Una de verdad
Y si ya llegaron hasta acá les lego otro fragmento de Héroes de Ray Loriga:
Madre, nadie //contradice a los asesinos.// Madre, ellos escriben poemas. (Paul Celan)
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Trabajé en Nueva York. Eran los años 50. Como policía retirado vivía de pequeños casos, las infidelidades me alimentaban en los peores días. Muchos clientes no levantaban el rostro por vergüenza. ‘Shadowing’, así llamábamos en el oficio ese acto de caminar pegado a las paredes, siguiendo los rastros de pasión, sexo y amor, siendo la sombra de los sentimientos.
Dos pelís enfrentadas tal vez fueron la razón. En la primera Humprey Bogart actuaba su mejor papel, el tipo duro que jamás daba un pie para generar confianza, salvaje e imprevisible. La otra película era francesa, de un tal Godard, en esa aparecía un chico francés que se creía igual de duro que el gran Bogart, robaba autos y vivía al límite, pero todas sus artimañas no prosperaron en el momento en que se enamora de una americana que está insegura entre quererlo o no. El ladrón, un poco ‘naif’, termina siendo delatado a la policía por la joven americana y prefiere quedarse a discutir acerca de su amor antes que huir. Muere miserablemente en la calle ante la mirada de la mujer que pareciera decir ‘me importa muy poco tu suerte y la de todos los tipos ingenuos que por enamorarse creen tener derechos’. En una Humprey salía ileso pero moría su personaje romántico para el mundo, como una especie en vía de extinción. En la otra moría el joven francés pero nacía en millones de hombres ese tipo de amor difícil.
El beso de la muerte fue dado en el primer instante, al nacer, cuando apenas sentía el aire caliente que quemaba los pulmones. Las mujeres de la familia tejían el destino con un celo indomable, la red que iba a amarrar para siempre a Ulises, los augurios que cumpliría Macbeth. Sus desengaños preveían la aparición de una nueva forma de amor. Pero fueron benévolas, dos opciones mantuvieron con el tiempo. Las opciones eran exilio o sumisión.
Para las mujeres las cosas salieron mal y construyeron bajo el ala de la casa hombres débiles como el francés, y por fuera los rudos como Bogart que ellas hubieran querido para sí. Realicé mis propias demostraciones de lealtad, las pruebas de fuego a las que someto y me someto. Caminos que apenas se insinúan para viajeros expertos en descifrar las huellas antiguas en las arenas cambiantes del desierto. Abandoné la dependencia a las infidelidades. Creí en las lealtades. Los antiguos marinos se guiaban por estrellas. Al fondo, el horizonte. Puedes perseguirlo toda la vida y jamás lo alcanzarás, pero te servirá para caminar. Si vas lo suficientemente rápido un zumbido te romperá en dos el alma y una de las partes, no sé si la buena o la mala, se quedará en el camino, en el recuerdo, acompañando a la sombra que te sigue.
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