocurre el desangre en sus aguas, como en los tiempos en que sirvió de inspiración a Julio Luzardo para hacer el largometraje El río de las tumbas, hace ya cuatro décadas.

Los muertos

El primer hallazgo ocurrió cerca a Buga. Íbamos observando marraneras y vertederos que contaminan el borde de la corriente y que convierten el cauce en una morgue con olores pestilentes cuando, sin darnos cuenta, entre la basura emergió el primero de los cuatro cuerpos abandonados que veríamos en la superficie. Fue Christian, el fotógrafo, quien descubrió al revisar sus láminas que en este punto empezaba la historia macabra.

Son crudas, por si acaso: frente a nuestra nave flotaba el triste espectáculo de un hombre sitiado de gallinazos. Una de las ambientalistas sacó su celular y llamó a la policía de Cali a reportar el suceso. Otra le gritó a un lugareño del hallazgo, pero este no movió una ceja. Los demás sacaban cámaras para capturar el registro. Hernán, el lanchero, con 30 años en las artes fluviales, nos dijo como para suavizar el panorama, que antes era peor: “Veíamos pasar en un día hasta 12 cuerpos amarrados como plátanos”.

Cincuenta metros más allá, también con una asamblea de gallinazos, apareció boca abajo un segundo cadáver: una mujer joven con marcas de tortura en varias partes del cuerpo. “Ambos eran indígenas del Cauca”, dice el conductor y agrega que los cuerpos habían pasado tres días atrás por la altura de Juanchito, como si formaran parte del paisaje, pero que nadie los recogió, porque hacerlo es un lío legal. Ni los municipios cercanos acogen el llamado humanitario, por los costos del levantamiento y de la ceremonia, así que dejan todo en manos de la corriente. La ceguera sirve para esquivar aprietos, engorrosas declaraciones judiciales y el río hace su parte para borrar las evidencias.

El silencio apareció en la barcaza como un leñazo. El escritor y abogado de oficio del río, don Óscar Salazar, se levantó con ahogo y sostuvo que este afluente es “el carro basurero de los municipios, y el carro funerario de una comunidad salvaje que arroja ciudadanos al río”. Este hombre viejo intentaba explicar un fenómeno de desapariciones que se repite desde hace décadas

La historia más conocida es la de Trujillo con sus más de 300 víctimas. Yamile Vargas, de 22 años, llora a su padre que nunca apareció. Ella no se sienta en la orilla a mirar el horizonte. Más bien lo busca en un álbum tipo Panini donde se registran los muertos de la masacre y pone sobre su estampa una foto carné a color, para que se vea mejor. Y cuando tiene tiempo, va a visitar las esculturas que hay en el parque-monumento que están levantando en uno de los cerros del municipio, como un símbolo de reparación.

Doña Consuelo, la encargada de este lugar, sostiene que las víctimas no quieren ir al río. Ya perdieron la esperanza de encontrar a sus familiares, así que el monumento, con unos dibujos que simbolizan a sus muertos –a su marido y a sus dos hijos–, les sirve para calmar el dolor. “Es la única forma de superarlo”, agrega.

A esta altura del río Cauca, en el norte del Valle, son los areneros los que conocen mejor la ruta de los desaparecidos. Antes, cuando las aguas lo permitían, ellos eran pescadores. Ahora uno de estos hombres cuenta que el peregrinaje termina en Beltrán, en el departamento de Risaralda. Allí el afluente se vuelve más tranquilo, con remansos y un gran remolino que detiene cualquier avance. Y hasta ese punto, todavía llegan familias desesperadas buscando a sus muertos. Vienen de río arriba, de pueblo en pueblo, preguntando a los vecinos de la orilla si han visto algo, aunque no siempre tienen suerte. “Yo los llevo en mi bote, nos damos una vuelta a ver si vemos algo y hablamos con la gente por si algo”, comenta el arenero.

Por culpa de la geografía, en Beltrán se han recogido más de 500 NN en las dos últimas décadas, que reposan en Marsella, a menos de una hora en carro. En los noventa, el peregrinaje de las familias obedecía a los muertos de la contienda entre los carteles, entre los ejércitos de ‘Don Diego’ y Wilmer Varela, ‘Jabón’. Luego vinieron por las matanzas de las autodefensas de Carlos Castaño Gil, tras el cambio de siglo, después vendrían por culpa del Bloque Calima, al mando de Ebert Veloza, alias ‘HH’, quien reveló bajo la ley de Justicia y Paz que sus hombres tiraban los cuerpos (más de 500) a este torrente para ahorrar tiempo y dinero, y borrar las huellas del terror.

Ahora los que marchan son las víctimas de los “rastrojos”, esos sicarios y traquetos herederos de los grandes capos, de los Urdinola o de los Henao, que se disputan el Cañón de las Garrapatas, una ruta confiable para sacar cocaína de alta pureza por las costas del sur de Chocó.

Turismo fúnebre

Sin importar las razones, en Marsella, un tranquilo pueblo cafetero, las autoridades han realizado una labor humanitaria poco frecuente, con unos costos enormes: una mala fama sin merecimiento, todo por recoger los cuerpos y enterrarlos en el cementerio público. Debe ser por eso que a los pobladores no les gusta la idea de que lleguen forasteros interesados en el turismo fúnebre que ofrece el cementerio. O que arriben semanalmente esos familiares para ver si esos cuerpos corresponden a uno de los suyos. En especial luego de que las autoridades borraron con pintura blanca las marcas de NN de las tumbas, para neutralizar el fisgoneo.

La verdad, como comenta el sepulturero Luis Gómez, es que son demasiados los cuerpos que han llegado provenientes de las aguas tranquilas de Beltrán. “Ya no los puedo contar”, dice. De todos, el que más recuerda es un deportista que venía torturado, que vestía pantaloneta. “Era muy jovencito y venía con rodilleras”, aclara Gómez, quien en sus tiempos libres es árbitro de fútbol.

Curtido y quemado por el sol, su mayor preocupación consiste en que el cementerio ya no tiene más terreno para recibir restos humanos. “Yo he pedido que se agrande el sitio”, explica. Sin embargo, sus palabras no serán escuchadas en la alcaldía. Según Medicina Legal, el número de muertos registrados en Marsella ha disminuido considerablemente en los últimos años, al pasar de 150 anuales encontrados en el río hace 10 años, a 5 en 2007, y 3 este año.

Y ese descenso de muertes violentas es una excelente noticia que descarta cualquier ampliación del camposanto. Pero contradice las voces de los pescadores del río, quienes explican que lo único que ha cambiado es que ahora ya no recogen los cuerpos por amenazas de unos narcos que se aparecen en “camionetas oscuras”. Más en confianza y en voz baja, revelan que las verdaderas razones están en que las autoridades locales les advirtieron que si sacaban un muerto de las aguas iban a tener que declarar en un juicio.

De modo que con esta política de indiferencia, el peregrinaje de los cinco o seis cuerpos semanales que arriban al remolino de Beltrán ya no tiene un muro de contención. A veces, estos hombres dan un empujón a los restos para que sigan su viaje y se desintegren más allá. Así, con ese poco de ayuda, no ponen en peligro el espacio que aún le queda al cementerio de Marsella y tampoco desinflan los aplausos por las estadísticas positivas de violencia.

domingo, junio 22, 2008

Василий Перов - Vasily Perov

B. las trajo alguna vez al país. De la Rusia de los años 70 aún había rastros, una pipa con la figura de Lenin permanecía impasible encima de la mesa. Hoy B. ya no fuma. Luego, como se pasan los manuscritos, escogió en especial un recuerdo de ese viaje, era una postal y me la obsequió como si fuera un regalo que contuviera algo oculto dentro de sí. El anverso estaba en ruso, pero se dejaba leer un nombre propio: Vasily Perov. De eso hace seis años. Cada vez que veo esta postal (sólo tengo que levantar la vista en mi mesa de estudio) me imagino ante el cuadro y pienso en el futuro de éste país, en su inmesa desolación, y una voz oscura, en la que creo adivinar a Leonard Cohen cantando "I've seen the future, baby: it is murder ".

Vasily Perov. Tea-Party at Mytishchi near Moscow. 1862. Oil on canvas, 43.5x47.3 cm. The Tretyakov Gallery, Moscow, Russia.

jueves, junio 19, 2008

Autoritratto di gruppo


"Mirrors

January
I conducted my first interviews with the protagonists of ’ 68. The interviews plunge me into my own past: as I listen, the film of what I was doing at the time unreels. Memory redoubled in this way is hard to bear; it seems to me that until now no one has wanted to take on this burden, sometimes not even those who tell their stories. The mirrors I see my image reflected in is opaque. My interviews with the elderly about their memories of Fascism had absorbed and moved me, but they weren’t so weighty, so unresolved, so enigmatic".
Tomado de:
Autobiography of a Generation. Italy 1968, Prefazione di Joan Wallach Scott, Wesleyan University Press, Hanover-London 1996.
Autoritratto di gruppo, Giunti-Astrea, Firenze 1988.

Autobiography of a Generation. Italy 1968, Prefazione di Joan Wallach Scott, Wesleyan University Press, Hanover-London 1996. Autoritratto di gruppo, Giunti-Astrea, Firenze 1988.

Fascism in Popular Memory. The Cultural Experience of the Turin Working Class, Cambridge University Press, Cambridge 1987. Torino operaia e fascismo, Laterza, Roma-Bari 1984

Memory and utopia. The primacy of intersubjectivity, Equinox, Londra, 2007. Memoria e utopia. Il primato dell’intersoggettività, Bollati-Boringhieri, Torino 2003.

Il mito d’Europa. Radici antiche per nuovi simboli, Giunti, Firenze 2002

L’Europa e l’amore. Immaginario e politica tra le due guerre, il Saggiatore, Milano 1999

Le connessioni storiche tra l’idea d’Europa unita e il mito dell’invenzione europea dell’amore cortese e romantico – nella Gran Bretagna tra le due guerre.

Europe in Love, Love in Europe. Imagination and Politics in Britain between the Wars, Tauris, London 1999 e NYU Press, New York 2000

La fontana della giovinezza, Giunti-Astrea, Firenze 1999.

Mussolini immaginario. Storia di una biografia 1915-39, Laterza, Roma-Bari 1991

Storie di donne e femministe, Rosenberg & Sellier, Torino 1991

Storia e soggettività. Le fonti orali, la memoria, Firenze, La Nuova Italia, 1988

lunes, febrero 25, 2008

Lara

"En charlas de coctel, por ejemplo, el establecimiento sigue diciendo que Lara fue un temerario y un suicida. ¿Suicida es tener principios y defenderlos? Si es así, los suicidas en este país pueden contarse por miles: desde Guillermo Cano, el coronel Ramírez, los más de doscientos jueces asesinados hasta Luis Carlos Galán".
(...)
"A otros, como Édgar Artunduaga, me di el gusto de no nombrarlos en la novela. Artunduaga era el director de El Espacio y le dijo a Lara que la haría una entrevista en off. Y lo grabó. Lara se soltó pero le advirtió que si llegaba a publicar algo era inminente su caída. Ahí vino el puño a la mandíbula: El Espacio publicó palabra por palabra las declaraciones de Lara con una fotos horribles".
Nahum Montt, entrevista en Arcadia



Y yo que quería que saliera el caso de Artunduaga.
Nt: En el libro hay una anécdota muy curiosa de la no-ficción de Bogotá. Aún recuerdo la voz de Germán, estábamos bebiendo unas cervezas en El Oasis. Germán saca del repertorio una de las buenas historias: él, un amigo, el amigo de un amigo. Un operativo en el antiguo y céntrico barrio "El Cartucho", cuando aún exisitía con su tráfico de arma y drogas, cuando aún se llenaba de traficantes menores, ejecutivos derrumbados, ladrones y personas ya dementes por el bazuco y el pegante, cuando aún manzanas enteras se intercomunicaban por los huecos abiertos en las paredes de antiguas casas como si la locura quisiera construir un laberinto o una ratonera. En la anécdota se podía casi escuchar las botas del ejercito o de la policía rompiendo a patadas los tabiques, las tablas podridas que simulan puertas, cada vez más adentro del laberinto (pero claro, el tono de Germán es festivo, como si un filósofo cínico y borracho estuviera relatando una película de Rambo para Sábados Felices, y todos reímos con cada onamatopeya, y caemos con lagrimas en los ojos en medio de carcajadas cuando sigue contando cómo los soldados entraban cual película gringa rompiendo un remedo de puerta, y apuntando para encontrar otra puerta que a su vez conducía a otra puerta llena de ojos miserables hundidos en el bazuco), y después de un rato, en una de las puertas, después del grito de rigor, que seguro debe ser un Quietos o un Abrán, acompañado por alguna exclamación, nadie contesta y sólo se escuchan pasos, algo que se agazapa detrás de la puerta. Ruidos que se arrastran, pasos ligeros y rápidos. Los agentes se miran entre ellos; temen una emboscada. Uno habla por todos: "A entrar". Otro pega una patada a la puerta o tal vez la derribó de un golpe de hombro. El que está atrás entra con el arma y la linterna, seguro que grita algo como : "Quietos hijueputas" y adentro, en la oscuridad, unos ojos vidriosos y amarillos, en extremo grandes para un ser humano, le devuelven la luz de su linterna. Entran más hombres. El miedo aterroriza sus cuerpos y los carga de la adrenalina previa al enfrentamiento y la resignación suficiente para enfrentarse a eso que los mira y cargan sus armas dispuestos a pelear, como si fueran Danny Glover contra el Depredador que ahora tienen en frente, cuando desde el fondo de la habitación la voz de un niño habla desde los harapos que lo cubren, un hilo de voz que sale de una costra deforme entre la boca del frasco de pegante y algo que se asemaja a una nariz a ras del piso, acostado diciendo "dejen al animalito en paz que sólo come hierba", y más linternas alumbran en el corazón del cartucho los cachos, el color amarillo ocre, el cuello largo y las pezuñas de una jirafa, una jirafa bebe. Así fue la anécdota que contó Germán y ahora cuenta a través de la literatura Nahum. Y yo me quedo pensando en ese operativo con algo de risa en mi rostro. Y veo otra vez las miradas de incredulidad, el asombro que sólo trae el prodigio. Y seguro después la llamada al capitán o tal vez al sargento, y un hombre que habrá salido a las afueras de la manzana requisada, a encontrarse con Mi sargento o con Mi capitán, y llega un poco agitado y excitado a decir, "Mi Sargento ( o mi Capitán), para traerle la novedad que hemos incautado una jirafa".

sábado, septiembre 08, 2007

Serrano (9)


Ese día puede hablar con el maestro un rato. Al otro día lo tuvimos con todo el DT para una charla privada en la que se tocó el tema de lo underground, lo humano, la fotografía y el arte religioso. Cuando ya acabábamos de hablar sobre su obra, Rafa le hizo la pregunta de reina de belleza.
- Si no hubieras sido fotógrafo y artista ¿qué te habría gustado ser?
- A rockstar - respondió Serrano.

sábado, agosto 04, 2007

Tradecards

Recuerdo cuando jugaba al supertriumph. Hace unos años vi que H. coleccionaba 'figus' en el insomnio. Ahora yo juego con cartas de nuevo, a lo supertriumph.


"...Así, los marxistas confirman de nuevo el marxismo, y los deconstructivistas la deconstrucción. Uno desearía que toda la cuestión fuera realmente más desestabilizadora, no tan petulante, que fuera más probable que uno olvidara sus propios vínculos ideológicos y su identidad personal con el fin de pensar y leer de manera diferente y de modos novedosos".

Edwar W. Said.


P.D: Se busca ficha de Marx y de Foucault para cambiar por la de Adorno

viernes, junio 29, 2007

Pág 139

Gracias a Eleanor Rigby empiezo este meme. Tal como a Eleanor Rigby me pasa lo mismo con los libros. Quienes más me conocen saben que cargo dos o tres libros siempre en la maleta, y esto depende de mi estado de ánimo. El meme consiste en escribir el segundo párrafo, de la pág 139 del libro que estén leyendo en este momento. Este meme se lo paso a Lobo si su salud lo permite, a Tánger Soto si no se encuentra furibunda y decepcionada o muy ocupada en su defecto, y por último, pero no menos importante, al gran lector de Gamboa.

Por lo mismo, la pág 139 de los libros que siguen:

Opio en las nubes (Rafael Chaparro Madiedo - Ed. proyecto editorial, 2da ed, 1998):
"Highway 34 era el único que se levantaba y olía el aroma de los días. Antes de que los demás locos se despertáran Highway 34 llenaba los pulmones con el aire de la mañana mientras silbaba alguna canción for the benefit of Mr.Kite there will be a show tonight on trampoline for th benefit of Mr.Kite. Luego aspiraba profundamente el día, la luz, se metía todo el canto de las aves en su pecho, olía cada hoja seca. Cuando llegaba a la alameda Highway se agachaba y saludaba personalmente a cada paloma, a cada hoja seca. Hubiera preferido que dentro del sanatorio hubiera coyotes, pero creo que el reglamento no lo permitía. Su paloma preferida era una que siempre estaba cerca de la estatua de algún doctor famoso que había fundado el sanatorio. Highway 34 la bautizó Houston. Houston siempre estaba en las mañanas revisando el paso de la noche sobre las hojas secas. Siempre se encontraba con sus ojos abiertos cuando Highway 34 se acercaba a saludarla. Highway 34 se agachaba y le echaba un poco del humo azul del cigarrillo cerca del pico. Al principio Houston se asustaba, pero con el paso de los días se acostumbró al olor del tabaco rubio de Highway 34, a su perfume diesel, a su aroma de gasolina como si toda la noche hubiera estado conduciendo por una autopista infernal un camión lleno de vacas o de cervezas. Después la pequeña y gris Houston se dejaba llevar en la mano. Highway 34 la portaba en su mano y no dejaba de silbarle al oído las canciones que se sabía You could be mine Don´t cry my sweet little baby. Cuando eran las siete de la mañana Highway 34 se dirigía a la ventana de la alcoba de Marciana y le lanzaba piedrecitas al cristal. Nunca faltaba. A los pocos segundos las cortinas se abrían y ella se asomaba con todos sus ojos, con todo su cuello, con todo su rostro plagado de pesadillas y le decía hola con la mano, con los dientes, con la nariz, con las pecas, con el pelo".
- Cargo este libro en mi maleta, pues buscando unos libros para Eleanor, éste fue el que quedó por fuera, ya que es muy difícil encontrar la edición precisa, y l aprecer la edición que compré hace muchos años (2da ed. 1998), con el hombre con ojos de gato en la portada ya no se consigue tan fácil.
El corto verano de la anarquía (Hans Magnus Enzensberger - Ed. Grijalbo S.A. 3a ed, 1977):
"Otros armados se dirigen hacia la Plaza de Cataluña desde las calles transversales y por las bocas del Metro y atacan a los soldados. También la guardia civil dispara contra los golpistas. Se emplaza un cañón. Pero en el hotel Colón los rebeldes tienen todavía algunas ametralladoras que disparan ciegamente contra la multitud que avanza impetuosa. El combate dura más de media hora, la plaza está cubierta de cadáveres. Por último, al apoderarse la guardia civil de la planta baja, aparecen los primeros pañuelos blancos por las ventanas del edificio Colón. Sólo en el edificio de la Telefónica resisten más los fascistas. Los anarquistas, con Durruti al frente, asaltan el inmueble avanzando desde las Ramblas. La acera en el medio de la calle está cubierta de muertos, entre ellos Obregón, el secretario de la federación de Barcelona. Los atacantes llegan finalmente a la Puerta del Ángel. Durruti entra primero en el vestíbulo de la Telefónica, que luego será conquistada piso por piso. La plaza de Cataluña, el centro de Barcelona, está en manos de los trabajadores. [Abel Paz / Diego Abad de Santillán]".
- Cargo este libro en la maleta gracias a una charla con William, el director de mi maestría y también gracias a un posterior encuentro con J.M.Barbero, uno de los pocos teóricos anarquistas vivos, con el que tuve el honor de mantener una charla hace 15 días, cuando él nos comentaba los trabajos finales de la maestría y recordaban cómo se había hecho este libro, y en el que un colega de ellos había ayudado a Enzensberger en una de las entrevistas , en la que se logra encontrar vivo a un hombre, ya anciano, que había participado en La comuna de París y en las revoluciones españolas que culminaron con la dictadura de Franco.
De Gutenberg a Internet (Peter Burke y Asa Briggs - Ed. Taurus, 1a ed, 2002):
Los grandes almacenes eran, en verdad, un fenómeno típico de la gran ciudad en todas partes, un lugar tantopara pasar el tiempo como para gastar dinero. Fue un escritor norteamericano, Thorstein Veblen (1857-1927) quien introdujo la idea de 'consumo suntuoso', esto es, la busca u obtención de estatus mediante pautas de gasto. Era un proceso, como la introducción de la 'gestión científica' en el trabajo, que implicaba tanto la psicología como la economía y la tecnología. En la épcoa en que Veblen escribía, ya con dos o tres generaciones de industrialización, el ritmo de vida se había acelerado incluso más de lo que preveía Knight. Antes de la electrificación, una sensación de rutina o de sistema se imponía a gran parte de la actividad económica. Tanto el sistema fabril como el ferroviario habían adquirido un nuevo significado en lo tocante a la disciplina como al tiempo. Las estaciones del año contaban menos en las ciudades cuando la jornada de trabajo era anunciada por las sirenas de las fábricas y no por las campanas de las iglesias:
Y a la hora señalada se oye una campana
más lúgubre que el toque de difuntos;
llamada local al tañido perpetuo.
- Cargo este libro en la maleta gracias a la recomendación del profe Eduardo.

P.D:
1. Nos encontramos con Von "Neil" Chinaski el viernes antepasado. Llegaron luego los perros pervertidos sin su comandante, el perro zombi, ni el terror de Pantoja. Perro Zombi va a organizar un concurso de cuento a nivel nacional y Von "Neil" Chinaski me instaba a participar en él y decía que él mismo ya tenía sus cuentos casi listos. Días después me entero que uno de los jurados seleccionados para el concurso es el mismo Von "Neil" Chinaski junto a Pantoja, lo que lo dejaría por fuera del mismo concurso. El recorrido de ese viernes es idéntico a estos apartes del manifiesto infrarealista de Bolaño:
"- Pequeñitas estrellas luminosas guiñándonos eternamente un ojo desde un lugar del universo llamado Los laberintos.
-Dancing-Club de la miseria.
-Pepito Tequila sollozando su amor por Lisa Underground.
-Y el Horror"
sólo faltaría decir a quién pertenecían los laberintos.
2. El jueves la despedida de nata en su viaje para Argentina. Discusiones psicológicas. Encuentro con Pedro Badrán. Discusión sobre la falta de complemento que llene el vacío del significado del verbo querer. Buena suerte Nata. Discusión filosófica sobre las oportunidades que se pierden. Se piensa en una película de Tornatore, y claro, en la niña salida de una película de Tornatore.
3. Este país está cada día más polarizado, ciertos comentarios en el único diario nacional (valiente democracia con sólo un diario) de verdad logran asustar. El horror se siente, ya no me subo a un taxi sin hablar de política. Hoy conocí a la nueva Ministra de Cultura en una reunión, un miembro del ministerio pedía incluir en el plan de acción del ministerio educación en cultura política. Creo que la cultura se ocupa ya muy tarde de la política. Lo mejor podría consistir en separarse, dejarse ir del ministerio, dejarse ir de la política, dejarse ir del horror.

lunes, junio 11, 2007

The sons of Lee Marvin



"I'm not at liberty to divulge information about the organization, other than to tell you that it does exist. I can identify three other members of the organization: Tom Waits, John Lurie, and Richard Bose. You have to have a facial structure such that you could be related to, or be a son of, Lee Marvin. There are no women, obviously, in the organization. We have communiques and secret meetings. Other than that, I can't talk about it."


Jim Jarmusch: Interview: Vol. XIX - No. 11, 1989: pp 146-150.


Foto 1: Lee Marvin


Foto 2: Jim Jarmusch


Y claro, hay merchandising:





martes, mayo 29, 2007

La tentación del fracaso

Releyendo a Julio Ramón Ribeyro y su diario "La tentación del fracaso", donde se muestran los precios que pagó por ser fiel a la escritura:

Tercer diario parisino (1956-1957)


11 de noviembre (9 de la noche)
Si mañana no ocurre algún milagro, me veré obligado a vender libros, es decir, el centenar de volúmenes que desde hace unos años me acompañan, a través de mil peripecias, por los que siento un amor que no me atrevo siquiera a describir.
(12 de la noche)
Despierto insomne luego de tres horas de sueño turbulento. Sigo pensando en la manera de evitar la venta de mis libros. Ahora veo que aquello sería un crimen imperdonable, una forma de suicidio espiritual. Voy a malbaratar años de lecturas, de reflexiones, de hallazgos, de notas marginales que sólo para mí tienen sentido. Mis libros son mi pan, mi sombra, mi memoria, todo esto y más aún... ¿Dónde me voy a buscar y reconocer? Siento un dolor desgarrador y estoy a punto de echarme a llorar. ¡Cuántas veces me he privado de una comida por comprar un libro! Si ahora vendo mis libros no es para comer sino para pagar a los malditos, a los inhumanos hoteleros de París, porque sino les pago serían capaces de hacerme un daño horrible, de matarme tal vez; en una palabra, de impedirme que alguna vez vuelva a comprar libros.


12 de noviembre
¡Se salvaron mis libros! ¿Hasta cuándo?


1 de diciembre
Noche sin sueño a causa del hambre, de la preocupación. Sobre el cenicero cuatro colillas, imagen de la indigencia. Carta a Escobar lamentándome de muchas cosas. Sentimiento agudo de frustración. Ilusión de ser rico, de alquilar un hotel frente al Sena, de comprar muchos libros, de escribir, de amar. Añoranza de los crepúsculos limeños.


14 de diciembre
(11 de la noche)
Le Grand Meaulnes de Alain Fournier, Dominique de Fromentin y el Benjamin Constant de Du Bos, se convirtieron en un vaso de leche y un paquete de cigarrillos Gauloise.


29 de diciembre
Suspendido el diario por falta de lapicero. (...).


En: Ribeyro. La tentación del fracaso. España: Seix Barral. 2003.