lunes, septiembre 08, 2008

Crónicas del mundo - Lobo Antunes

Recuerdo un día de mucha humedad en la Feria del Libro de Bogotá y por tanto una obstinada niebla se negaba a retirarse e impedía el adecuado tránsito entre los pabellones que la conformaban como si fueran los órganos del cuerpo desconectados de la vida. Bajo las puertas de uno de los pabellones, tal vez el corazón o el hígado aislado de la Feria del Libro, se encontraba Lobo Antunes, mucho mayor que el personaje que ocupa el centro de la fotografía tomada en Angola en 1972 que encabeza este post, en aquellos momentos que dieron inicio a tantas de sus novelas en la guerra colonial de Portugal, mientras era médico en el culo del mundo. Su cabello era completemente blanco y coronaba la vida de un cansado cuerpo que ya superaba los 60. Se veía como eso que siempre ha sido, un médico forense de los sentimientos humanos, el psiquiatra de la guerra y el colonialismo, el hombre que no soportaba el ambiente infecto de los hospitales, porque además, ¿quién puede soportar la asepsia de un hospital sin sentirse un poco culpable de una vida propia sin pecados?, porque al recorrer los callejones de un hospital cuando mi madre yacía en él, o mi padre, o en general cualquier ser querido, la asepsia era signifcado de la posibilidad de muerte, como si en la pureza del mundo, la pureza de los patriotas, la pureza de los santos falsos y los ascetas, la pureza de los sacerdotes cristianos, se escondiera la muerte

(el formol me hacía vomitar y el olor de los hospitales que siempre enferma, como si tuviera necesidad de sentir mis propios vicios)

a la que se enfrenta el recuerdo, ante el cual Lobo Antunes se convierte en el escritor que no le gusta escribir sino oir los recuerdos y muere cada vez que escribe un texto para escuchar la eternidad del ser humano.

Ganador hoy del premio Juan Rulfo, Antonio Lobo Antunes se acerca más al Nobel de literatura. Sus textos reproducen el ambiente de los estudios de anatomía renacentista, en que los lectores se convierten en los estudiantes aplicados que toman el escalpelo y capa por capa retiran un velo al alma humana,

(el olor de los hospitales, la oxidación del ácido metílico)

en un proceso que no deja de doler. Al verlo bajo las puertas del pabellón lo seguí a distancia. Lo encontré mirando la cielo hasta que se le acercó una mujer joven con tres de sus libros en las manos, indecisos de estar en ellas o en el suelo, para que los autografiara. Aproveché igual, con la palabra maestro, que para mí significa mucho más de lo que puede expresarse, para hablar unos segundos con él sobre la lluvia de Bogotá que casi nunca se decide a caer y obtener una dedicatoria de uno de sus libros que recién acababa de comprar. Al retirarse, me sentí inundado de la sangre del cuerpo moribundo de la literatura nacional

(el formol me hacía vomitar y el olor de los hospitales que siempre enferma)

y hoy, después de mucho tiempo aún recuerdo dos o tres de sus crónicas para el diario El País de España, crónicas del mundo, una de ellas dirigida para quien va a escribir, otras dirigidas al ser humano (otra palabra que no uso sin tener muy en cuenta todo lo que arrastra su significado), otra dirigida al lector, así que tomo en mis manos el fino bisturí y leo:

FRAGMENTO LITERARIO: LA CRÓNICA

La espuma contra las rocas

António Lobo Antunes 16/12/2006

La mujer dijo

-Creo que estoy embarazada

y se puso a pellizcar el cojín del sofá sin mirar al hombre. Una de las piezas del juego de ajedrez encima de la mesita estaba caída al lado del tablero. Un peón o un alfil, no se distinguía bien, porque los alfiles se parecían a los peones pero más grandes.

El hombre, que no pellizcaba ningún cojín, intentaba poner al peón o al alfil de pie con la fuerza de los ojos. La mujer dijo

-Estoy embarazada

y el peón o el alfil siguieron sin obedecer la orden del hombre. También había un poco de ceniza fuera del cenicero. Era sólo un poco, pero al hombre le parecía inmensa. El par de grabados encima de la chimenea había cambiado de color. Al hombre le pareció extraño que los grabados cambiasen de color. Dejó el peón o el alfil y los grabados volvieron a ser como antes. La mujer dijo

-¿Qué me dices tú?

no pellizcando el cojín, retorciéndolo con la mano. Un cojín de terciopelo, gris. En su primer tiempo de convivencia a ambos les gustaba la casa. Ahora no se fijaban en ella. Una nube

(o una bandada de pájaros)

cruzó la ventana. Ninguno de ellos hizo caso. El hombre se inclinó hacia delante y enderezó la pieza caída. Daba la impresión de que no existía nada más en el mundo, ni siquiera la revista abierta sobre las rodillas. La mujer, que existía aún menos que la revista, dijo

-¿No dices nada?

con algo como un proyecto de lágrima en uno de los párpados, no una lágrima, una agüita vaga vacilando.

El hombre disponía las piezas en orden en el tablero de ajedrez, colocándolas una a una justo en el centro de los cuadrados que no eran negros ni blancos, sino azules y verdes, de mármol, con estrías moradas. El agüita vaga se ensanchó y disminuyó. Si se lo observaba mejor, el grabado de la izquierda necesitaba un empujoncito para quedar paralelo al otro o hacia abajo, en el ángulo inferior derecho, o hacia arriba, en el ángulo superior izquierdo. Cuando la mujer repitió

-¿No dices nada?

el hombre se decidía justamente por el ángulo superior izquierdo sin levantarse del sillón. Le apetecía levantarse del sillón y no se levantaba. Pensó

-Esta noche lo hago

pero no sólo debe de haberlo pensado, debe de haber dicho algo porque la mujer

-¿Hacer qué?

mientras aumentaba el agüita del párpado y el hombre seguía examinando la ceniza ya que le faltaba resolver el problema de la ceniza para que la sala quedase perfecta. El meñique mojado con saliva, por ejemplo, o si no llevarla con mucho cuidado hasta el borde de la mesa, dejarla caer en la palma e inclinar la palma sobre el cenicero. Medía las ventajas del meñique y las ventajas de la palma en el instante en que la mujer lo interrumpió

-El tema no te interesa en absoluto, ¿no?

separando las palabras con un asomo de odio. No odio, decidió el hombre, miedo, más miedo que odio, se le pone siempre esa cara cuando tiene miedo, ¿cuántos años hace que la conozco? Intentó hacer el cálculo y no obstante a veces llegaba a la conclusión de que dos y otras que tres. En verano, de eso se acordaba, a través de unos amigos. También se acordaba del vestido estampado, de la cola de caballo, de su manera de sonreír. Sonreía con toda la cara, con todo el cuerpo. Su lengua, la forma de entrar con su lengua en mi boca dos o tres noches después. Dedos que le desabrochaban la ropa y se atropellaban con los botones, demasiados dedos, demasiada ansiedad, la espalda que temblaba. Esto en el coche frente al mar, un segundo coche a veinte metros, también con los faros apagados, se acordaba igualmente de una voz en su cabeza

-Voy a meterme en un lío

a medida que le soltaba de los hombros los tirantes del vestido estampado. A cada centímetro de piel a la vista el

-Voy a meterme en un lío

más fuerte, y excitándolo la certidumbre de que se iba a meter en un lío. La mujer dijo

-¿Me estás vacilando?

no frente al mar, ahora, frente al mar una especie de susurro

-Deprisa, deprisa

¿y donde hoy en día, explícame, se encuentra tu prisa? ¿Dónde la cola de caballo, dónde la sonrisa, dónde aquella forma de tocarle la nuca y dónde los dedos que jugaban con sus orejas? En lugar de jugar con sus orejas pellizcaban el cojín del sofá. Venas en las piernas que no tenía en aquel entonces, arrugas inesperadas, una mancha en la frente y la mujer

-No me mires la frente, mírame a mí, caramba.

Una mancha en la frente, blanquecina, de crema y tal. Extendió el brazo hacia la mancha y la mujer retrocedió

-Quieres resolver los problemas con caricias, ¿no?

El hombre no quería resolver nada, quería entender la mancha. El largo del pelo de la mujer ya no alcanzaba para una cola de caballo. Si se lo recogiese y lo sujetase con un elástico le quedaría mal. En compensación, ¿cómo le quedaría, en este preciso instante, el vestido estampado? Corolas grandes sobre un fondo amarillo. En el coche, frente al mar, acompasaba sus movimientos con el movimiento de las olas a pesar del

-Deprisa, deprisa

y en esto la espuma contra las rocas creciendo y deshaciéndose, la mujer de perfil en el asiento reclinado y la voz en la cabeza de él, a medida que la espuma se disolvía

-Me he metido en un lío, estoy perdido

o sea no la molicie que sucede al placer, ni paz, ni especie alguna de alegría, un malestar resignado

-Me he metido en un lío, estoy perdido

y las olas que seguían, imperturbables, que las parta un rayo a las olas. La mujer dejó de hablar: demasiada agua en los párpados, la boca sobre las rodillas, lo que parecían sollozos, lo que parecía llanto.

Y entonces, sin querer, el hombre afirmó en voz alta

-Estoy perdido

y derribó con fuerza todas las piezas del ajedrez, iguales a la espuma creciendo y deshaciéndose contra las rocas

CRÓNICA: LA CRÓNICA

Para quien va a escribir

António Lobo Antunes 31/03/2007

El escritor portugués recorre los meandros que llevan a una persona a involucrarse en la creación literaria. Uno de los temas sobre los que ha reflexionado en otras ocasiones, pero cuyas respuestas no lo dejan satisfecho. Es más, a cada pregunta más misterios. Tiene claro que él escribe lo que le gustaría leer. Y en la búsqueda de esas motivaciones aparecen otros interrogantes como ¿quién soy? y ¿por qué razón soy este individuo?

Siempre me he quedado cortado cuando me preguntan la edad: por extraño que parezca, tengo la absoluta certidumbre de que he nacido hoy y lo que veo en las fotografías o en los espejos me intriga: una cara que no se asemeja a la mía, un cuerpo que no es el mío, una sonrisa o una expresión seria que me sorprenden. Lo mismo me pasa con el nombre: vacilo antes de responder: ¿seré yo? ¿No seré yo? António, qué vocativo extraño referido a mí. Y, si me presento, la sensación culpable de estar mintiendo. Las personas más próximas a mí, ¿con quién están hablando? Las veo tan seguras de conocerme que me confunden. ¿Quién, por ejemplo, escribe ahora? Hace un tiempo declaré que era la mano y lo hice con total sinceridad. Sólo que no puedo asegurar que la mano me pertenece. Pero, si no me pertenece a mí, ¿a qué persona le pertenece? Usa materiales que me resultan familiares, mejor dicho algunos de ellos, cada vez menos, y todo lo demás ignoro de dónde viene. Palabras que me susurran o la mano, que va trayendo ecos que llegan y se imponen, frases venidas quién sabe de qué lugar cercano o lejano. Después todo se ordena y estructura de acuerdo con una secuencia en la que, ahí sí, intervengo. Ahí sí soy yo el que trabaja con el magma de las primeras versiones, cortando, cortando. Parto hacia un libro sólo con la decisión de completarlo y casi sin ningún elemento. Es esa decisión la que convoca las voces, los sonidos, la estructura. Un libro es un acto de voluntad. Lo hago porque estoy resuelto a hacerlo. Porque lo que leo de los demás muy raramente me satisface, cada vez menos me satisface. Siendo totalmente sincero, no me satisface. De manera que redacto lo que me gustaría leer. El problema es que no leo, es decir, no estoy fuera y por tanto no leo. Me limito a fabricar, y eso no es leer. A intentar acercarme a lo que imagino todas las veces que sean necesarias hasta que las páginas se tornen lo que pretendo. No es, no sé cómo decirlo, no es un trabajo de inocencia

(de qué un trabajo de inocencia)

sino un trabajo de taller. Me meto entero dentro de la cosa, removiendo en ella. Me despierto con ella, me acuesto con ella, me paso todo el día con ella, ella y yo

(es difícil expresar esto)

somos el mismo organismo, no uno parte del otro, el mismo organismo. Y si de tiempo en tiempo, en las crónicas, me refiero a esto, es con la intención de aclararme a mí mismo y a las personas a quienes les interesa lo que les doy. Al principio de la carrera de médico deseé, por mi cuenta o con Daniel Sampaio, comprender las razones de la creación. Publiqué un primer texto sobre Antero de Quental a los veintiuno o veintidós años. Luego Bocage. Después de la carrera Ângelo de Lima, D. Duarte (con Daniel), Lewis Carroll (también con Daniel), varios autores. Si lo pienso dos veces, creo que no llegué a entender nada sobre ellos ni sobre mí, que era lo que realmente pretendía.

El misterio del acto de crear permanece intacto. Recorrí la prosa de personas que buscaban también comprender, y el misterio del acto de crear permanece intacto. No creo que ningún individuo lo aclare. Y me resigno a duras penas a ese hecho. Cuando una obra es buena se vuelve impermeable a cualquier tipo de abordaje. Sus mecanismos están ocultos. Podemos comprobar los resultados pero nunca alcanzamos las raíces. Ni el tronco. Las hojas sí, a veces, ¿y qué interesan las hojas?

¿Qué hace que haya personas que producen esto? ¿Qué ha sucedido en su vida o qué demonios tienen en el alma para producir esto? ¿Y cuál es el motivo de que esto se convierta en el único elemento importante de sus vidas hasta revelarse, en apariencia, como unos monstruos de egoísmo? Camus

(detesto las citas, no haré ninguna más)

hablaba del egoísmo necesario a la creación y, sin embargo, pensándolo mejor, no me parece que egoísmo sea el término apropiado. Es un estado que se adueña del poseído sin que el poseído se dé cuenta. Me sucede con frecuencia reunirme para cenar con mis hermanos. Es curioso: ceno con ellos y no ceno con ellos, converso y no converso, formo y no formo parte de la familia y, no obstante, siento que estoy muy apegado a ellos. Soy uno de ellos y soy un extraño. Y, sin embargo, si les sucediese algo grave, sufriría como un perro. Y la pregunta regresa, obsesiva

-¿Quién soy?

Y tras esa pregunta borbotones de preguntas igualmente obsesivas

-¿Por qué razón soy este individuo?

-¿Por qué me siento diferente?

o la gran pregunta, que desde que me encontré no ha dejado de perturbarme

-¿Por qué yo?

No es un destino especialmente agradable, no es frecuente asociarlo al placer y, no obstante, ¿qué me ha hecho ser de este barro? He acabado un libro hace poco. Aún no tengo fuerzas para pasarme horas y horas, todos los momentos de la semana, a las vueltas con uno nuevo. Pero dentro de dos o tres meses estaré iniciando el próximo y los inicios de los libros son terribles. Un montón de versiones para las primeras páginas

(-Aún no es lo que yo quiero, aún no es lo que yo quiero)

hasta que la mano coja el tranquillo. Me hace recordar el agua que se derrama en las tablas del suelo, despacio, eligiendo el camino. La primera mitad lleva el triple de tiempo de la segunda mitad, cuando ya va sobre rieles y las palabras casi avanzan solas. Las semanas antes de comenzar y el final son agradables

(sobre todo las semanas antes de comenzar son agradables)

pero el arranque es un trajín lleno de desánimos, de falta de confianza, de miedo, la duda

-¿Me habré agotado?

la sospecha

-Tal vez ya no queda nada la interrogación

-¿Qué hago yo sin esto?

y un pavor

(no exagero)

y un pavor inquieto. Es así desde el principio y será así hasta el final. Ya debería estar habituado a estos sentimientos, pero no lo estoy. Lo curioso es que, aunque me lamente, y me lamento, no me cambiaría por nadie. No me imagino, me resultaría imposible imaginarme viviendo de manera diferente. No cambiaré nunca. Dura desde los siete u ocho años, dura por cierto desde que nací. ¿El bloqueo del artista? No creo en eso: los bloqueos, que son constantes, se solucionan topetando contra el papel, aunque no se obtengan resultados, hasta que los resultados lleguen. Acaban llegando, es una cuestión de porfía y de paciencia. Pido perdón, en lugar de las anécdotas que suelo contar en las crónicas, tan diferentes de los libros en que no hay anécdotas, por haberos agobiado con este discurso. Es que, de tiempo en tiempo, viene la necesidad de recapitular. Y una conversación de este tipo tal vez puede serle útil a quien ha nacido con el mismo sino: en ciertos aspectos, los escritores son monótonamente iguales. Y los que han nacido con el mismo sino comprenderán que no están solos: anda por ahí, la mayor parte de las veces quién sabe dónde, una criatura con las perplejidades, los entusiasmos y las desesperaciones que les pertenecen. Y alivia compartir este hado. Los cancerosos se consuelan entre sí. No sirve para nada, claro, pero da la ilusión de servir y es bueno vivir acompañado. Después cada uno muere en su rincón y ha dejado de tener importancia la muerte, porque algo vivo ha quedado, una especie de lucecita que no se apaga jamás.

Traducción de Mario Merlino.


CRÓNICA: LA CRÓNICA

La mejor es la única buena

António Lobo Antunes 22/07/2006


Pensándolo bien, no soy un escritor, porque lo que hago no es escribir, es oír más intensamente. Me siento y espero hasta que las voces comiencen. Andan a mi alrededor, más fuertes, más tenues, más distantes, más próximas, hablando sin sonido y no obstante diciendo, diciendo.

El problema es elegir cuál de ellas es la verdadera, porque todas las demás mienten. A veces lleva semanas, lleva meses entenderla. Casi nunca se trata de la más nítida. Casi nunca, no: nunca se trata de la más nítida, ni de la más seductora, ni de la más inteligente. En general se apaga, recomienza, vuelve a apagarse, se distrae de mí y yo de ella, intento encontrarla entre las restantes, no lo consigo, lo consigo, no lo consigo, recomienzo, la descubro a lo lejos, creo descubrir

-Es ésta

me desilusiono

-No es ésta

pues lo que cuenta no tiene sentido y no obstante existe algo en el sinsentido que me persigue, la atraigo hacia mí o me empujo hacia ella, no la atraigo hacia mí, me empujo hacia ella, comienzo a probarla despacito, una palabra dispersa, una segunda palabra al azar, una frase entera, las voces que quedan se empeñan en desviarme

-¿Qué interés hay en eso?

-¿A qué te lleva ese discurso?

-Estás equivocado

me entregan personajes, episodios, historias y yo no quiero saber nada de personajes, episodios, historias, eso es para quien hace novelas y yo me cago en las novelas, quiero un hilo que me conduzca al centro de la vida y traer a la superficie todo lo que existe ahí dentro, quiero el corazón del mundo, no quiero entretener a los que las compran, no quiero divertirlos, no quiero divertirme, quiero lo que reside en el interior de lo interior, donde están las personas y nosotros con ellas, transformar en letras lo que no tiene letra alguna, quiero seguir un pasito leve en un corredor que no sé dónde queda, no exactamente un pasito, el eco de un pasito que ha de volverse pasito si continúo con él, que ha de ganar carne y ojos y llevarme consigo, quiero respirar con él, quiero que nos quedemos juntos, quiero que el pasito sea mi pasito y el corredor mi corredor, que la carne y los ojos se conviertan en mi carne y en mis ojos, quiero ese libro que aún no ha comenzado, pero que a fuerza de obstinación y orgullo y paciencia se volverá mío, sin escribirlos, claro, ya no caigo en esa trampa, dejándolo salir como el agua que se derrama y encuentra su curso en las junturas de las tablas del suelo y no es mi libro, dado que no me pertenece ningún libro con mi nombre, los libros deberían llevar el nombre del lector, no del autor, en la cubierta, es el lector quien le da sentido a medida que lee, es al lector a quien le pertenece la voz, y no sólo la voz, la carne y los ojos y el corredor y el paso, y el lector está solo y es inmenso, el lector contiene en sí el mundo entero desde el principio del mundo, y su pasado y su presente y su futuro, y se escucha a sí mismo y siente el peso de cada víscera, de cada célula, de cada íntimo rumor, el lector no para de crecer y ya no necesita ni el libro ni a mí, y al acabar el libro comienza, y al guardar el libro en el estante el libro continúa y el lector continúa con él, cada célula se divide en millares de células y el lector es muchos, y el lector deja de leer porque no está leyendo, aunque piense que está leyendo no está leyendo nada en absoluto, tiene todas las edades al mismo tiempo y todos los tiempos de su vida aunque el libro esté cerrado en algún rincón de la casa y el lector no lo necesite para continuar con él y ahora me vienen a la cabeza las semillitas sin peso que en el verano de cuando éramos pequeños entraban volando por la ventana, volvían a salir, desaparecían y, aun desaparecidas, seguían con nosotros llevando de la mano recuerdos y esperanzas y alguien que cantaba

(¿qué mujer?)

junto al lavadero una melodía

(a veces ni una melodía siquiera: dos o tres notas solamente)

que son las únicas que oiremos cuando caiga la noche y las sombras que nos rodean piensen

(más que pensar: tengan la certidumbre, ellas y el médico y el señor de los ataúdes)

de que no oímos nada.


CRÓNICA: LA CRÓNICA

Crónica con buganvillas

António Lobo Antunes 18/08/2007

El escritor portugués dice no asociar el placer con la escritura de libros, pero lo cierto es que no hay ninguna otra cosa que prefiera más en el mundo. Hubo un tiempo que sufría por no ser capaz de crear. Descubrió el verdadero dolor de la impotencia. Se refugió en los casinos. Un nuevo mundo. Conoció las estrategias secretas de mujeres y hombres para seguir jugando. Tanta porquería a la vista. Y el arte de escribir volvió.

Las buganvillas en flor a lo largo del muro. A menudo, no importa qué esté haciendo o en qué ande pensando, me vienen las buganvillas en flor, azules y moradas, a lo largo del muro, el viejo y oscuro muro de mi infancia, entre la travesía y el callejón. Tanta sombra, siempre, por debajo de la buganvilla: e insectos diminutos, lagartijas, amenazas. Recuerdos así: mi bisabuela, aturdida, desataba un pañuelo de bolsillo y desparramaba un montón de joyas en la mesa. Me quitaba los caramelos y se los comía ella con esa boca elástica de los viejos, la expresión de Popeye que tienen todos: sólo les faltan los bíceps y la pipa. Me olvidaba del ancla tatuada: les falta también el ancla tatuada, claro. Antes del desatino, mi bisabuela se metía en el tren, a escondidas, para ir a jugar a la ruleta en el casino. De Benfica a Estoril quietecita, con miedo a que la reconociesen. Antes de comenzar a escribir Memoria de elefante, me pasé un año entero jugando todas las noches en el casino. No a la ruleta

(nunca me gustó la ruleta)

sino a la banca francesa. Al cabo de un mes ya conocía a muchas personas con el mismo vicio. Y a las mujeres que se prostituían sólo para tener dinero y poder seguir jugando. Llegaba a las once y salía a las tres de la mañana, cuando se cerraban las puertas. En muchas ocasiones me iba con alguna de esas mujeres: vivía en un apartamento pequeñito, por encima del mar. He descrito buena parte de esto en la novela. He descrito también el apartamento. Las pasé moradas para dejar el casino. Supongo que sufría un poco: de soledad, de no ser capaz de crear. Tenía dos hijas. No tenía nada salvo mi esterilidad en cuanto artista. No cogía el papel, no cogía la pluma, la cabeza se me había vaciado. La guerra, al lado de esta miseria, había sido el Paraíso para mí. Es la primera vez que hablo del dolor de la impotencia, e imagino lo que será el martirio de los hombres que fracasan en la cama. Y, no obstante, si me diesen a elegir, preferiría eso a la imposibilidad de la escritura. Sigo prefiriendo eso

(y todo lo demás)

a la imposibilidad de la escritura. ¿Por qué? No merece la pena preguntar por qué. Es así. Y será así hasta el final.

Las buganvillas en flor a lo largo del muro, azules y moradas a lo largo del muro. Qué destino del demonio es este que hace que un hombre

(que hace que yo)

mate incluso, si fuere necesario, para proteger un hado que no da ni goce ni alegría. Hacer libros es una tarea que no asocio al placer. Y, no obstante, ¿qué otra cosa me interesa de verdad? Además me ha vuelto humilde, es decir, me ha dado un orgullo humilde. Quería ser el mejor. Soy el mejor. ¿Y? ¿Qué he ganado con eso? Más miedo a escribir, más humildad todavía. Hola, buganvillas en flor a lo largo del muro.

En la sala de juego, me acordaba de mi bisabuela: ¿cuál era su mesa? ¿Ésta, aquélla? ¿Vendería cosas, como tantos hacen, para comprar fichas? En los casinos, y eso es algo que siempre me ha perturbado, nadie sonreía. Expresiones indiferentes. Personas, que se notaba que eran pobres, apostando unos dinerillos menudos; personas, que no sospechaba que fuesen ricas, lanzando al paño, con desdén, en una sola jugada, más que todo mi sueldo. Los crupiés lo recogían, imperturbables. Señoras elegantes en el bar que cruzaban las piernas, con el comienzo del liguero al aire, fumando con una expresión absorta. Echaban nubes blancas por la nariz. Homosexuales a la deriva como los perros en las playas desiertas, intentando descubrir un olor que los guiase. Inspectores de esmoquin con un paso lento de flamencos. Y yo un año entero

(buganvillas, buganvillas)

en esto. En momentos de suerte, las señoras elegantes me convocaban con la boquilla, poniendo el liguero un poco más a la vista, y yo me metía la mano en el bolsillo para disimular el entusiasmo. Vistas de cerca no eran tan jóvenes, y al dejar el whisky sus bocas eran amargas. Pero era bueno que me susurrasen amabilidades al oído, que acababan con una puntita de lengua que me estremecía. Uñas que buscaban los espacios entre los botones de mi camisa. Rodillas contra mis caderas. Salían con abrigos de piel, frioleras, caminando, como Cristo sobre las aguas, sobre sus tacones de aguja. Durante días y más días mi coche

(un pobre coche siempre sucio)

olía a perfume, y ahí están las buganvillas en flor a lo largo del muro, el viejo y oscuro muro de mi infancia, entre la travesía y el callejón. Tanta sombra e insectos diminutos, lagartijas, amenazas. Una mañana de vacaciones, una serpiente: no una serpiente grande, es evidente, una de esas pequeñas, inofensivas. La aplasté con una piedra, la ensarté en una caña, fui a asustar a mi madre con aquello:

-Quita esa porquería de mi vista.

Dios mío, la cantidad de porquerías que debería haber quitado de la vista. ¿Estaré aún a tiempo de comenzar ahora?

Traducción de Mario Merlino

Desbloquear el sistema

Conocí al profesor Rincón y a su proyecto hace unos meses. El proyecto de educación a travès de medios como el blog es más que interesante, no sólo por la libertad de expresión sino por las posibilidades de cerrar la brecha digital y el establecimiento de proyectos productivos a los que se integran las comunidades. Por esa razón me duele que se presenten situaciones en las que, al parecer, empresas privadas como Facebook son contratadas por entidades públicas como una Gobernación de Departamento para ser las dueñas de sus conexiones a Internet. Por eso paoyo la noción de Àlvaro en su blog www.otexto.net y retransmito su post bajo el tag BibliotecaLibre

Desbloqueen a WordPress y Blogger de la Biblioteca de Neiva

Aquí está la carta donde se pregunta por qué razones se bloquean los blogs en ésta biblioteca. (Más adelante podemos hacer una campaña que se extienda a otras bibliotecas). Dentro del derecho de petición se le pide a la autoridad que revise la decisión de bloquear los blogs de Blogger y WordPress, de tal manera que la gente joven del Huila pueda expresarse a través de estos nuevos medios.
Quienes quieran unirse por favor copien, peguen y añadan su nombre a la lista debajo de esta carta y publíquenla en sus blogs, con los debidos enlaces. De esta forma se difunde la carta y el apoyo que la respalda. Mi sugerencia es que agreguemos como tag o categoría BibliotecaLibre de tal forma podremos ubicar a todos los que se unen a la campaña en Google y en Technorati:


Señor
Dr. LUIS JORGE SANCHEZ
Gobernador
DEPARTAMENTO DEL HUILA, Colombia.

Referencia: artículo 23 de la Constitución Nacional

Cordial saludo,
El Proyecto de Formación Docente de la Escuela Normal Superior de Neiva tiene su énfasis en tecnología e informática, así los maestros en formación tienen la tarea de adquirir y desarrollar habilidades en el conocimiento y manejo de las Tics como herramienta y espacio de discusión pedagógica.

Al no contar con los medios y a petición nuestra la Coordinadora de la Biblioteca Departamental Olegario Rivera puso a disposición la sala de informática con sus trece computadores los días jueves en la jornada de la tarde. Así se dio desde el mes de junio del presente año, hasta el día 21 de agosto cuando nos vimos sorprendidos con el bloqueo de las plataformas Blogger y WordPress, desde donde elaboramos nuestros blogs: http://wwwcomunicacionnormalneiva.blogspot.com. Al solicitar explicaciones el ingeniero de la sala explicó que esa decisión de bloqueo era una determinación del gobierno departamental.

En atención a la referencia solicito la explicación de los motivos del bloqueo de las plataformas Blogger, WordPress hecho que afecta el proceso de formación para la libre expresión, la construcción de ciudadanía, el libre acceso a la información y a la cultura, al encuentro y diálogo con el mundo global.

Atentamente,
JOSE ALBERTO RINCON TRUJILLO
cc.12′227.788 de Pitalito
Docente
AREA DE COMUNICACIÓN
ESCUELA NORMAL SUPERIOR DE NEIVA

Otras personas y/o blogs que se adhieren a la iniciativa:
Alvaro Ramirez Ospina, blog: Ojo al Texto
Mauricio Duque Ardila, blog: En medio del ruido
Mazo, blog: The secret Goldfish
Enzo Abbagliati, blog: Cadaunadas
Ligeia, blog: $ujétate
(Borre esto y añada aqui: su nombre o alias, blog: mombre del blog (incluya el enlace en html)

domingo, agosto 24, 2008

Cromos

Cromos habla también de fotografías, de dibujos o figuras destinadas a una colección infantil. En nuestro país, en Colombia, también es una revista de farándula, una de las revistas del corazón. A veces, los buenos reportajes se encuentran más en estas revistas que en los reconocidos medios masivos. Los dejo con el siguiente reportaje que pueden también encontrar en este enlace: http://www.cromos.com.co/cromos/Secciones/Articulo.aspx?idn=4447


El río de la muerte


Un equipo de Cromos navegó durante cinco días por el cauce del río Cauca y comprobó que su fama de cementerio flotante sigue intacta, como si todavía se vivieran los tiempos de la guerra entre los carteles del norte del Valle.

Por Fernando Cárdenas/ Fotos Christian EscobarMora

En compañía de pescadores, la madre de un joven de 24 años acaba de encontrar flotando en el río el cuerpo de su hijo, cerca de Bolívar, norte del Valle.


El desangre en el río todavía sigue latente. Lo malo es que los vecinos de los pueblos ribereños ya ni siquiera se toman el trabajo de atrapar los cadáveres porque temen meterse en problemas.


La policía de estos pueblos del norte del Valle sostiene que es cosa de todos los días el trabajo de recoger restos humanos del río Cauca.

En la carta de navegación de un puñado de ambientalistas estaba previsto que el viaje duraría cinco días a bordo de un barco por el río Cauca para denunciar la contaminación de las aguas y promocionar un referendo en los pueblos ribereños. Pero la travesía cambió de rumbo. Al arribar a Bolívar, municipio del norte del Valle, apareció el cuerpo de un joven de 24 años, flotando en las oscuras aguas que hace treinta o cuarenta años dejaron de albergar peces.

Cuando llegamos a la orilla, la policía se encontraba acordonando la zona y la madre se subió a una lancha para reconocer el cuerpo de su hijo que descansaba unos metros río abajo. Ella sabía que si alguien se pierde en estos lados, lo más seguro es encontrarlo en algún punto del cauce. “Es un caso de limpieza social de los narcos, de ‘los Rastrojos’, la gente empezó a reclamar porque fumaba marihuana”, confiesa un poblador.

A pesar del dolor y de la tragedia de esta familia, aquí dicen que la señora tuvo suerte al encontrar a su hijo en el río. No fue de las que se mordió el luto, como les ha ocurrido a las víctimas de la matanza de Trujillo, entre 1988 y 1990, cuando narcoparamilitares tiraron al río 342 personas que militaban en cooperativas y participaban en marchas campesinas. Pocos cuerpos se rescataron.

Este recorrido ecológico resultó ser una marcha fluvial de la muerte. Los tripulantes de la embarcación llamada Caucayaco con unas 20 personas a bordo, invitadas por Ecofondo, comprobamos que todavía ocurre el desangre en sus aguas, como en los tiempos en que sirvió de inspiración a Julio Luzardo para hacer el largometraje El río de las tumbas, hace ya cuatro décadas.

Los muertos

El primer hallazgo ocurrió cerca a Buga. Íbamos observando marraneras y vertederos que contaminan el borde de la corriente y que convierten el cauce en una morgue con olores pestilentes cuando, sin darnos cuenta, entre la basura emergió el primero de los cuatro cuerpos abandonados que veríamos en la superficie. Fue Christian, el fotógrafo, quien descubrió al revisar sus láminas que en este punto empezaba la historia macabra.

Son crudas, por si acaso: frente a nuestra nave flotaba el triste espectáculo de un hombre sitiado de gallinazos. Una de las ambientalistas sacó su celular y llamó a la policía de Cali a reportar el suceso. Otra le gritó a un lugareño del hallazgo, pero este no movió una ceja. Los demás sacaban cámaras para capturar el registro. Hernán, el lanchero, con 30 años en las artes fluviales, nos dijo como para suavizar el panorama, que antes era peor: “Veíamos pasar en un día hasta 12 cuerpos amarrados como plátanos”.

Cincuenta metros más allá, también con una asamblea de gallinazos, apareció boca abajo un segundo cadáver: una mujer joven con marcas de tortura en varias partes del cuerpo. “Ambos eran indígenas del Cauca”, dice el conductor y agrega que los cuerpos habían pasado tres días atrás por la altura de Juanchito, como si formaran parte del paisaje, pero que nadie los recogió, porque hacerlo es un lío legal. Ni los municipios cercanos acogen el llamado humanitario, por los costos del levantamiento y de la ceremonia, así que dejan todo en manos de la corriente. La ceguera sirve para esquivar aprietos, engorrosas declaraciones judiciales y el río hace su parte para borrar las evidencias.

El silencio apareció en la barcaza como un leñazo. El escritor y abogado de oficio del río, don Óscar Salazar, se levantó con ahogo y sostuvo que este afluente es “el carro basurero de los municipios, y el carro funerario de una comunidad salvaje que arroja ciudadanos al río”. Este hombre viejo intentaba explicar un fenómeno de desapariciones que se repite desde hace décadas

La historia más conocida es la de Trujillo con sus más de 300 víctimas. Yamile Vargas, de 22 años, llora a su padre que nunca apareció. Ella no se sienta en la orilla a mirar el horizonte. Más bien lo busca en un álbum tipo Panini donde se registran los muertos de la masacre y pone sobre su estampa una foto carné a color, para que se vea mejor. Y cuando tiene tiempo, va a visitar las esculturas que hay en el parque-monumento que están levantando en uno de los cerros del municipio, como un símbolo de reparación.

Doña Consuelo, la encargada de este lugar, sostiene que las víctimas no quieren ir al río. Ya perdieron la esperanza de encontrar a sus familiares, así que el monumento, con unos dibujos que simbolizan a sus muertos –a su marido y a sus dos hijos–, les sirve para calmar el dolor. “Es la única forma de superarlo”, agrega.

A esta altura del río Cauca, en el norte del Valle, son los areneros los que conocen mejor la ruta de los desaparecidos. Antes, cuando las aguas lo permitían, ellos eran pescadores. Ahora uno de estos hombres cuenta que el peregrinaje termina en Beltrán, en el departamento de Risaralda. Allí el afluente se vuelve más tranquilo, con remansos y un gran remolino que detiene cualquier avance. Y hasta ese punto, todavía llegan familias desesperadas buscando a sus muertos. Vienen de río arriba, de pueblo en pueblo, preguntando a los vecinos de la orilla si han visto algo, aunque no siempre tienen suerte. “Yo los llevo en mi bote, nos damos una vuelta a ver si vemos algo y hablamos con la gente por si algo”, comenta el arenero.

Por culpa de la geografía, en Beltrán se han recogido más de 500 NN en las dos últimas décadas, que reposan en Marsella, a menos de una hora en carro. En los noventa, el peregrinaje de las familias obedecía a los muertos de la contienda entre los carteles, entre los ejércitos de ‘Don Diego’ y Wilmer Varela, ‘Jabón’. Luego vinieron por las matanzas de las autodefensas de Carlos Castaño Gil, tras el cambio de siglo, después vendrían por culpa del Bloque Calima, al mando de Ebert Veloza, alias ‘HH’, quien reveló bajo la ley de Justicia y Paz que sus hombres tiraban los cuerpos (más de 500) a este torrente para ahorrar tiempo y dinero, y borrar las huellas del terror.

Ahora los que marchan son las víctimas de los “rastrojos”, esos sicarios y traquetos herederos de los grandes capos, de los Urdinola o de los Henao, que se disputan el Cañón de las Garrapatas, una ruta confiable para sacar cocaína de alta pureza por las costas del sur de Chocó.

Turismo fúnebre

Sin importar las razones, en Marsella, un tranquilo pueblo cafetero, las autoridades han realizado una labor humanitaria poco frecuente, con unos costos enormes: una mala fama sin merecimiento, todo por recoger los cuerpos y enterrarlos en el cementerio público. Debe ser por eso que a los pobladores no les gusta la idea de que lleguen forasteros interesados en el turismo fúnebre que ofrece el cementerio. O que arriben semanalmente esos familiares para ver si esos cuerpos corresponden a uno de los suyos. En especial luego de que las autoridades borraron con pintura blanca las marcas de NN de las tumbas, para neutralizar el fisgoneo.

La verdad, como comenta el sepulturero Luis Gómez, es que son demasiados los cuerpos que han llegado provenientes de las aguas tranquilas de Beltrán. “Ya no los puedo contar”, dice. De todos, el que más recuerda es un deportista que venía torturado, que vestía pantaloneta. “Era muy jovencito y venía con rodilleras”, aclara Gómez, quien en sus tiempos libres es árbitro de fútbol.

Curtido y quemado por el sol, su mayor preocupación consiste en que el cementerio ya no tiene más terreno para recibir restos humanos. “Yo he pedido que se agrande el sitio”, explica. Sin embargo, sus palabras no serán escuchadas en la alcaldía. Según Medicina Legal, el número de muertos registrados en Marsella ha disminuido considerablemente en los últimos años, al pasar de 150 anuales encontrados en el río hace 10 años, a 5 en 2007, y 3 este año.

Y ese descenso de muertes violentas es una excelente noticia que descarta cualquier ampliación del camposanto. Pero contradice las voces de los pescadores del río, quienes explican que lo único que ha cambiado es que ahora ya no recogen los cuerpos por amenazas de unos narcos que se aparecen en “camionetas oscuras”. Más en confianza y en voz baja, revelan que las verdaderas razones están en que las autoridades locales les advirtieron que si sacaban un muerto de las aguas iban a tener que declarar en un juicio.

De modo que con esta política de indiferencia, el peregrinaje de los cinco o seis cuerpos semanales que arriban al remolino de Beltrán ya no tiene un muro de contención. A veces, estos hombres dan un empujón a los restos para que sigan su viaje y se desintegren más allá. Así, con ese poco de ayuda, no ponen en peligro el espacio que aún le queda al cementerio de Marsella y tampoco desinflan los aplausos por las estadísticas positivas de violencia.

jueves, agosto 07, 2008

Entre Edmonton y Winnipeg


No quería escribir un post porque no tenía palabras, un amigo sí las tenía y esto es una introducción muy larga y sin las palabras adecuadas a sus palabras. Este post es de una fotografía que aún no es, por eso arriba está Kevin Carter, uno de los más grandes fotógrafos de la historia como esprando a tomar la foto, aunque para ser honesto la foto de arriba es un tiroteo en medio de el enfrentamiento por el apartheid en Suràfrica y el amigo de Carter le toma una fotografía en un juego macabro en el cual alguno de los dos podría tomar la fotografía de su vida cuando las balas alcanzaran al otro.

No quería escribir y tal vez, lo he pensado mucho, tal vez éste sea mi último post o quizás no, aún no lo sé, tal vez un descanso estaría bien. "Pero, ¿Cómo había empezado todo?", así es como abre las discusiones Calasso en su libro "Las bodas de Cadmo y Harmonía", en el que que narra el origen del mito occidental. Todo empezó para mí con un anuncio, hace unos 15 días, en medio de una discusión sencilla e irrelevante sobre el mal en la literatura. El tema central era un pregunta y una crítica, la pregunta era si existía el mal gratuito y si éste merecía ser contado, la crítica era si es valido el que exisitiera en tantas obras literarias o cinematográficas la violencia gratuita.

Pero la verdad no sé cuándo empezó todo, tal vez si fue hace unos 15 días o podría ser anoche, cuando llegué a buscar al Chileno y en la portería del edificio una señora de unos ochenta años, toda vestida de negro y con un chal de los que usan para las misas de duelo, comentaba que venía de la iglesia en la Plaza de Las Nieves (a pocas cuadras de mi residencia) donde un hombre se había enloquecido y había disparado contra la multitud matando a una señora e hiriendo a un policía. La mujer lo contaba sin asombro, sólo como una curiosidad de su vida. El vigilante del edificio asentía y de repente un hombre muy anciano, de gafas muy gruesas, flaco y alto, también de unos 70 o 75 años, que estaba ahí sentado, con el bastón entre las dos manos, en un gesto que me hizo recordar a un Borges mucho más flaco y con gafas, mencionó que él recordaba un evento similar hacía unos ocho o diez años, cuando era médico y fue invitado a una cena en su honor a la que no pudo asistir. Esa noche iban a cenar con sus compañeros a un restaurante muy fino sobre la carrera séptima y un hombre llegó y sacó un revólver y empezó a dispararles a todos los que ahí estaban, incluidos sus amigos. No lo podía creer, yo estaba sentado a su lado esperando que bajara un amigo y socio del Chileno y aventuré un nombre para unirme a la conversación, la primera palabra que mencioné como pregunta al señor fue ¿Pozzeto?, el señor asintió y parecía ver una luz en sus recuerdos, y de nuevo afirmó como si recién recordara, Sí, Pozzeto era el restaurante. Entonces el nombre del asesino es Campo Elías, dije yo. Creo que la historia es de todos conocida, Campo Elías Delgado se pudo haber obsesionado con la guerra del Vietnam de la que era veterano, o se obsesiona con las clases de Mario Mendoza sobre el doble en la literatura y el Dr. Jekyll and Mr. Hide, ly en un diciembre asesina a su madre y quema su apartamento, luego asesina a otra serie de personas, se viste y va al restaurante italiano de lujo, lugar donde asesina 20 personas, pero con los asesinatos anteriores completa la cifra de 28 en el día. El anciano repetía una fecha, el 3 de diciembre, hará unos 8 o 10 años decía en su confusa mente.

La verdadera masacre fue el 5 de diciembre de 1986, y es de todos conocidos la novela que publicó Mario Mendoza bajo el nombre de "Satanás" en la que narra este suceso. La película, homónima, se ha convertido en una de las mejores muestras del nuevo cine colombiano. El viejo seguía recordando y decía, sí, esa noche 3 de diciembre me salvé de morir. La señora seguía hablando del tipo que se había vuelto loco en La Plaza de las Nieves.

No le creía mucho a la señora, hasta que vi la noticia en los periódicos de hoy que narran la historia de un 'indigente', así, como se menciona a los sinhogar en Colombia, que había pedido una limosna a una señora en la plaza al frente de la iglesia. La señora se niega y se escandaliza, el 'indigente' se molesta pues la señora se niega a darle la 'liga'. Un joven policía, casi de mi edad, 26 o 27 años según el periódico que se lea, se acerca a imponer su presencia de orden en la escena. 'El 'indigente', presumiblemente borracho, desarma al policía y le dispara, luego asesina a la señora que le había negado la limosna y hiere a otra mujer que estaba en el lugar. Dispara al azar a la multitud que a diario pasa por ahí. Dirigió el cañón del arma hacia un embolador de zapatos que se encontraba sentado a sus pies, un embellecedor de calzado, un simple lustrabotas que horrorizado miraba la escena sin poder moverse, y el hombre enloquecido apretó el gatillo una, dos, tres, cuatro veces, pero con suerte para el embolador ya había agotado sus balas. Leo que ambas mujeres resultaron heridas y como no llegó una ambulancia llegaron por sus propios medios al centro de salud donde falleció Rosa María Cárdenas, quien era la señora del incidente de la limosna. Hoy pasé por la plaza que se encontraba acordonada por las cintas de "Peligro, No Pase" y unas cuantas vallas que separaban a decenas de familias -padre, madre y niñas con sacos rosaditos y cachetes rosaditos en patines o ciclas- de la escena del crímen. Mientras leía los periódicos me entero que al policía herido el disparo le afectó su columna vertebral y es muy probable que no sólo no pueda volver a caminar, sino que no pueda mover tan siquiera sus brazos.
(Foto arriba: Oscar Pérez para El Espectador en la nota del hecho acá)

Pensé en un episodio similar ocurrido hace unas semanas en esa esquina tan conocida de Japón, en Tokyo, cuando un conductor atropella sin razón a la multitud y se baja herido con un cuchillo en sus manos, atacando a quien se le cruzaba. Pero no, volvamos a empezar, estábamos en la primer planta del edificio a donde había ido a buscar al Chileno y esperaba a uno de sus socios para poder encontrarlo. De ahí salí y lo busqué donde Doña Ceci, un bar de mala muerte con tequila a 2.000 pesos que es tal vez el mejor bar de toda la zona. Ahí me encontré con antiguos compañeros de trabajo, pero me tuve que despedir temprano para encontrarme con mis dos jefes. Esa noche vi el más grande horror de todos, una fotografía que me dejó llorando en la noche. Pero todo había empezado antes, perdonen las disgresiones temporales, este ir y venir, este río de la muerte que es el tiempo. Tal vez todo esto empezó para mí con un anuncio, hace unos 15 días, en medio de una discusión sencilla e irrelevante sobre el mal en la literatura. El tema central era un pregunta y una crítica, la pregunta era si existía ese mal, esa violencia gratuita que aparece en algunas obras literarias o cinematográficas. Para muchos la violencia gratuita era injustificada, si la muerte no le aportaba a la historia que se quiere narrar entonces no debe ir en la obra. Yo no estaba muy de acuerdo, creo que la violencia en el ser humano es algo que escapa a la norma de la razón, a las estructuras, mucho más a las estructuras que desde un relato de ficción se pueden mencionar, no hay banalidad en el mal verdadero, así sea innecesario. Hitchcok creo que se refería al terro como una acumulación matemática. La crítica era sobre la banalización del mal. Al terminar la discusión nos fuimos de fiesta hasta el otro día. Era un poco antes del amanecer cuando empezaron las lágrimas y apareció el mal en forma de relato, fue horrible y son cosas personales que es mejor dejar en ese amanecer. Esa fue la primera vez de los últimos días que lloré, vendrían algunas más, la última fue anoche.

Seguí obsesionado con el tema, escuchaba cada vez más a Nick Cave and the bad seeds y encontré una noticia extraña en el diario El País de España. Comentaba como si fuera una nota judicial un evento acaecido entre las ciudades de Winnipeg y Edmonton, en el muy tranquilo Canadá. Un grupo de 37 personas hacía un trayecto entre las dos ciudades y el bus recogió a un pasajero. El hombre era un tipo de 40 años, normal, como cualquiera. En algún momento, declaró uno de los testigos, se levantó de su asiento y caminó hasta la última fila del bus en donde dormía un hombre en su asiento mientras escuchaba música en su reproductor personal (¿un Ipod?). Los pasajeros escucharon un grito y observaron cómo el pasajero era apuñalado por este tipo normal. Usaba un cuchillo de supervivencia, como el cuchillo de Rambo decían todos horas después. Recordé que la primera película de Rambo es una obra maestra del terror sobre un excombatiente en Vietnam (sí, por encima de lo que digan los críticos moralistas o los críticos intelectuales de cine, creo que "Rambo I" es una de las grandes películas de esa década), sobre su exclusión social, y al escribir este post pienso también en Campo Elías Delgado, el colombiano excombatiente de Vietnam, y su masacre de Pozzeto, a quien no puedo evitar compararlo como el Rambo colombiano. Este Rambo canadiense no parecía darse cuenta de que el mundo a su alrededor giraba entre gritos, llantos y exclamaciones. El seguía acuchillando a su víctima (fueron más de 60 cuchilladas diría después la policía). El bus frenó en seco, los pasajeros aterrorizados se bajaban y un camionero que pasaba se detuvo al ver ese inusual comportamiento de un grupo de personas que uno no espera ver correr en una fría carretera canadiense. El conductor y algunos pasajeros, últimos en bajarse, veían como la sangre cubría todo el panorámico trasero mientras el hombre, sin mover un músculo de su rostro empezaba a sacar las entrañas a su víctima. Se bajaron horrorizados y el condcutor selló las puertas del bus. El camionero ya se había acercado; lo imagino como un buen camionero norteamericano, de camisa leñadora roja y gorra de algún equipo de beisbol, con algún arma en la mano, que me gustaría imaginar como una buena cruceta. El camionero y el conductor del bus se arman como pueden, y cuando suben al bus por la puerta delantera observan que el hombre del fondo está terminando de cercenar la cabeza de su víctima, a la que ya le ha sacado sus entrañas. El conductor y el camionero se bajan para dejar cerrada la puerta hasta la llegada de la policía. Cuando llegan los agentes y abren la puerta el hombre se acerca hacia ellos muy tranquilo, caminando con la cabeza cortada en sus manos, como si fuera una suerte de ofrenda. Uno de los testigos dijo que parecía un robot.

Intenté escapar a esto con la literatura, había leído una muy buena reseña en Babelia sobre un autor de culto en Francia llamado Frédéric Beigbeder, y curiosamente en esas baratas de Anagrama que había en toda la ciudad encontré uno de sus libros a un módico precio. El libro se llama Windows on the World. Era un coro a dos voces entre su personaje y el autor, sólo que el autor le hablaba a su personaje y lo construía años después, y el personaje había llevado de paseo a sus hijos a Nueva York el 11 de septiembre de 2001, empezando por desayunar en el restaurante más alto de la ciudad, el Windows on the World, en la cima de una de las torres gémelas. "El infierno dura una hora y cuarenta y cinco minutos, este libro también", decía en uno de sus capítulos Beigbeder. Así seguí viendo el infierno, lo veía en un video de la antigua banda de Nick Cave, que se llamaba Birthday Parthy, en la que Nick se muestra en su propia versión de El Bosco, y aparece desde el principio con el torso desnudo bajo una carpa de circo, y en su piel, sobre sus costillas, se puede leer la palabra Hell.



Era demasiado, así que tenía que trabajar, perdonen las disgresiones de tiempo, ese río de la muerte que es el tiempo, lleno de instantes como cadáveres bajo su cauce, muertos que los chulos de las culpas, el remordimiento y la nostalgia devoran incesantes. Tenía que trabajar, decía, y al salir de donde Doña Ceci me encontré con mis jefes y esa noche vi el horror, más poderoso que la fotografía de Kevin Carter, seguro que la conocen, ganó un Pulitzer y dio la vuelta al mundo, es patrimonio de la humanidad esa foto, no hay ser humano que no la conozca. Kevin ganó el Pulitzer con la fotografía y no soportó haberla tomado, la culpa lo atormentó y un corto tiempo después del premio se suicida por esa foto, mezclada a la muerte de uno de sus amigos del Club del Bang Bang. Kevin era un fotógrafo muy duro, era miembro del llamado Club del Bag Bang, un grupo de fotógrafos y corresponsales extranjeros que se hizo famoso por ir siempre en dirección al sonido del bang bang. Seguro la recuerdan, una niña muere en una hambruna en África y un buitre espera para extender sus alas detrás de ella.


Algo así fue lo que vi esa noche. Recuerdo la calavera sobre la carne, el hueso asomándose. Lloré. No la puedo borrar de mi cabeza, los buitres, los chulos son una gran compañía en el río del tiempo. Después de escribir este post lleno de sangre no puedo describir lo que vi, no puedo. La mayoría de las muertes que relaté corresponden a la vida cotidiana, aún el suicidio de Carter dos meses después de su momento de gloria con el Pulitzer hace parte de la vida cotidiana. En eso Mario Mendoza se ha vuelto experto, pero las muertes que vi esa noche eran planificadas, no eran un evento extraordinario sino normal, de todos los días pero planeadas en nombre de bienes superiores como La Patria o el Dinero, o la sagrada Propiedad. Entonces es otra forma de vida cotidiana, una vida cotidiana paralela a la vida cotidiana, un mal distinto, una sevicia sin comparación. Tal vez un amigo lo pueda describir mejor, y espero me perdone por mostrar esto, pero aún recuerdo que el me dio su autorización para enseñar lo que aquí sigue:

MEDITACIONES DE UN CADÁVER

Luis Alfonso Argüello

Hay más muertos,

¡Dios mío!

No saben lo que hacen


No más cuerpos en la orilla de la quebrada

No más cuerpos olorosos a carne manida

No más cuerpos con las moscas zumbando

¡No más muertos!

¡No más!


Los helicópteros pasan justo encima del techo

El viento, las hojas de zinc

Y las ramas del mango

Y las latas del portón

¡Todo se estremece!


Hay más esqueletos inmundos

Con la podredumbre en las costillas arropadas con rastrojo

Y la tortura en el cráneo como las espinas del vencido



Qué solos quedan los potreros

No saben lo que hacen

Qué solas quedan las casas

No saben lo que hacen

Qué solos quedan los solares

No saben lo que hacen

Qué solo queda el caserío

No saben lo que hacen


Con los beneficios de la medianoche

una raza tremenda de lo inhumana arrastra con el aliento

abusa con el verbo y la memoria de los vivos, vivos hasta ayer

alimenta de carroña la llanura borrosa y fría


¡No más animas!

¡No más animas de cadáveres sin los santos óleos!

¡No más animas recorriendo los solares a medianoche!


¿Para qué ser un hombre a la espera continua de miseria?

Un sorbo al pocillo en la madrugada no espanta al enviado especial de la muerte


¡Hasta cuándo!

¡Hasta cuándo nos seguirán matando!

Si tan sólo dijeran el por qué de tantos muertos

Un por qué de morir, eso

aunque un sin por qué no evita morir


Para quién desea ver el sol otra vez lo más sombrío es ver cruzar el portón al enviado especial de la muerte



Es noviembre de un año inmemorial

Es un año inmemorial de aflicción, duelo

y cuerpos sin sepultura


Y yo, fantasma entre fosas sin los santos óleos

Con recuerdos marchitos y arrastrados por el polvo

Yo, con el vapor del pocillo que cubre

los ojos hundidos en el cráneo,

yo, quien no tiene lágrimas y con la vida en el polvo

digo de parte de un corazón ya engusanado


¡Ya no más cadáveres mutilados!

Y llenos de moscas

Y olorosos a carne manida

Y abandonados a la orilla de la quebrada

¡Ya no más!



Dice la Biblia:

Todo lo nacido de origen en la carne acaba en el polvo

Y los ladridos del perro son un encuentro

Un encuentro entre el cielo y la tierra:

Un ladrido del viento loco

Y una mordida de la tierra reseca



Oigan ladrar los perros

Mala cosa

Si los perros ladran es que hay gente rara en los potreros


La leña humeante penetra la guadua en el techo

Se diría que sostiene el techo

Trance entre lo inmaterial y lo inhumano


Oigan ladrar los perros

Mala cosa

Si los perros ladran es que hay gente rara en el callejón


El tizne

Los tendones como fibras rasgándose

El rojo del vino aunque salobre, sin el aroma del vino

El pocillo manchado confirma su uso pasado

Y la piel en tirones refresca el secreto humano del egoísmo

Y los coágulos esparcen el perfume de la bestia



Oigan ladrar los perros

Mala cosa

Si los perros ladran es que hay gente rara en los solares


No más fosas llenas de calaveras

No más fosas de calaveras envueltas en trapos

No más calaveras amarradas con alambre de púa

No más fosas llenas de calaveras



La mancha negra del guácimo al otro lado de la cerca

Y las lucecitas como cocuyos acosando la oscuridad

Y las explosiones, yo diría cerca de la charca del güío

Y La neblina en el guadual, digna de mortaja fúnebre



Desde el butaco veo la madrugada de un año inmemorial

Así veo la experiencia perdida del sereno que vuelve ciego y sordo el corazón del enviado especial de la muerte

Así veo el corazón de la noche, volcánico

afiebrado, delincuente

corazón poseído por el misterio de fosas sin sepultura



La madrugada avanza

Trajeada con falda de brisa y blusa de conspiración

Pues si vienen por mí, otra vez…

Ya no pueden matar un alma en pena


Un alma en pena, un alma en pena, un alma en pena


Tiempo atrás en lucha y calma con la carne

Yo era un cuerpo memorial antes

Yo era un cuerpo afligido

Fui carne podrida

Fui un cuerpo herido

Fui un cuerpo desmembrado

Deshilachado por picotazos

de aves negras

Molido de huesos por perros hambrientos


Esto que pienso ahora, meditaciones las llama el autor,

esto que creo es por los muertos del caserío: son los muertos de una guerra que no era nuestra guerra

Nacimos en medio de la guerra

y crecimos con los olores y sonido de las balas

Por la ideología de unos con deseos de poder

Por el pedazo de tierra anhelado por otros

Por el odio de un hijo, vengando con la muerte

de diez más su pérdida y odio


Tiempos duros estos

Y crueles

Y de sangre

Y de viudas

Y de huérfanos

Y de hambrientos

Tiempos duros estos

Los helicópteros pasan justo encima del techo

El viento, las hojas de zinc

Y las ramas del mango

Y las latas del portón

¡Todo se estremece!



A las 4:30 A.M.

Hora de enjalmar el burro

Hora de ordeñar

Hora de cargar las cantinas

Hora de andar las veredas

Hora de otro tinto donde Remigio


Polvo somos

Y en polvo terminé



En la tienda ya no fían

No hay tendero

Y no hay qué fiar

(Maryuri un día no abrió la tienda

Al otro no amaneció)

Y no hay partidas de dominó

con Deyanira exhibiendo sus dotes inclinada en el mostrador

Y Roque al tanto de la jugada


Ya no se sabe quién es el que mata

La violencia esta aquí

En la cantina

En la escuela

En la tienda

En la gallera

En el parque

En la falda del cerro


Fíjense nomás

La maestra un día no amaneció

Y no se escuchan más las vocales en la mañana

Ni el Himno Nacional al mediodía


Y el garitero ya no pone bolas de billar en las mesas

El paño acumula moho y humedad



Los helicópteros pasan justo encima del techo

El viento, las hojas de zinc

Y las ramas del mango

Y las latas del portón

¡Todo se estremece!


En estos tiempos tan duros


Tiempos duros, tiempos duros, tiempos duros


Ya no se puede tener un pedazo de tierra

O hablar del gobierno

O tener una gallina de más

O tener unos billetes de sobra, si es que hay


Si dicen que somos culpables, somos culpables

Y no hay quien nos desmienta

Ni nos reconozca

Ni nos defienda

Ni nos dé confianza

¡Muchos menos que nos recuerde!

Se olvidan tan rápido de los muertos

Nos olvidan tan rápido

Ni una tumba hay de recordatorio

No hay tumbas que visitar.



Tantos muertos a la orilla de la quebrada

Tantos muertos sin sepultura

Tantos muertos sin dolientes

No hay tumbas para recordar



El silencio detuvo su recorrido salpicando de groserías y sangre

el amanecer

con voces del lado de la cerca

Voces con el sigilo del gato montés

Voces de la bestia carnívora

Voces sin sombra y de una región dormida

Voces sin contacto con la madrugada


Un gallo canta en el solar de Martiniano

Sí, viene del solar de Martiniano

Es el cenizo del picotazo seco

Ganador siempre

Gallo atrevido y confiable


El bramido de una vaca arrea la brizna en el potrero de Eutiquio González

Sí, es la vaca pintona de Eutiquio

Da gusto ver esa pintona con las trece botellas al día



Por donde quiera que pase

el enviado especial de la muerte deja intacto el miedo de todos al nacer: El miedo a morir sin ver otro día

Y no da tregua el miedo en cada quien

Desde la oscuridad llega la persecución con el poder y la voluntad de matar

Y el mundo bello

La calma

Los beneficios de días soleados

Mueren con el morir de los ojos:

El calor y el color de los ojos mueren con los gusanos

He visto con ritmo pausado, pestilente y húmedo la carnaza de la muerte al ritmo de los gusanos, ciempiés y escarabajos…


Ya no hay jornaleros para coger el algodón

Ya no hay lavanderas en la quebrada

Ya no hay señoras para hacer de comer

Ya no hay tendera en el pueblo

Ya no hay maestra en la escuela


Hay más cuerpos engusanados

Llenos de moscas

Olorosos a carne manida


¡No más cadáveres devorados por los perros!

¡No más disputas entre perros y cerdos por una mano huesuda!

¡No más!


Hay más esqueletos inmundos

Con la podredumbre en las costillas arropadas con rastrojo

Y la tortura en el cráneo como las espinas del vencido


¡Hasta cuando tenemos que llorar!

¡Hasta cuando tenemos que callar!

¡Hasta cuando tenemos que agachar la cabeza!

¡Hasta cuando tenemos que tragar entero el miedo!

¡Hasta cuando!



Hay más muertos,

¡Dios mío!

No saben lo que hacen


No más cuerpos en la orilla de la quebrada

No más cuerpos olorosos a carne manida

No más cuerpos con las moscas zumbando

¡No más muertos!

¡No más!




miércoles, julio 23, 2008

No pussy blues

El padre, el hijo y el espíritu santo. Así, en minúsculas porque ésta es otra trinidad que suelo escuchar. Los tiempos oscuros aún están ahí. El padre es Leonard Cohen, el hijo es Nick Cave y el espíritu es Tom Waits. Hacía un tiempo que no los escuchaba, a excepción de Leonard Cohen de quien además acabó de leer su poesía reunida en el Libro del anhelo y a Tom Waits por navidad, cuando el día de hoy me entero gracias a mi nueva adicción a lastfm que Nick Cave había sacado un lado B de su antigua banda Nick Cave and the bad seeds. Siempre me gustó Nick Cave porque era simplemente 'a bad motherfucker'. Muchas de sus presentaciones, aún las que hacía con PJ Harvey podían aterrarme. Sus letras, como las de Murder Ballads, eran oscuras. Pero su nuevo proyecto, Grinderman, el cual no conocía, me ha dejado perplejo con esta canción mucho más rockera, como en sus primeros tiempos, que es acompañada de un video que tiene un cuadro de escena, tan solo un segundo, muy siniestro, y que los invito a descubrir, algo así como encuentre las diferencias en el cuadro del infierno.






Nick Cave, a bad motherfucker