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sábado, noviembre 29, 2008

The Secret Goldfish: "Are you out of your fucking misery, yet?"

No os lo vais a creer, pero ayer por la noche, a eso de las cuatro de la mañana, vi en la tele una película que era mi biografía o mi autobiografía o un resumen de mis días en el puto planeta Tierra. Me cago en la hostia santa, el susto que me dio casi hizo que me cayera del sillón.
Roberto Bolaño, El hijo del coronel

"Are you out of your fucking misery, yet?". Esa es la última frase que se escucha en el corto I Love Sarah Jane. Un niño va en su bicicleta; en la espalda carga un arco con varias flechas. Las calles están vacías. Hay rezagos de incendios y luchas callejeras. Si se detiene la imagen al paso del niño se ve el vecindario; en una de las puertas semiabiertas hay una leyenda que dice: God is dead. Dios está muerto, y sólo el primer amor nunca muere. El pez, el pez secreto, al ser arrancado del agua - piénsenlo un momento, está asustado, no puede respirar - y luego devuelto a ella, ¿qué sentirá? ¿Felicidad? ¿Rabia con el pescador? ¿Confusión y olvido?. En uno de esos tiernos diálogos con la joven guardia, Helena me hablaba de una película de terror que se vivía a diario, una pesadilla en el parque de atracciones. La siguiente película es un corto (sólo 11 minutos) que parece de zombies, y tiene zombies y sangre y gore y humo y explosiones, pero también tiene esa escena maravillosa en que el niño dice que aún se pone triste algunas veces cuando piensa en esos peces. Sólo el primer amor nunca muere: I Love Sarah Jane.





Sarah Jane: What?! (Angry)

Jimbo: Do you have wonder, what a fish feels when it`s caught and get`s turn back into the water, like it’s he really angry at the guy that just (rend his mouth out?) with a hook o is he confuse, o that is just like forget all thing ever happen, like 5 seconds, I don’t know?

Sarah Jane: Do you have somewhere else to be, with your family or something?

Jimbo: No, they go.

Sarah Jane: Where?

Jimbo: They are all dead.

Sarah Jane: … … … Sorry.

Jimbo: That’s o.k. I get sad sometimes too when I think about fish.


Y para rematar los dejo con este extracto del cuento El Hijo del Coronel de Roberto Bolaño tomado del blog de Portnoy:

(…) os prometo que hacía tiempo que no veía una peli verdaderamente democrática, es decir verdaderamente revolucionaria, no lo digo porque la película en sí revolucionara nada, ni de lejos, más bien estaba pobrecita, llena de tics, llena de lugares comunes, de prejuicios y personajes caricaturescos, pero al mismo tiempo cada fotograma respiraba y exhalaba un aire de revolución, digamos un aire en el que se intuía la revolución, no la revolución completa, para que me entendáis, sino un troza más bien minúsculo, microscópico de la revolución, como si vierais, por ejemplo, Parque Jurásico y no apareciera ningún dinosaurio por ninguna parte, vaya, como si en Parque Jurásico nadie mencionara ni una sola vez al jodido reptil, pero la presencia de éstos fuera omnipresente e insoportable.

¿Os vais haciendo una idea? Yo nunca he leído ni una sola obra del Teatro de cámara proletario de Oswaldo Lamborghini, pero os puedo asegurar que al masoca de Lamborghini no le hubiera disgustado ver una noche a las tres o a las cuatro de la mañana El hijo del coronel. ¿De qué iba la peli? Bueno, no os pongáis a reír, iba de zombis. Sí, sí , más o menos como las pelis de George Romero, sin duda, en cierto modo, un homenaje a George Romero y a sus dos grandes películas de zombis. Pero el trasfondo político de Romero es Karl Marx, mientras el trasfondo político de la película de anoche era Arthur Rimbaud y Alfred Jarry. Pura locura francesa.
No os riáis. Romero es claro y trágico: habla de colectivos que se hunden en el pantano y habla de supervivientes (…)


miércoles, noviembre 26, 2008

The Secret Goldfish y J.D. Salinger

"If you really want to hear about it, the first thing you'll probably want to know is where I was born, an what my lousy childhood was like, and how my parents were occupied and all before they had me, and all that David Copperfield kind of crap, but I don't feel like going into it, if you want to know the truth. In the first place, that stuff bores me, and in the second place, my parents would have about two hemorrhages apiece if I told anything pretty personal about them. They're quite touchy about anything like that, especially my father. They're nice and all--I'm not saying that--but they're also touchy as hell. Besides, I'm not going to tell you my whole goddam autobiography or anything. I'll just tell you about this madman stuff that happened to me around last Christmas just before I got pretty run-down and had to come out here and take it easy. I mean that's all I told D.B. about, and he's my brother and all. He's in Hollywood. That isn't too far from this crumby place, and he comes over and visits me practically every week end. He's going to drive me home when I go home next month maybe. He just got a Jaguar. One of those little English jobs that can do around two hundred miles an hour. It cost him damn near four thousand bucks. He's got a lot of dough, now. He didn't use to. He used to be just a regular writer, when he was home. He wrote this terrific book of short stories, The Secret Goldfish, in case you never heard of him. The best one in it was "The Secret Goldfish." It was about this little kid that wouldn't let anybody look at his goldfish because he'd bought it with his own money. It killed me. Now he's out in Hollywood, D.B., being a prostitute. If there's one thing I hate, it's the movies. Don't even mention them to me".

THE CATCHER IN THE RYE


J.D. Salinger.

lunes, septiembre 08, 2008

Crónicas del mundo - Lobo Antunes

Recuerdo un día de mucha humedad en la Feria del Libro de Bogotá y por tanto una obstinada niebla se negaba a retirarse e impedía el adecuado tránsito entre los pabellones que la conformaban como si fueran los órganos del cuerpo desconectados de la vida. Bajo las puertas de uno de los pabellones, tal vez el corazón o el hígado aislado de la Feria del Libro, se encontraba Lobo Antunes, mucho mayor que el personaje que ocupa el centro de la fotografía tomada en Angola en 1972 que encabeza este post, en aquellos momentos que dieron inicio a tantas de sus novelas en la guerra colonial de Portugal, mientras era médico en el culo del mundo. Su cabello era completemente blanco y coronaba la vida de un cansado cuerpo que ya superaba los 60. Se veía como eso que siempre ha sido, un médico forense de los sentimientos humanos, el psiquiatra de la guerra y el colonialismo, el hombre que no soportaba el ambiente infecto de los hospitales, porque además, ¿quién puede soportar la asepsia de un hospital sin sentirse un poco culpable de una vida propia sin pecados?, porque al recorrer los callejones de un hospital cuando mi madre yacía en él, o mi padre, o en general cualquier ser querido, la asepsia era signifcado de la posibilidad de muerte, como si en la pureza del mundo, la pureza de los patriotas, la pureza de los santos falsos y los ascetas, la pureza de los sacerdotes cristianos, se escondiera la muerte

(el formol me hacía vomitar y el olor de los hospitales que siempre enferma, como si tuviera necesidad de sentir mis propios vicios)

a la que se enfrenta el recuerdo, ante el cual Lobo Antunes se convierte en el escritor que no le gusta escribir sino oir los recuerdos y muere cada vez que escribe un texto para escuchar la eternidad del ser humano.

Ganador hoy del premio Juan Rulfo, Antonio Lobo Antunes se acerca más al Nobel de literatura. Sus textos reproducen el ambiente de los estudios de anatomía renacentista, en que los lectores se convierten en los estudiantes aplicados que toman el escalpelo y capa por capa retiran un velo al alma humana,

(el olor de los hospitales, la oxidación del ácido metílico)

en un proceso que no deja de doler. Al verlo bajo las puertas del pabellón lo seguí a distancia. Lo encontré mirando la cielo hasta que se le acercó una mujer joven con tres de sus libros en las manos, indecisos de estar en ellas o en el suelo, para que los autografiara. Aproveché igual, con la palabra maestro, que para mí significa mucho más de lo que puede expresarse, para hablar unos segundos con él sobre la lluvia de Bogotá que casi nunca se decide a caer y obtener una dedicatoria de uno de sus libros que recién acababa de comprar. Al retirarse, me sentí inundado de la sangre del cuerpo moribundo de la literatura nacional

(el formol me hacía vomitar y el olor de los hospitales que siempre enferma)

y hoy, después de mucho tiempo aún recuerdo dos o tres de sus crónicas para el diario El País de España, crónicas del mundo, una de ellas dirigida para quien va a escribir, otras dirigidas al ser humano (otra palabra que no uso sin tener muy en cuenta todo lo que arrastra su significado), otra dirigida al lector, así que tomo en mis manos el fino bisturí y leo:

FRAGMENTO LITERARIO: LA CRÓNICA

La espuma contra las rocas

António Lobo Antunes 16/12/2006

La mujer dijo

-Creo que estoy embarazada

y se puso a pellizcar el cojín del sofá sin mirar al hombre. Una de las piezas del juego de ajedrez encima de la mesita estaba caída al lado del tablero. Un peón o un alfil, no se distinguía bien, porque los alfiles se parecían a los peones pero más grandes.

El hombre, que no pellizcaba ningún cojín, intentaba poner al peón o al alfil de pie con la fuerza de los ojos. La mujer dijo

-Estoy embarazada

y el peón o el alfil siguieron sin obedecer la orden del hombre. También había un poco de ceniza fuera del cenicero. Era sólo un poco, pero al hombre le parecía inmensa. El par de grabados encima de la chimenea había cambiado de color. Al hombre le pareció extraño que los grabados cambiasen de color. Dejó el peón o el alfil y los grabados volvieron a ser como antes. La mujer dijo

-¿Qué me dices tú?

no pellizcando el cojín, retorciéndolo con la mano. Un cojín de terciopelo, gris. En su primer tiempo de convivencia a ambos les gustaba la casa. Ahora no se fijaban en ella. Una nube

(o una bandada de pájaros)

cruzó la ventana. Ninguno de ellos hizo caso. El hombre se inclinó hacia delante y enderezó la pieza caída. Daba la impresión de que no existía nada más en el mundo, ni siquiera la revista abierta sobre las rodillas. La mujer, que existía aún menos que la revista, dijo

-¿No dices nada?

con algo como un proyecto de lágrima en uno de los párpados, no una lágrima, una agüita vaga vacilando.

El hombre disponía las piezas en orden en el tablero de ajedrez, colocándolas una a una justo en el centro de los cuadrados que no eran negros ni blancos, sino azules y verdes, de mármol, con estrías moradas. El agüita vaga se ensanchó y disminuyó. Si se lo observaba mejor, el grabado de la izquierda necesitaba un empujoncito para quedar paralelo al otro o hacia abajo, en el ángulo inferior derecho, o hacia arriba, en el ángulo superior izquierdo. Cuando la mujer repitió

-¿No dices nada?

el hombre se decidía justamente por el ángulo superior izquierdo sin levantarse del sillón. Le apetecía levantarse del sillón y no se levantaba. Pensó

-Esta noche lo hago

pero no sólo debe de haberlo pensado, debe de haber dicho algo porque la mujer

-¿Hacer qué?

mientras aumentaba el agüita del párpado y el hombre seguía examinando la ceniza ya que le faltaba resolver el problema de la ceniza para que la sala quedase perfecta. El meñique mojado con saliva, por ejemplo, o si no llevarla con mucho cuidado hasta el borde de la mesa, dejarla caer en la palma e inclinar la palma sobre el cenicero. Medía las ventajas del meñique y las ventajas de la palma en el instante en que la mujer lo interrumpió

-El tema no te interesa en absoluto, ¿no?

separando las palabras con un asomo de odio. No odio, decidió el hombre, miedo, más miedo que odio, se le pone siempre esa cara cuando tiene miedo, ¿cuántos años hace que la conozco? Intentó hacer el cálculo y no obstante a veces llegaba a la conclusión de que dos y otras que tres. En verano, de eso se acordaba, a través de unos amigos. También se acordaba del vestido estampado, de la cola de caballo, de su manera de sonreír. Sonreía con toda la cara, con todo el cuerpo. Su lengua, la forma de entrar con su lengua en mi boca dos o tres noches después. Dedos que le desabrochaban la ropa y se atropellaban con los botones, demasiados dedos, demasiada ansiedad, la espalda que temblaba. Esto en el coche frente al mar, un segundo coche a veinte metros, también con los faros apagados, se acordaba igualmente de una voz en su cabeza

-Voy a meterme en un lío

a medida que le soltaba de los hombros los tirantes del vestido estampado. A cada centímetro de piel a la vista el

-Voy a meterme en un lío

más fuerte, y excitándolo la certidumbre de que se iba a meter en un lío. La mujer dijo

-¿Me estás vacilando?

no frente al mar, ahora, frente al mar una especie de susurro

-Deprisa, deprisa

¿y donde hoy en día, explícame, se encuentra tu prisa? ¿Dónde la cola de caballo, dónde la sonrisa, dónde aquella forma de tocarle la nuca y dónde los dedos que jugaban con sus orejas? En lugar de jugar con sus orejas pellizcaban el cojín del sofá. Venas en las piernas que no tenía en aquel entonces, arrugas inesperadas, una mancha en la frente y la mujer

-No me mires la frente, mírame a mí, caramba.

Una mancha en la frente, blanquecina, de crema y tal. Extendió el brazo hacia la mancha y la mujer retrocedió

-Quieres resolver los problemas con caricias, ¿no?

El hombre no quería resolver nada, quería entender la mancha. El largo del pelo de la mujer ya no alcanzaba para una cola de caballo. Si se lo recogiese y lo sujetase con un elástico le quedaría mal. En compensación, ¿cómo le quedaría, en este preciso instante, el vestido estampado? Corolas grandes sobre un fondo amarillo. En el coche, frente al mar, acompasaba sus movimientos con el movimiento de las olas a pesar del

-Deprisa, deprisa

y en esto la espuma contra las rocas creciendo y deshaciéndose, la mujer de perfil en el asiento reclinado y la voz en la cabeza de él, a medida que la espuma se disolvía

-Me he metido en un lío, estoy perdido

o sea no la molicie que sucede al placer, ni paz, ni especie alguna de alegría, un malestar resignado

-Me he metido en un lío, estoy perdido

y las olas que seguían, imperturbables, que las parta un rayo a las olas. La mujer dejó de hablar: demasiada agua en los párpados, la boca sobre las rodillas, lo que parecían sollozos, lo que parecía llanto.

Y entonces, sin querer, el hombre afirmó en voz alta

-Estoy perdido

y derribó con fuerza todas las piezas del ajedrez, iguales a la espuma creciendo y deshaciéndose contra las rocas

CRÓNICA: LA CRÓNICA

Para quien va a escribir

António Lobo Antunes 31/03/2007

El escritor portugués recorre los meandros que llevan a una persona a involucrarse en la creación literaria. Uno de los temas sobre los que ha reflexionado en otras ocasiones, pero cuyas respuestas no lo dejan satisfecho. Es más, a cada pregunta más misterios. Tiene claro que él escribe lo que le gustaría leer. Y en la búsqueda de esas motivaciones aparecen otros interrogantes como ¿quién soy? y ¿por qué razón soy este individuo?

Siempre me he quedado cortado cuando me preguntan la edad: por extraño que parezca, tengo la absoluta certidumbre de que he nacido hoy y lo que veo en las fotografías o en los espejos me intriga: una cara que no se asemeja a la mía, un cuerpo que no es el mío, una sonrisa o una expresión seria que me sorprenden. Lo mismo me pasa con el nombre: vacilo antes de responder: ¿seré yo? ¿No seré yo? António, qué vocativo extraño referido a mí. Y, si me presento, la sensación culpable de estar mintiendo. Las personas más próximas a mí, ¿con quién están hablando? Las veo tan seguras de conocerme que me confunden. ¿Quién, por ejemplo, escribe ahora? Hace un tiempo declaré que era la mano y lo hice con total sinceridad. Sólo que no puedo asegurar que la mano me pertenece. Pero, si no me pertenece a mí, ¿a qué persona le pertenece? Usa materiales que me resultan familiares, mejor dicho algunos de ellos, cada vez menos, y todo lo demás ignoro de dónde viene. Palabras que me susurran o la mano, que va trayendo ecos que llegan y se imponen, frases venidas quién sabe de qué lugar cercano o lejano. Después todo se ordena y estructura de acuerdo con una secuencia en la que, ahí sí, intervengo. Ahí sí soy yo el que trabaja con el magma de las primeras versiones, cortando, cortando. Parto hacia un libro sólo con la decisión de completarlo y casi sin ningún elemento. Es esa decisión la que convoca las voces, los sonidos, la estructura. Un libro es un acto de voluntad. Lo hago porque estoy resuelto a hacerlo. Porque lo que leo de los demás muy raramente me satisface, cada vez menos me satisface. Siendo totalmente sincero, no me satisface. De manera que redacto lo que me gustaría leer. El problema es que no leo, es decir, no estoy fuera y por tanto no leo. Me limito a fabricar, y eso no es leer. A intentar acercarme a lo que imagino todas las veces que sean necesarias hasta que las páginas se tornen lo que pretendo. No es, no sé cómo decirlo, no es un trabajo de inocencia

(de qué un trabajo de inocencia)

sino un trabajo de taller. Me meto entero dentro de la cosa, removiendo en ella. Me despierto con ella, me acuesto con ella, me paso todo el día con ella, ella y yo

(es difícil expresar esto)

somos el mismo organismo, no uno parte del otro, el mismo organismo. Y si de tiempo en tiempo, en las crónicas, me refiero a esto, es con la intención de aclararme a mí mismo y a las personas a quienes les interesa lo que les doy. Al principio de la carrera de médico deseé, por mi cuenta o con Daniel Sampaio, comprender las razones de la creación. Publiqué un primer texto sobre Antero de Quental a los veintiuno o veintidós años. Luego Bocage. Después de la carrera Ângelo de Lima, D. Duarte (con Daniel), Lewis Carroll (también con Daniel), varios autores. Si lo pienso dos veces, creo que no llegué a entender nada sobre ellos ni sobre mí, que era lo que realmente pretendía.

El misterio del acto de crear permanece intacto. Recorrí la prosa de personas que buscaban también comprender, y el misterio del acto de crear permanece intacto. No creo que ningún individuo lo aclare. Y me resigno a duras penas a ese hecho. Cuando una obra es buena se vuelve impermeable a cualquier tipo de abordaje. Sus mecanismos están ocultos. Podemos comprobar los resultados pero nunca alcanzamos las raíces. Ni el tronco. Las hojas sí, a veces, ¿y qué interesan las hojas?

¿Qué hace que haya personas que producen esto? ¿Qué ha sucedido en su vida o qué demonios tienen en el alma para producir esto? ¿Y cuál es el motivo de que esto se convierta en el único elemento importante de sus vidas hasta revelarse, en apariencia, como unos monstruos de egoísmo? Camus

(detesto las citas, no haré ninguna más)

hablaba del egoísmo necesario a la creación y, sin embargo, pensándolo mejor, no me parece que egoísmo sea el término apropiado. Es un estado que se adueña del poseído sin que el poseído se dé cuenta. Me sucede con frecuencia reunirme para cenar con mis hermanos. Es curioso: ceno con ellos y no ceno con ellos, converso y no converso, formo y no formo parte de la familia y, no obstante, siento que estoy muy apegado a ellos. Soy uno de ellos y soy un extraño. Y, sin embargo, si les sucediese algo grave, sufriría como un perro. Y la pregunta regresa, obsesiva

-¿Quién soy?

Y tras esa pregunta borbotones de preguntas igualmente obsesivas

-¿Por qué razón soy este individuo?

-¿Por qué me siento diferente?

o la gran pregunta, que desde que me encontré no ha dejado de perturbarme

-¿Por qué yo?

No es un destino especialmente agradable, no es frecuente asociarlo al placer y, no obstante, ¿qué me ha hecho ser de este barro? He acabado un libro hace poco. Aún no tengo fuerzas para pasarme horas y horas, todos los momentos de la semana, a las vueltas con uno nuevo. Pero dentro de dos o tres meses estaré iniciando el próximo y los inicios de los libros son terribles. Un montón de versiones para las primeras páginas

(-Aún no es lo que yo quiero, aún no es lo que yo quiero)

hasta que la mano coja el tranquillo. Me hace recordar el agua que se derrama en las tablas del suelo, despacio, eligiendo el camino. La primera mitad lleva el triple de tiempo de la segunda mitad, cuando ya va sobre rieles y las palabras casi avanzan solas. Las semanas antes de comenzar y el final son agradables

(sobre todo las semanas antes de comenzar son agradables)

pero el arranque es un trajín lleno de desánimos, de falta de confianza, de miedo, la duda

-¿Me habré agotado?

la sospecha

-Tal vez ya no queda nada la interrogación

-¿Qué hago yo sin esto?

y un pavor

(no exagero)

y un pavor inquieto. Es así desde el principio y será así hasta el final. Ya debería estar habituado a estos sentimientos, pero no lo estoy. Lo curioso es que, aunque me lamente, y me lamento, no me cambiaría por nadie. No me imagino, me resultaría imposible imaginarme viviendo de manera diferente. No cambiaré nunca. Dura desde los siete u ocho años, dura por cierto desde que nací. ¿El bloqueo del artista? No creo en eso: los bloqueos, que son constantes, se solucionan topetando contra el papel, aunque no se obtengan resultados, hasta que los resultados lleguen. Acaban llegando, es una cuestión de porfía y de paciencia. Pido perdón, en lugar de las anécdotas que suelo contar en las crónicas, tan diferentes de los libros en que no hay anécdotas, por haberos agobiado con este discurso. Es que, de tiempo en tiempo, viene la necesidad de recapitular. Y una conversación de este tipo tal vez puede serle útil a quien ha nacido con el mismo sino: en ciertos aspectos, los escritores son monótonamente iguales. Y los que han nacido con el mismo sino comprenderán que no están solos: anda por ahí, la mayor parte de las veces quién sabe dónde, una criatura con las perplejidades, los entusiasmos y las desesperaciones que les pertenecen. Y alivia compartir este hado. Los cancerosos se consuelan entre sí. No sirve para nada, claro, pero da la ilusión de servir y es bueno vivir acompañado. Después cada uno muere en su rincón y ha dejado de tener importancia la muerte, porque algo vivo ha quedado, una especie de lucecita que no se apaga jamás.

Traducción de Mario Merlino.


CRÓNICA: LA CRÓNICA

La mejor es la única buena

António Lobo Antunes 22/07/2006


Pensándolo bien, no soy un escritor, porque lo que hago no es escribir, es oír más intensamente. Me siento y espero hasta que las voces comiencen. Andan a mi alrededor, más fuertes, más tenues, más distantes, más próximas, hablando sin sonido y no obstante diciendo, diciendo.

El problema es elegir cuál de ellas es la verdadera, porque todas las demás mienten. A veces lleva semanas, lleva meses entenderla. Casi nunca se trata de la más nítida. Casi nunca, no: nunca se trata de la más nítida, ni de la más seductora, ni de la más inteligente. En general se apaga, recomienza, vuelve a apagarse, se distrae de mí y yo de ella, intento encontrarla entre las restantes, no lo consigo, lo consigo, no lo consigo, recomienzo, la descubro a lo lejos, creo descubrir

-Es ésta

me desilusiono

-No es ésta

pues lo que cuenta no tiene sentido y no obstante existe algo en el sinsentido que me persigue, la atraigo hacia mí o me empujo hacia ella, no la atraigo hacia mí, me empujo hacia ella, comienzo a probarla despacito, una palabra dispersa, una segunda palabra al azar, una frase entera, las voces que quedan se empeñan en desviarme

-¿Qué interés hay en eso?

-¿A qué te lleva ese discurso?

-Estás equivocado

me entregan personajes, episodios, historias y yo no quiero saber nada de personajes, episodios, historias, eso es para quien hace novelas y yo me cago en las novelas, quiero un hilo que me conduzca al centro de la vida y traer a la superficie todo lo que existe ahí dentro, quiero el corazón del mundo, no quiero entretener a los que las compran, no quiero divertirlos, no quiero divertirme, quiero lo que reside en el interior de lo interior, donde están las personas y nosotros con ellas, transformar en letras lo que no tiene letra alguna, quiero seguir un pasito leve en un corredor que no sé dónde queda, no exactamente un pasito, el eco de un pasito que ha de volverse pasito si continúo con él, que ha de ganar carne y ojos y llevarme consigo, quiero respirar con él, quiero que nos quedemos juntos, quiero que el pasito sea mi pasito y el corredor mi corredor, que la carne y los ojos se conviertan en mi carne y en mis ojos, quiero ese libro que aún no ha comenzado, pero que a fuerza de obstinación y orgullo y paciencia se volverá mío, sin escribirlos, claro, ya no caigo en esa trampa, dejándolo salir como el agua que se derrama y encuentra su curso en las junturas de las tablas del suelo y no es mi libro, dado que no me pertenece ningún libro con mi nombre, los libros deberían llevar el nombre del lector, no del autor, en la cubierta, es el lector quien le da sentido a medida que lee, es al lector a quien le pertenece la voz, y no sólo la voz, la carne y los ojos y el corredor y el paso, y el lector está solo y es inmenso, el lector contiene en sí el mundo entero desde el principio del mundo, y su pasado y su presente y su futuro, y se escucha a sí mismo y siente el peso de cada víscera, de cada célula, de cada íntimo rumor, el lector no para de crecer y ya no necesita ni el libro ni a mí, y al acabar el libro comienza, y al guardar el libro en el estante el libro continúa y el lector continúa con él, cada célula se divide en millares de células y el lector es muchos, y el lector deja de leer porque no está leyendo, aunque piense que está leyendo no está leyendo nada en absoluto, tiene todas las edades al mismo tiempo y todos los tiempos de su vida aunque el libro esté cerrado en algún rincón de la casa y el lector no lo necesite para continuar con él y ahora me vienen a la cabeza las semillitas sin peso que en el verano de cuando éramos pequeños entraban volando por la ventana, volvían a salir, desaparecían y, aun desaparecidas, seguían con nosotros llevando de la mano recuerdos y esperanzas y alguien que cantaba

(¿qué mujer?)

junto al lavadero una melodía

(a veces ni una melodía siquiera: dos o tres notas solamente)

que son las únicas que oiremos cuando caiga la noche y las sombras que nos rodean piensen

(más que pensar: tengan la certidumbre, ellas y el médico y el señor de los ataúdes)

de que no oímos nada.


CRÓNICA: LA CRÓNICA

Crónica con buganvillas

António Lobo Antunes 18/08/2007

El escritor portugués dice no asociar el placer con la escritura de libros, pero lo cierto es que no hay ninguna otra cosa que prefiera más en el mundo. Hubo un tiempo que sufría por no ser capaz de crear. Descubrió el verdadero dolor de la impotencia. Se refugió en los casinos. Un nuevo mundo. Conoció las estrategias secretas de mujeres y hombres para seguir jugando. Tanta porquería a la vista. Y el arte de escribir volvió.

Las buganvillas en flor a lo largo del muro. A menudo, no importa qué esté haciendo o en qué ande pensando, me vienen las buganvillas en flor, azules y moradas, a lo largo del muro, el viejo y oscuro muro de mi infancia, entre la travesía y el callejón. Tanta sombra, siempre, por debajo de la buganvilla: e insectos diminutos, lagartijas, amenazas. Recuerdos así: mi bisabuela, aturdida, desataba un pañuelo de bolsillo y desparramaba un montón de joyas en la mesa. Me quitaba los caramelos y se los comía ella con esa boca elástica de los viejos, la expresión de Popeye que tienen todos: sólo les faltan los bíceps y la pipa. Me olvidaba del ancla tatuada: les falta también el ancla tatuada, claro. Antes del desatino, mi bisabuela se metía en el tren, a escondidas, para ir a jugar a la ruleta en el casino. De Benfica a Estoril quietecita, con miedo a que la reconociesen. Antes de comenzar a escribir Memoria de elefante, me pasé un año entero jugando todas las noches en el casino. No a la ruleta

(nunca me gustó la ruleta)

sino a la banca francesa. Al cabo de un mes ya conocía a muchas personas con el mismo vicio. Y a las mujeres que se prostituían sólo para tener dinero y poder seguir jugando. Llegaba a las once y salía a las tres de la mañana, cuando se cerraban las puertas. En muchas ocasiones me iba con alguna de esas mujeres: vivía en un apartamento pequeñito, por encima del mar. He descrito buena parte de esto en la novela. He descrito también el apartamento. Las pasé moradas para dejar el casino. Supongo que sufría un poco: de soledad, de no ser capaz de crear. Tenía dos hijas. No tenía nada salvo mi esterilidad en cuanto artista. No cogía el papel, no cogía la pluma, la cabeza se me había vaciado. La guerra, al lado de esta miseria, había sido el Paraíso para mí. Es la primera vez que hablo del dolor de la impotencia, e imagino lo que será el martirio de los hombres que fracasan en la cama. Y, no obstante, si me diesen a elegir, preferiría eso a la imposibilidad de la escritura. Sigo prefiriendo eso

(y todo lo demás)

a la imposibilidad de la escritura. ¿Por qué? No merece la pena preguntar por qué. Es así. Y será así hasta el final.

Las buganvillas en flor a lo largo del muro, azules y moradas a lo largo del muro. Qué destino del demonio es este que hace que un hombre

(que hace que yo)

mate incluso, si fuere necesario, para proteger un hado que no da ni goce ni alegría. Hacer libros es una tarea que no asocio al placer. Y, no obstante, ¿qué otra cosa me interesa de verdad? Además me ha vuelto humilde, es decir, me ha dado un orgullo humilde. Quería ser el mejor. Soy el mejor. ¿Y? ¿Qué he ganado con eso? Más miedo a escribir, más humildad todavía. Hola, buganvillas en flor a lo largo del muro.

En la sala de juego, me acordaba de mi bisabuela: ¿cuál era su mesa? ¿Ésta, aquélla? ¿Vendería cosas, como tantos hacen, para comprar fichas? En los casinos, y eso es algo que siempre me ha perturbado, nadie sonreía. Expresiones indiferentes. Personas, que se notaba que eran pobres, apostando unos dinerillos menudos; personas, que no sospechaba que fuesen ricas, lanzando al paño, con desdén, en una sola jugada, más que todo mi sueldo. Los crupiés lo recogían, imperturbables. Señoras elegantes en el bar que cruzaban las piernas, con el comienzo del liguero al aire, fumando con una expresión absorta. Echaban nubes blancas por la nariz. Homosexuales a la deriva como los perros en las playas desiertas, intentando descubrir un olor que los guiase. Inspectores de esmoquin con un paso lento de flamencos. Y yo un año entero

(buganvillas, buganvillas)

en esto. En momentos de suerte, las señoras elegantes me convocaban con la boquilla, poniendo el liguero un poco más a la vista, y yo me metía la mano en el bolsillo para disimular el entusiasmo. Vistas de cerca no eran tan jóvenes, y al dejar el whisky sus bocas eran amargas. Pero era bueno que me susurrasen amabilidades al oído, que acababan con una puntita de lengua que me estremecía. Uñas que buscaban los espacios entre los botones de mi camisa. Rodillas contra mis caderas. Salían con abrigos de piel, frioleras, caminando, como Cristo sobre las aguas, sobre sus tacones de aguja. Durante días y más días mi coche

(un pobre coche siempre sucio)

olía a perfume, y ahí están las buganvillas en flor a lo largo del muro, el viejo y oscuro muro de mi infancia, entre la travesía y el callejón. Tanta sombra e insectos diminutos, lagartijas, amenazas. Una mañana de vacaciones, una serpiente: no una serpiente grande, es evidente, una de esas pequeñas, inofensivas. La aplasté con una piedra, la ensarté en una caña, fui a asustar a mi madre con aquello:

-Quita esa porquería de mi vista.

Dios mío, la cantidad de porquerías que debería haber quitado de la vista. ¿Estaré aún a tiempo de comenzar ahora?

Traducción de Mario Merlino

miércoles, julio 16, 2008

Una huella luminosa


AutoConversación, AutoMasacre:

- Hace cuánto que murió su sacerdote, Bolaño - dijo irónico y despectivo el político-.

- Hoy hace unos años. El 14 de julio, 2003 - respondió el de la prodigiosa memoria - .

- Y en estas fechas, ¿aún necesitamos que nos hablé del horror? - preguntó el idiota-

- Sí, mil veces sí - respondí aterrorizado-.

Luego tomé en mis manos el libro 2666 y bajé a la ciudad oscura en donde comí en sitios antiguos de maderas podridas, lugares en los que aún se mantiene la tradición de un grupo de boleristas que se suben a una tarima a recordar amores perdidos y meseras viejas uniformadas con faldas y chalecos vinotinto sobre camisas blancas. Al otro día -ya era lunes-, subí a edificios nuevos y lujosos que tiemblan a cada paso y sobre los que se intenta construir el pensamiento. Ayer la pasé entre chilenos, Fer con su saludo de 'quihubo maricón' abrió el día. Más adelante participamos en una discusión durante el almuerzo, en la que anticipamos como profetas los crímenes de guerra que hoy ocupan primeras planas. Terminamos con un 'shot' de tequila donde doña Sexy. De ahí me despedí para ir a encontrarme con otro chileno que no conocía, cuyo nombre es RAI, con quien nos internamos en los jardines del poder local, cámara y grabadora en mano, aguardando a que apareciera el personaje, como detectives desesperados. En las afueras un grupo de periodistas chilenos fumaba y hablaba sobre la gentileza colombiana, el país del me regala y me da pena. Y caían los cigarrillos que un atento funcionario regalaba y que al mismo tiempo le daba pena verlos cubrir el suelo, por los que los cogía al vuelo, antes de que la ceniza tocara el piso de piedra para luego llevarlos con prisa a la basura más cercana. Y en ese momento, desde un segundo piso apareció sonriente el candidato, habló de dos modelos latinoamericanos, uno acorde a la tradición americana otro no y él era también un hombre de negocios que amaba la libertad, en especial la del mercado. No habló del horror y casi no se le podía sentir su acento chileno, no, hablaba de una forma intemporal y evitaba mencionar el horror en su mundo de libertades comerciales. Como todos los de derecha decía que él era centro, así hubiera sido pinochetista. Avanzamos luego con Rai hacia el sitio donde estaba el otro chileno, hablamos de izquierdas y de derechas, hablamos del mundo de los corresponsales extranjeros. Cortamos micrófonos y pensé en cuánto nos hacen falta los chilenos que no pierden su acento y aún nos hablan del horror y los crímenes de guerra. Nos reunimos donde F, ahí la corresponsal de Nicaragua invitaba a su fiesta de despedida -y siento un deber moral hacia ella pues me ayudó cuando trabajaba para el museo-, Cris me pedía que escribiera sobre el candidato, y F iba a entrevistar a Rai mientras E veía películas en su Mac y la calle reflejaba gritos antiguos de hombres con sombrero de fieltro y trajes de corte inglés. Volví a casa a pensar en Arcimboldi y no en Archimboldi. Arcimboldi, el verdadero nazi de la historia, Hans Reiter era su nombre real y fue un prestigioso médico de Hitler que investigaba sobre cuerpos de judíos y gitanos, y que escondido tras el fin de la guerra en la provincia de Córdoba en Argentina se dedicó a escribir libros de cierto éxito, a diferencia del Archimboldi de Bolaño, también llamado Hans Reiter, que había sido soldado de la caballería nazi en Rusia y se había refugiado en los lugares más cultos de Europa para escribir novelas de cierto éxito. Pensé entonces que si la literatura nazi se infiltró en Argentina, fue la franquista de cierto autor que admiraba a La Falange de Franco, la que se tomó Colombia con versos tan bellos como "salvo mi corazón, todo está bien". Y en ese lado que está bien se pasó por alto el horror de cosas que no estaban tan bien, y ayudó para que hace unos años un grupo de ganaderos realizara un saludo falangista y para que hoy recemos el rosario en los palacios del gobierno, justo como el generalísimo lo hacía en su tercio español. Y de nuevo pensé en los jardines de gobierno y en Roberto Bolaño, en su testimonio:

Los detectives

Soñé con detectives perdidos en la ciudad oscura.
Oí sus gemidos, sus náuseas, la delicadeza
de sus fugas.
Soñé con dos pintores que aún no tenían
40 años cuando Colón
descubrió América
(Uno clásico, intemporal, el otro
moderno siempre,
como la mierda.)
Soñé con una huella luminosa,
La senda de las serpientes
recorrida una y otra vez por detectives
absolutamente desesperados.
Soñé con un caso difícil,
vi los pasillos llenos de policías,
vi los cuestionarios que nadie resuelve,
los archivos ignominiosos,
y luego vi al detective
volver al lugar del crimen
solo y tranquilo
como en las peores pesadillas,
lo vi sentarse en el suelo y fumar
en un dormitorio con sangre seca
mientras las agujas del reloj
viajaban encogidas por la noche interminable

Los detectives perdidos

Los detectives perdidos en la ciudad oscura.
Oí sus gemidos.
Oí sus pasos en el Teatro de la Juventud.
Una voz que avanza como una flecha.
sombra de cafés y parques
frecuentados en la adolescencia.
Los detectives que observan
sus manos abiertas,
el destino manchado con la propia sangre.
Y tú no puedes siquiera recordar
en dónde estuvo la herida,
los rostros que una vez amaste,
la mujer que te salvó la vida.

Los detectives helados

Soñé con detectives helados, detectives latinoamericanos
que intentaban mantener los ojos abiertos
en medio del sueño.
Soñé con crímenes horribles
y con tipos cuidadosos
que procuraban no pisar los charcos de sangre
y al mismo tiempo abarcar con una sola mirada
el escenario del crimen.
Soñé con detectives perdidos
en el espejo convexo de los Arnolfini:
nuestra época, nuestras perspectivas,
nuestros modelos del espanto.

R. Bolaño.

( y que mucha pena este post que se me fue con muchos errores y al que se le hicieron unas correcciones pero ; y que me regalen unas disculpas)

lunes, abril 07, 2008

Trenes Rigurosamente Vigilados



Gran película, una delicia. Delicada y alegre hasta las carcajadas, pero también triste, como una flor cayendo en medio de la nieve; delicada como las piezas de relojería de una bomba y precisa como el horario en que ha de llegar uno de esos trenes nazis rigurosamente vigilados.


Es un tanto distinta a la obra original (pese a tener al autor mismo de la novela, Bohumil Hrabal, escribiendo las escenas), pero esto es en parte por los problemas de producción del film en esa época como por la censura (moral y en menor medida política) imperante en la Checoslovaquia de entonces. Hay escenas que debieron resultar imposibles de filmar adecuadamente, como esa maravillosa escena en que el abuelo del joven protagonista Milos, que era un mentalista, se enfrenta él solo con el poder de su mente a las tropas alemanas (que está en el párrafo de la obra que aquí dejo al final); o ese sutil cambio del final de la novela con la ausencia de uno de sus personajes finales, en que relata la humanidad de una guerra, con descripciones como la belleza de un par de oficiales de la SS tan jovenes como el protagonista y con rostro de poetas o llenas de la humanidad de ese diálogo final de la novela que no está en la película; o la dificultad de mostrar la comparación entre la llegada de un tren cargado de judíos con el transporte de animales al matadero, en ese relato de una vaca que parió a su ternero muerto y aún lo llevaba prendido y pudriéndose dentro de sí; o el hecho de que las escenas nocturnas casi que desaparezcan del film.

Hay escenas que pertenecen en forma clara a la literatura y no tienen por qué estar en la película, y en esto acierta su director y el autor al sacrificarlas o no darles un contexto distinto de la acción, como la que acompaña la revisión de un mapa lleno de agujeros por tantos dobleces, agujeros tan grandes como Suiza o agujeros en el mapa en los que ahora se enfrentaban jóvenes dispuestos a morir.

Hay otras escenas que se enfrentaron a la censura oficial por considerarla explícitamente sexuales y son una fantasía plena, equiparable a ese erotismo inocente del protagonista, a la espera del primer beso y la curiosidad de la primera vez. Una escena en particular es famosa en la República Checa, y es la escena en que uno de los personajes, el asistente Hubichka, juega con la telegrafista (interpretada por una mujer muy muy hermosa de nombre Jitka Zelenohorská) en una noche tranquila, y el resultado de ese juego es que la mujer pierde algunas prendas y el asistente la extiende sobre la mesa, y le levanta la falda para ponerle los sellos oficiales de forma delicada:"Pero el asistente Hubichka miraba el cielo azul, y ahora yo también vi en el cielo, recostada de horizonte a horizonte, a Zdenichka, nuestra telegrafista; y vi cómo el asistente le subía tiernamente la falda, y tomaba uno tras otro los timbres de la estación, y con movimientos largos y suaves oprimía cada timbre contra las nalgas de la muchacha..".

Escena que así relata otra página (Radio Praha) su importancia en el cine Checo:

"Cuando vio la escena el director de entonces de la Cinematografía Checoslovaca, Alois Polednák, ordenó categóricamente: "¡Cortar!"El realizador de la película, Jirí Menzel, no estaba dispuesto a sacrificar una escena tan pintoresca y decidió lanzar el contrataque. Antes de ser sometida la película a censura, realizó un preestreno para los vecinos del pueblo de Lodenice, al oeste de Praga, donde se rodó el filme."No les escandaliza? ¿Debemos cortarlo?", preguntó Menzel después de la proyección."¡De ninguna manera! ¡Todo menos eso! ¿Por qué?", exclamaban los espectadores. El cineasta tenía el mejor argumento en la contienda con los censores:¡A los trabajadores les gustaba la película!La escena en que el disoluto subjefe de estación Hrdlicka estampa el timbre sobre las nalgas de la telegrafista Zdenicka le causó un problemilla a Josef Somr, el actor que interpretaba el papel del donjuanesco empleado de ferocarriles. Su padre no le perdonó el haber protagonizado una escena denigrante para el estamento de los ferrocarrileros... En la aldea natal de Josef Somr, Vracov, la mitad de los vecinos eran ferrocarrileros. La mamá del actor no salía de casa por vergüenza".

La película es una joya, una delicia, una delicada bomba de relojería que cae como una flor desde una altura fría a enseñarnos el valor cotidiano y el papel del amor en medio de un conflicto. La novela y la película enseñan eso que tal vez acá hemos perdido: la humanidad.

Fragmento:
"Este año, el año cuarenta y cinco, los alemanes ya no dominan el espacio aéreo de nuestra ciudad. Y menos aún el de toda la región, el del país. Los ataques de la aviación habían desbaratado las comunicaciones de tal manera que los trenes de la mañana pasaban al mediodía, los del mediodía por la tarde y los de la tarde por la noche, así que a veces sucedía que el tren de la tarde llegaba sin un minuto de diferencia, con lo que marcaba el horario, pero eso se debía a que era el tren de pasajeros de la mañana que llevaba cuatro horas de retraso.

Anteayer un caza enemigo ametralló encima de nuestra ciudad a un caza alemán hasta quitarle un ala. Y el fuselaje se incendió y cayó en algún lugar del campo, pero el ala aquella, al soltarse del fuselaje, arrancó varios puñados de tornillos y tuercas, que cayeron sobre la plaza y les abollaron las cabezas a unas cuantas mujeres. Pero aquella ala planeaba sobre nuestra ciudad, los que podían se quedaban mirándola, hasta que el ala, con un movimiento chirriante, se elevó por encima de la misma plaza, donde se juntaron los clientes de los dos restaurantes, y la sombra del ala aquella cruzaba la plaza corriendo hacia un lado y enseguida corría hacia el lado donde había estado un momento antes, porque el ala no dejaba de moverse como un péndulo enorme, que hacía huir a los ciudadanos en dirección contraria al sitio posible de su caída y mientras tanto emitía un ruido cada vez más fuerte y un sonido silbante. Y entonces dio un giro rápido y cayó en el jardín del decano. Y a los cinco minutos los ciudadanos ya se llevaban el metal y las chapas de aquella ala, para que enseguida, al día siguiente, aparecieran como techos de jaulas de conejos o gallineros; un ciudadano cortó esa misma tarde tiras de aquella chapa y por la noche se hizo en la moto unos hermosos protectores para las piernas. Así desapareció no sólo el ala sino también toda la chapa y las piezas del fuselaje del avión del Reich, que cayó en las afueras de la ciudad, sobre los campos nevados. Yo fui en bicicleta a mirarlo, media hora después de que lo derribaran. Y ya me encontré por el camino con los ciudadanos que arrastraban en sus carritos el botín que habían obtenido. Era difícil adivinar para qué les iba a servir. Pero yo seguía en la bicicleta, quería ver aquel aeroplano destrozado, yo no soportaba a la gente que siempre anda buscando algo, ¡qué va, qué voy a andar recogiendo o arrancando piezas, trastos! Y por el camino de nieve pisoteada, que conducía ya a aquella negras ruinas, venía mi padre; llevaba una especie de instrumento musical plateado y sonreía y agitaba aquellas tripas plateadas, una especie de tubitos. Sí, eran tubitos del avión, los tubitos por los que pasaba la gasolina, y hasta la tarde, en casa, no averigüé por qué estaba tan contento papá con aquel botín. Los cortó en trozos del mismo tamaño, les sacó brillo y después puso junto a aquellos sesenta tubitos relucientes su lápiz metálico, al que se sacaba la mina. Mi padre sabía hacer de todo, porque desde los cuarenta y ocho años estaba jubilado. Era maquinista y había conducido locomotoras desde los veinte, así que sus años de servicio valían el doble, pero los ciudadanos se volvían locos de envidia al pensar que mi padre podía vivir aún veinte o treinta años. Y además papá se levantaba aún más temprano que los que iban a trabajar. Por toda la región recogía cualquier cosa, tornillos, herraduras, se llevaba de los depósitos públicos cualquier trasto innecesario y lo almacenaba todo en casa, en el cobertizo y en el desván; una chatarrería parecía nuestra casa. Y cuando alguien decidía prescindir de unos muebles viejos, todo se lo llevaba nuestro padre, así que aunque en casa no éramos más que tres, teníamos cincuenta sillas, siete mesas, nueve canapés y montones de armarios y lavabos y jarras. Y hasta eso era poco para mi padre, salía en bicicleta a recorrer la región y aún más lejos, hurgaba en los depósitos con una barra de hierro y por la noche regresaba con el botín, porque todo podía servir algún día para algo, y servía, porque cuando alguien necesitaba algo que ya no se fabricaba, alguna pieza para el coche o la trituradora o la trilladora y no lo encontraba, venía a nuestra casa, y mi padre se ponía a pensar, la memoria lo conducía a algún sitio del desván o del cobertizo o a los montones que había en el patio, y entonces metía la mano en alguna parte y al cabo de un rato sacaba algún trasto que de verdad servía. Por eso mi papá solía ser el jefe de las campañas de recogida de chatarra, y cuando transportaba aquellos trastos de hierro a la estación, siempre pasaba frente a nuestro portal y dejaba caer parte del producto de aquella campaña de recogida. Y a pesar de so los vecinos eran incapaces de perdonarle. Debía de ser porque nuestro bisabuelo Lukás recibía un doblón al día de renta, y después, cuando llegó la República, en coronas. Mi bisabuelo nació en mil ochocientos treinta y en mil ochocientos cuarenta y ocho era tambor del ejército y como tal luchó en el puente de Carlos, donde los estudiantes les tiraban adoquines a los soldados y le acertaron a mi bisabuelo y lo dejaron inválido para toda la vida. Desde entonces cobraba la renta, un doblón diario, con el que se compraba cada día una botella de ron y un paquete de tabaco; y en lugar de quedarse sentado en casa, fumando y bebiendo, iba cojeando por las calles, por los caminos, pero a donde más le gustaba ir era a los sitios en los que la gente se dejaba la piel trabajando, y ahí se burlaba de aquellos obreros y bebía aquel ron y fumaba aquel tabaco, y por eso todos los años le daban al bisabuelo en algún lugar una paliza tal que el abuelo lo llevaba a casa en carretilla. Pero en cuando el bisabuelo se reponía, volvía a ponerse a preguntar quién lo pasaba mejor, hasta que volvían a darle otra paliza terrible. La caída de Austria le quitó al bisabuelo aquella renta, la que había recibido durante setenta años. Con la pensión que le dieron al llegar la República se acabaron el ron y los paquetes de tabaco. Y a pesar de eso todos los años seguían pegando al bisabuelo Lukás hasta dejarlo inconsciente, porque se seguía jactando de aquellos setenta años durante los cuales había tenido todos los días la botella de ron y el tabaco. Y en mil novecientos treinta y cinco el bisabuelo se fue a jactar delante de unos picapedreros a los que acababan de cerrarles la cantera y le dieron tal paliza que se murió. El doctor dijo que podía haber seguido viviendo tranquilamente otros veinte años. Por eso no había ninguna otra familia que cayese tan mal en la ciudad como la nuestra. Mi abuelo, para que la astilla no fuera tan distinta del palo, del bisabuelo Lukás, era hipnotizador y trabajaba en circos pequeños y toda la ciudad veía en su hipnotismo el deseo de hacer el vago toda la vida. Pero cuando los alemanes cruzaron en marzo nuestra frontera para ocupar todo el país y avanzaron en dirección a Praga, el único que fue hacia ellos fue nuestro abuelo, únicamente nuestro abuelo fue a hacerles frente a los alemanes como hipnotizador, a detener los tanques que avanzaban con la fuerza del pensamiento. Así que el abuelo iba por la carretera con los ojos fijos en el primer tanque, que dirigía la vanguardia de aquellos ejércitos motorizados. Y encima de aquel tanque estaba metido hasta la cintura en la cabina un soldado del Reich, en la cabeza llevaba un birrete negro con la calavera y las tibias cruzadas, y mi abuelo seguía de frente hacia ese tanque y llevaba los brazos estirados y con los ojos les infundía a los alemanes la idea, dad la vuelta y regresad... y de verdad, el primer tanque se detuvo, todo el ejercito se quedó quieto, el abuelo tocó aquel tanque con los dedos y siguió emitiendo la misma idea... dad la vuelta y regresad, dad la vuelta y regresad, dad la vuelta... y después un teniente hizo una señal con un banderín y el tanque se puso en marcha, pero el abuelo no se movió y el tanque lo atropelló, le arrancó la cabeza y ya no hubo nada que le cerrara el camino al ejército del Reich. Y después papá se fue a buscar la cabeza del abuelo. El primer tanque se detuvo antes de llegar a Praga, estaba esperando que llegase una grúa, la cabeza del abuelo había quedado aplastada entre las cadenas y las cadenas estaban tan retorcidas que papá pidió que le dejasen sacar la cabeza del abuelo y enterrarla después con el cuerpo, como corresponde a un cristiano. A partir de entonces, la gente de toda la región solía discutir. Unos gritaban que nuestro abuelo era un loco, los otros, que no del todo, que si todos se hubieran enfrentado con los alemanes como nuestro abuelo, con las armas en la mano, quién sabe cómo hubieran terminado los alemanes.

En aquella época vivíamos fuera de la ciudad, fue más tarde cuando nos trasladamos a la ciudad, y a mí, que estaba acostumbrado a la soledad, cuando llegamos a la ciudad se me estrechó el mundo. Desde entonces sólo cuando salía a las afueras, sólo así respiraba. Y cuando volvía, a medida que las calles y las callejuelas se estrechaban al cruzar el puente, me estrechaba yo también, siempre tenía y tengo y tendré la impresión de que detrás de cada ventana hay por lo menos un par de ojos que me miran. Cuando alguien me hablaba, me sonrojaba, porque tenía la impresión de que a todas las personas les molestaba algo de mí. Hace tres meses me corté las venas de las muñecas, y fue como si no tuviera motivo para hacerlo. Pero yo si tenía motivo y lo conocía y sólo me daba miedo que cualquiera que me mirase fuese a adivinar el motivo. Por eso detrás de cada ventana aquellos ojos. Pero ¿qué puede pensar una persona cuando tiene veintidós años? Yo podía pensar que la gente de nuestra ciudad me miraba porque me había cortado las venas para librarme del trabajo que ellos tenían que hacer en mi lugar, igual que lo habían hecho en lugar de mi bisabuelo Lukás y de mi abuelo Vilém, que era hipnotizador, y de mi papá, que había conducido una locomotora durante un cuarto de siglo sólo para no tener después nada que hacer.

Este año los alemanes ya no dominan el espacio aéreo de nuestra ciudad. Cuando llegué por el sendero hasta el fuselaje del avión, la nieve brillaba en los llanos y en cada cristalillo de nieve era como si hiciese tic-tac una manecilla pequeñísima de segundero, porque la nieve se quebraba bajo el calor del sol y se ponía de todos los colores, y oí que no sólo en cada cristalillo hacían tic-tac las manecillas, sino también en otra parte. El tic-tac de mi reloj se percibía con claridad, pero yo oía otro tic-tac más, y ese tic-tac salía del avión, de aquel montón. Y, en efecto, hacía tic-tac allí el reloj de la cabina, hasta marcaba la hora correcta y yo la comparé con las manecillas de mi reloj. Y después vi que un poco más abajo había un guante iluminado por el sol, y sentí perfectamente que el guante no estaba solo, que dentro de él estaba la mano de un hombre, y que la mano no estaba sola sino en un brazo y el brazo en un cuerpo humano que estaba en algún lugar debajo de aquellos restos. Y con todo el peso del cuerpo me apoyé en el pedal de la bicicleta; por todas partes sonaban las manecillas de los segunderos, empujadas por la luz del sol, y por las vías a lo lejos resoplaba un tren de carga, resoplaba con alegría; era un tren carbonero, volvía de la cuenca de Most, seguro que de ciento cuarenta ejes, y a la mitad del tren se había quedado trabada la zapata de un freno, estaba al rojo y el metal goteaba sobre el riel, pero la locomotora del Reich arrastraba con alegría aquel vagón trabado.

Mañana ya estaré junto a las dos vías de mi estación, en la que todos los trenes que vayan de oeste a este estarán señalados, de acuerdo con el horario, con números impares, y en cambio los trenes que se dirijan de este a oeste, con números pares. Volveré después de tres meses a dirigir el tráfico, volveré a estar en la estación, por la que pasan las dos vías principales, y la vía de paso de oeste a este tiene el número uno y la segunda vía de paso de este a oeste tiene el número dos y después a partir de la vía número uno todas las vías a mano derecha tienen números impares, tres, cinco, siete y eso, y todas las vías a mano derecha de la vía de paso número dos tienen números pares, cuatro, seis, ocho, diez y eso. Claro que eso es para nosotros, para los empleados de los ferrocarriles del Estado, todos estos números, porque desde el punto de vista de un pasajero que está en el andén de la estación, por ejemplo en mi estación, entonces la primera vía es la quinta, la segunda vía es la tercera, la tercera vía es la primera, la cuarta vía es la segunda... Y mañana por la mañana temprano me pondré el uniforme, los pantalones negros y la camisa azul, el abrigo del uniforme con botones de bronce que mamá me limpia con sidol, y después me abrocharé el precioso cuello que lleva tanto en el abrigo como en la capa el mismo distintivo, por el cual cualquier ferroviario reconoce cuál es mi categoría en el servicio. El botón del cuello le indica a cualquiera que tengo la reválida. Y luego la preciosa estrella bordada con hilo dorado pone en conocimiento de todos que soy aspirante a factor. Y además brilla en el cuello el distintivo más hermoso, una rueda alada parecida a un hipopótamo dorado. Y por la mañana saldré cuando aún sea de noche, mamá me estará mirando, estará inmóvil tras la cortina, igual que detrás de todas las ventanas junto a las que pase, detrás de todas habrá gente igual que mi madre, me observarán con un dedo en la cortina y yo seguiré andando hacia el río y allí en el sendero respiraré, como siempre, porque a mi no me gusta ir al trabajo en tren; así junto al río respiro con más libertad, aquí no hay ventanas, ninguna trampa, ninguna aguja clavada desde atrás en la nuca".

miércoles, abril 02, 2008

Ne le dis à personne

Una de fogueo:

No le digas a nadieY bien, empezó Eurocine 2008. Sabía que el lanzamiento iba bien. La película de la inauguración tiene como título No le digas a nadie, y es una frase inaudible dentro de ella pero que configura todo el drama. Un hombre, Alex, escucha una noche el asesinato de su esposa y antes de llegar a donde escucha sus gritos es golpeado y se desmaya. 8 años después recibe un mail en que le es dada una cita virtual, con el subtexto de No le digas nadie. Al cumplir la cita, Alex ve una filmación en vivo de alguna calle concurrida, y en ella aparece una figura femenina, muy parecida a su desaparecida mujer, que mira unos segundos a la cámara y parece susurrar Ne le dis à personne o I´m sorry. Ahí empieza un muy buen trhiller que hace permanecer atento al espectador durante 125 minutos, y eso es todo un logro del director Guillaume Canet. La tensión se deja notar en muchas escenas y mi catálogo de Eurocine llegó a mi casa bastante arrugado por esa presión. En particular hay una persecución muy bien hecha que me hizo acercarme aún más a la pantalla con mi cuerpo. Aunque a algunos no les gustó el final a mi me pareció sólo sencillo frente a lo complejo de la narración, una historia que lo suelta a uno en una serie de intrigas, persecuciones y asesinatos sin tan siquiera una pista, tal como lo hace el protagonista. Aunque algunas de las subtramas quedan sin un posterior desarrollo, la película logra ser completa y cerrar bien su historia principal. Era muy duro competir como película de apertura con La vida de los otros, pero salió airosa. Es una muy buena película que no cae en el común de las películas francesas cargadas de drama pasional o de romance.

Mucha acción y mucho suspenso. Al ver la película sentí ahí el acento de una novela que se encuentra entre una policiaca y una novela negra. La narración parecía más propia de Agatha Christie en algunos apartes. Al llegar a casa y revisar la ficha de la película encuentro que está basada en la novela de un norteamericano llamado Harlan Coben, titulada Tell no one. Habrá que leer las cosas del hombre pues parece un buen exponente del género. En su página web hay un extracto que aquí dejo:


I checked the computer's clock. It was hooked into some satellite that gave the exact time: 6:04.32 PM
Ten minutes and twenty-eight seconds to go.
To go to what?
The phones kept ringing. I tuned them out and drummed my fingers. Under ten minutes now. Okay, if there were going to be a change in the hyperlink, it would have probably happened by now. I put my hand on the mouse and took a deep breath.
My beeper went off.
I wasn't on-call tonight. That meant it was either a mistake - something made far too often by the clinic night operators -- or a personal call. It beeped again. Double beep. That meant an emergency. I looked at the display.
It was a call from Sheriff Lowell. It was marked “Urgent.”
Eight minutes.
I thought about it, but not for very long. Anything was better than stewing here with my own thoughts. I decided to call him back. I picked up the office phone, dialed nine to get an outside line, then the number on the LCD.
Lowell again knew who it was before he picked up. “Sorry to bother you, Doc.” Doc, he called me now. Like we were chums. “But I just have a quick question.”
I put my hand back on the mouse, moved the cursor over the hyperlink, and clicked. The web browser stirred to life.
“I'm listening,” I said.
The web browser was taking longer this time. No error message appeared.
“Does the name Sarah Goodhart mean anything to you?”
I almost dropped the phone.
“Doc?”
I pulled the receiver away and looked at it as though it'd just materialized in my hand. I gathered myself together a piece at a time. When I trusted my voice, I put the phone back to my ear. “Why do you ask?”
Something started coming up on the computer screen. I squinted. One of those sky cams actually. Or street cam, I guess you'd call this one. They had them all over the web now. I sometimes used the traffic ones, especially to check out the morning delay on the Washington Bridge.
“It's a long story,” Lowell said.
I needed to buy time. “Then I'll call you back.”
I hung up. Sarah Goodhart. The name meant something to me. It meant a lot.
What the hell was going on here?
The browser stopped loading. On the monitor, I saw a street scene. The rest of the page was blank. No banners or titles. I knew you could set it up so that you only grabbed a certain feed. That was what we had here.
I checked the computer clock. 6:12.18 PM
The camera was pointing down at a fairly busy street corner, from maybe fifteen feet off the ground. I didn't know what corner it was or what city I was looking at. It was definitely a major city though. Pedestrians flowed mostly from right to left, heads down, shoulders slumped, briefcases in hand, downtrodden at the end of a work day, probably heading for a train or bus. On the far right, I could see the curb. The foot traffic came in waves, probably coordinated with the changing of a traffic light.
I frowned. Why had someone sent me this feed?
The clock read 6:14.21 PM. Less than a minute to go.
The feed was black and white. The way the shades of gray lit the worker-bees against the asphalt was almost artistic. A Bergman film maybe. Something like that. I kept my eyes glued to the screen and waited for the countdown as though it was New Year's Eve. My pulse started speeding up. Ten, nine, eight....
Another tidal wave of humanity passed from right to left. I took my eyes off the clock. Four, three, two. I held my breath and waited. When I glanced at the clock again, it read: 6:15.02 PM
Nothing had happened - but then again, what had I expected?
The human tidal wave ebbed and once again, for a second or two, there was nobody in the picture. I settled back, sucking in air. A joke, I figured. A weird joke, sure. Sick even. But nonetheless---
And that was when someone stepped out from directly under the camera. It was as though the person had been hiding there the whole time.
I leaned forward.
It was a woman. That much I could see. Short hair, but definitely a woman. From my angle, I hadn't been able to make out any faces so far. This was no different. At least, not at first.
The woman stopped. I stared at the top of her head, almost willing her to look up. She took another step. She was in the middle of the screen now. Someone else walked by. The woman stayed still. Then she turned around and slowly lifted her chin until she looked straight up into the camera.
My heart stopped.
I stuck a fist in my mouth and smothered a scream. I couldn't breathe. I couldn't think. Tears filled my eyes and started spilling down my cheeks. I didn't wipe them away.
I stared at her. She stared at me.
Another mass of pedestrians crossed the screen. Some of them bumped into her, but the woman didn't move. Her gaze stayed locked on the camera. She lifted her hand up as though reaching toward me. My head spun. It was as though whatever tethered me to reality had been severed.
I was left floating helplessly.
She kept her hand raised. Slowly I managed to lift my hand. My fingers brushed the warm screen, trying to meet her halfway. More tears came. I gently caressed the woman's face and felt my heart crumble and soar all at once.
“Elizabeth,” I whispered.
She stayed there for another second or two. Then she said something into the camera. I couldn't hear her, of course, but I could read her lips.
“I'm sorry,” my dead wife mouthed
And then she walked away.


El lanzamiento, bien como siempre. Al inicio esperé a la Tats para entrar y mientras hacía fila pasó un señor ofreciendo una tarjeta de una empresa de casting a la persona que estaba detrás mio. La niña lo despidió y conversamos un rato sobre la película, era de alguna embajada y ya más adelante la vi cerca a la niña Tornatore. Como siempre encontré muchas personas conocidas: Tatiana, la Pirry, Kate, y hasta a Winter creo que vi por ahí. Tengo algunas entradas más así que estaré pendiente de otras películas de este Eurocine.

martes, abril 01, 2008

Lady Snowblood

Hace un tiempo mencioné que iba a publicar en este blog 'una de verdad y una de fogueo'. Vamos a intentar volver al ejercicio.


La de fogueo de hoy está relacionada con el domingo en que se retransmitió Kill Bill, en el cual no pude quitarme de la cabeza una de las películas que le da el alma a la obra de ese comentarista medieval en que se convierte Tarantino. La película se llama Lady Snowblood dirigida por Toshiyo Fujita (proviene del manga Shurayuki-hime, y llegó a mi a través de Plotino, de quien es también la idea de Tarantino como un glosista medieval que embellece textos antiguos). Claro que hay más películas que están por debajo de Kill Bill como La novia vestida de negro de Truffaut, pero algo falta: la sangre. Por eso no lograba quitármela de la cabeza. En mis lecturas hay sangre y cuerpos por todos lados. El trailer de Lady Snowblood aquí sigue, y vale la pena verlo por la sola canción, interpretada por su protagonista Meiko Kaji.

Al parecer no voy a una biblioteca o a una librería sino a una carnicería: señor, por favor me vende unas Tripas como en el libro Fantasmas de Palahniuk, un centro de muslo a lo Dalia Negra de James Ellroy y por favor me regala una libra de carne al corte Veneciano de Shake-speare, un corazón seco a lo Cormack McCarthy y que no se me olvide que necesito unos huesos bien carnudos a lo Joseph Conrad. Como dijo un día el Perro Zombi: hoy es día de wok.
P.D: se viene Eurocine 2008 :) con una muy grata sorpresa. Tiene que ver con Bohumil Hrabal.