viernes, diciembre 12, 2008

TIRTEO

Foto: Alexandros M
Vía: Helena

Contra la Antinomia!!!!!!!!!
Arriba Tirteo!!!!!

En la memoria Alexandros Grigoropoulus!!!!

En la memoria Nicolás Neira!!!! En la memoria Johnny Silva!!!!

Con un rojo corazón de león en el pecho!!!!Enlace

Days of rage

Hay dudas de que el poeta y soldado Tirteo naciera en tierras lacedemonias, pero sin lugar a dudas su corazón fue espartano, como el de los muchachos anarquistas que en Grecia pelean por cosas dichas cerca del siglo VII a.c por este poeta espartano:

....Así pues, oh jóvenes, luchad unidos y no déis la señal de la huida vergonzosa ni del miedo....

... Que cada hombre se plante firme, arraigado al terreno con ambos pies, se muerda los labios y aguante....

....Es un bien común para la ciudad y el pueblo todo el que un guerrero, con las piernas bien abiertas, se mantenga firme en la vanguardia sin cansancio, se olvide enteramente de la huida vergonzosa, exponiendo su vida y su corazón sufridor, y enardezca con sus palabras,....





sábado, noviembre 29, 2008

The Secret Goldfish: "Are you out of your fucking misery, yet?"

No os lo vais a creer, pero ayer por la noche, a eso de las cuatro de la mañana, vi en la tele una película que era mi biografía o mi autobiografía o un resumen de mis días en el puto planeta Tierra. Me cago en la hostia santa, el susto que me dio casi hizo que me cayera del sillón.
Roberto Bolaño, El hijo del coronel

"Are you out of your fucking misery, yet?". Esa es la última frase que se escucha en el corto I Love Sarah Jane. Un niño va en su bicicleta; en la espalda carga un arco con varias flechas. Las calles están vacías. Hay rezagos de incendios y luchas callejeras. Si se detiene la imagen al paso del niño se ve el vecindario; en una de las puertas semiabiertas hay una leyenda que dice: God is dead. Dios está muerto, y sólo el primer amor nunca muere. El pez, el pez secreto, al ser arrancado del agua - piénsenlo un momento, está asustado, no puede respirar - y luego devuelto a ella, ¿qué sentirá? ¿Felicidad? ¿Rabia con el pescador? ¿Confusión y olvido?. En uno de esos tiernos diálogos con la joven guardia, Helena me hablaba de una película de terror que se vivía a diario, una pesadilla en el parque de atracciones. La siguiente película es un corto (sólo 11 minutos) que parece de zombies, y tiene zombies y sangre y gore y humo y explosiones, pero también tiene esa escena maravillosa en que el niño dice que aún se pone triste algunas veces cuando piensa en esos peces. Sólo el primer amor nunca muere: I Love Sarah Jane.





Sarah Jane: What?! (Angry)

Jimbo: Do you have wonder, what a fish feels when it`s caught and get`s turn back into the water, like it’s he really angry at the guy that just (rend his mouth out?) with a hook o is he confuse, o that is just like forget all thing ever happen, like 5 seconds, I don’t know?

Sarah Jane: Do you have somewhere else to be, with your family or something?

Jimbo: No, they go.

Sarah Jane: Where?

Jimbo: They are all dead.

Sarah Jane: … … … Sorry.

Jimbo: That’s o.k. I get sad sometimes too when I think about fish.


Y para rematar los dejo con este extracto del cuento El Hijo del Coronel de Roberto Bolaño tomado del blog de Portnoy:

(…) os prometo que hacía tiempo que no veía una peli verdaderamente democrática, es decir verdaderamente revolucionaria, no lo digo porque la película en sí revolucionara nada, ni de lejos, más bien estaba pobrecita, llena de tics, llena de lugares comunes, de prejuicios y personajes caricaturescos, pero al mismo tiempo cada fotograma respiraba y exhalaba un aire de revolución, digamos un aire en el que se intuía la revolución, no la revolución completa, para que me entendáis, sino un troza más bien minúsculo, microscópico de la revolución, como si vierais, por ejemplo, Parque Jurásico y no apareciera ningún dinosaurio por ninguna parte, vaya, como si en Parque Jurásico nadie mencionara ni una sola vez al jodido reptil, pero la presencia de éstos fuera omnipresente e insoportable.

¿Os vais haciendo una idea? Yo nunca he leído ni una sola obra del Teatro de cámara proletario de Oswaldo Lamborghini, pero os puedo asegurar que al masoca de Lamborghini no le hubiera disgustado ver una noche a las tres o a las cuatro de la mañana El hijo del coronel. ¿De qué iba la peli? Bueno, no os pongáis a reír, iba de zombis. Sí, sí , más o menos como las pelis de George Romero, sin duda, en cierto modo, un homenaje a George Romero y a sus dos grandes películas de zombis. Pero el trasfondo político de Romero es Karl Marx, mientras el trasfondo político de la película de anoche era Arthur Rimbaud y Alfred Jarry. Pura locura francesa.
No os riáis. Romero es claro y trágico: habla de colectivos que se hunden en el pantano y habla de supervivientes (…)


The Secret Goldfish y Macy's

miércoles, noviembre 26, 2008

The Secret Goldfish y J.D. Salinger

"If you really want to hear about it, the first thing you'll probably want to know is where I was born, an what my lousy childhood was like, and how my parents were occupied and all before they had me, and all that David Copperfield kind of crap, but I don't feel like going into it, if you want to know the truth. In the first place, that stuff bores me, and in the second place, my parents would have about two hemorrhages apiece if I told anything pretty personal about them. They're quite touchy about anything like that, especially my father. They're nice and all--I'm not saying that--but they're also touchy as hell. Besides, I'm not going to tell you my whole goddam autobiography or anything. I'll just tell you about this madman stuff that happened to me around last Christmas just before I got pretty run-down and had to come out here and take it easy. I mean that's all I told D.B. about, and he's my brother and all. He's in Hollywood. That isn't too far from this crumby place, and he comes over and visits me practically every week end. He's going to drive me home when I go home next month maybe. He just got a Jaguar. One of those little English jobs that can do around two hundred miles an hour. It cost him damn near four thousand bucks. He's got a lot of dough, now. He didn't use to. He used to be just a regular writer, when he was home. He wrote this terrific book of short stories, The Secret Goldfish, in case you never heard of him. The best one in it was "The Secret Goldfish." It was about this little kid that wouldn't let anybody look at his goldfish because he'd bought it with his own money. It killed me. Now he's out in Hollywood, D.B., being a prostitute. If there's one thing I hate, it's the movies. Don't even mention them to me".

THE CATCHER IN THE RYE


J.D. Salinger.

lunes, octubre 20, 2008

Cienfue

Recién llego al apartamento, enciendo el televisor y justo está sintonizado en MTV. Es ruido blanco, no hago nada por cambiarlo cuando mis sentidos oyen una frase. No, no puede ser, estoy cansado, me apresuro entonces a escuchar. En verdad la frase que resuena en MTV es 'somos terroristas'. me siento y fijo mi atención en las imágenes, un par de capuchos cantan 'somos terroristas' y se aprecian elementos populares en el video clip. Los capuchos siguen cantando. Al final leo el nombre del grupo: Cienfue. La canción se llama 'Terroristas tercermundistas'. Ya la añadí a mi Youtube. Ahora sólo espero que Gina Parody corra a llevar ante el congreso semejante muestra de apología al terrorismo y que Uribe termine por romper relaciones con Panamá, por aquello de que el grupo es panameño. Es más, creo que si Gina buscara bien en las universidades encontraría un número indefinido de revoltosos que escuchan a Cienfue. Las universidades públicas serían cerradas y en las privadas se prohibiría el Ipod. En algunos años futuros, años de SciFi, cuando Gina sea Ministra de Defensa y José Obdulio presidente, yo probablemente me rebelaría al escuchar en alguna discoteca un remix del himno nacional cantado por Juanes, sería delatado y hombres dependientes de Gina buscarían en mi casa y en mi cuenta de Youtube, se darían cuenta que yo también he escuchado a Cienfue y a Def Con Dos. Esa misma noche me llevarían por el recién inaugurado Túnel de La Línea a un campo de reeducación cualquiera, probablemente al campo Tomás y Jerónimo II, dirigido por el pensamiento uribista de José Obdulio. *tachado* En una versión anterior de la entrada intentaba dejar testimonio de otra agrupación políticamente incorrecta pero desde la derecha, pero al ver hoy la persecución del statu quo a Petro y las agresiones al movimiento indígena prefiero quitarla. Seguiré cantando "somos terroristas", así reciba madrazos al blog, y así me caiga medio planeta defenderé las palabras de Ingrid Betancourt, es con los terroristas con los que se tiene que negociar, no es posible negociar con otros, sólo el principio del adversario es el fundante de la democracia real, esa democracia agonística.


De lado anticapitalista: Cienfue- Somos Terroristas

domingo, octubre 05, 2008

Треблинский ад


El Infierno de Treblinka (Треблинский ад). Eso debieron sentir las víctimas del jefe paramilitar alias El Iguano cuando sabían que iban a ser cremadas en las fincas de los señores de la guerra. Estos campos de concentración a la colombiana, a pesar de que no tenían nombres tan sofisticados como en Treblinka o Dachau, funcionaban con un instrumento parecido: el horno. Los hornos de la fotografía de arriba son los de Dachau, no quiero imaginarme cómo serían los hornos de la finca Patolandia. El Infierno de Treblinka, ese es el título de uno de los más grandes reportajes en prensa de la historia de la humanidad. Su autor quería que todos los seres humanos conocieran ese tema para que JAMÁS se volviera a repetir. Ese fue el primer informe conocido de un campo de concentración. El reportero se llamaba Vassili Grossman. Aún pienso en la sensación del autor al momento de la creación de ese reportaje. Imagino a Grossman sentado en el borde de un tanque de guerra ruso, entrando en territorios ocupados por los nazis, al lado de muchachos llamados Ivanov. Se acercan a Treblinka y lo primero que sienten es un olor. No es una peste, pero se esparce por toda la región como si lo fuera. Huele a ceniza y miedo. Pocos años después se utlizó otra palabra para describirlo: el aliento. En su novela, Vida y Destino, que le costó la persecución de Stalin, a quien también le dolía un discurso que servía tanto para Auschwitz como a los Gulag, Grossman escribía, para abrir su relato de no ficción, estos dos primeros párrafos:
" La niebla cubría la tierra. La luz de los faros de los automóviles reverberaba sobre la línea de alta tensión que bordeaba la carretera.
No había llovido, pero al amanecer la humedad había calado en la tierra y, cuando el semáforo indicó prohibido, una vaga mancha rojiza apareció sobre el asfalto mojado. El aliento del campo de concentración se percibía a muchos kilómetros de distancia: los cables del tendido eléctrico, las carreteras, las vías férreas, todo confluía en dirección a él, cada vez con mayor densidad. Era un espacio repleto de líneas rectas; un espacio de rectángulos y paralelogramos que resquebrajaba el cielo otoñal, la tierra, la niebla".
Al saber hoy de la declaración de El Iguano, me pregunté si los vecinos habrán sentido el aliento de esta bestia. Fueron más de 100 los cuerpos quemados en uno de los hornos, en el otro no se sabe la cuenta. El aliento de Patolandia debería haber cubierto los kilómetros suficientes para hacer despertar al país del ensueño de seguridad democrática. El aliento del campo. La idea de Grossman, por lo menos en Colombia, fracasó: "El ex jefe paramilitar Jorge Iván Laverde, alias “El Iguano” le dijo a un fiscal de justicia y paz de Medellín que en hornos de barro en zona rural de los corregimientos de Juan Frío y Banco de Arenas, a 30 km de Cúcuta, miembros del bloque Frontera de las AUC incineraron a más de 100 personas. Así lo reveló el diario la Opinión de Cúcuta. “En esos dos sitios incineramos a más de 100 cadáveres para evitar que fueran encontrados” Según reveló el Iguano, el primer horno fue mandado a construir en 2001 y dos años después el otro. “En el 2003, le dí la orden a otro comandante que construyera el segundo horno. Este lo hicieron en una finca que llamaban Patolandia. Allí incineramos otro sinnúmero de personas”. El “Iguano” también dijo que para la época los comandantes de la zona hacían desaparecer a las víctimas y las llevaban al corregimiento de Juan Frío y luego de asesinarlas las echaban a los hornos… “Si llegaban a encontrarlos se hubiera formado un escándalo afectando nuestra imagen”. Uno de esos hornos fue ubicado por Noticias Uno. Los habitantes de la zona confirmaron las afirmaciones del cabecilla paramilitar".

Y bueno, preguntarán ustedes, por qué traigo a colación una palabreja rusa. Pues para quienes entiendan un poco de la importancia de la memoria, aquí dejo el valor moral, histórico y humano de este trabajo periodístico, escrito por Vassili Grossman, un reportero y escritor, quien al momento de la Segunda Guerra Mundial se desempeñaba como reportero del diario Estrella Roja de Moscú (por eso la frase final del párrafo que sige). Una de las partes que más impacta del reportaje es cuando Grossman abandona la tercera persona y la descripción pura, para mostrarnos su desespero después que decide quedarse a contar esta historia y se encuentra solo en una habitación, con cientos de entrevistas encima de su mesa, y dice:
"Si se hace infinitamente duro leer esto, el lector debe creerme que también es infinitamente difícil escribirlo. Alguien puede preguntar: “¿Y por qué escribir sobre esto, por qué recordarlo?”. Es el deber del escritor contar esa terrible verdad y el deber civil del lector es conocerla. Quien mirara hacia otro lado, quien cerrara los ojos sin querer saber nada insultaría la memoria de los muertos. Quien no conozca la verdad sobre los campos de exterminio no podrá entender con qué tipo de enemigo, con qué tipo de monstruo tuvo que mantener su combate mortal el Ejército Rojo".
Es una lástima no tener una copia digital completa de esta obra, sólo hay versiones completas en ruso y francés, pero el libro, que fue editado por el Comité Judío Antifascista sí circuló en muchos lugares del país. En la revista Arcadia han dejado parte de este extenso reportaje:

"A los que llegaban del gueto de Varsovia les esperaban terribles tormentos. Las mujeres y los niños eran separados de la multitud y conducidos a los lugares donde ardían los cadáveres, en lugar de ir a la cámara de gas. Las madres enloquecidas de terror eran obligadas a pasar con sus hijos entre los ardientes hornos sobre los que miles de muertos se retorcían entre las llamas y el humo, con contorsiones y sacudidas como si hubieran vuelto a la vida, mientras los vientres de las embarazadas muertas estallaban por el calor y sus hijos nonatos ardían en los úteros abiertos de sus madres. Esta visión podía volver loca hasta a la persona más equilibrada.
Si se hace infinitamente duro leer esto, el lector debe creerme que también es infinitamente difícil escribirlo. Alguien puede preguntar: “¿Y por qué escribir sobre esto, por qué recordarlo?”. Es el deber del escritor contar esa terrible verdad y el deber civil del lector es conocerla. Quien mirara hacia otro lado, quien cerrara los ojos sin querer saber nada insultaría la memoria de los muertos. Quien no conozca la verdad sobre los campos de exterminio no podrá entender con qué tipo de enemigo, con qué tipo de monstruo tuvo que mantener su combate mortal el Ejército Rojo.
Los hombres de las SS comenzaron a aburrirse en Treblinka. La procesión de la gente condenada a las cámaras de gas había dejado de excitarles; se convirtió en una rutina. Cuando comenzó la quema de cadáveres pasaban horas junto a las “tostadoras”; el nuevo espectáculo les divertía. El experto que había llegado de Alemania caminaba junto a los hornos de la mañana a la noche, siempre excitado y comunicativo. La gente dice que nadie lo vio ceñudo ni tan siquiera serio, que la sonrisa nunca le abandonaba. Cuando los cuerpos caían sobre las barras del horno, acostumbraba a decir de ellos: “Inocente, inocente.” Ésa era su frase favorita.
A veces los hombres de las SS organizaban una especie de picnic junto a los hornos: se sentaban allí a barlovento, bebían vino, comían y miraban las llamas. También se reorganizaron los “servicios de sanitarios”. Se excavó una fosa circular con una parrilla en el fondo, sobre la que ardían los cadáveres. Hicieron pequeños bancos en torno a ella, como si fuera un estadio, tan cerca del borde que los que se sentaban allí quedaban justo sobre la fosa. Llevaban allí a los enfermos y los ancianos más débiles, y los «ayudantes médicos» les hacían sentarse en los bancos frente a la hoguera de cuerpos humanos. Cuando se aburrían de esa visión, aquellos salvajes disparaban a las cabezas canosas y las espaldas encorvadas de la gente allí sentada, de forma que los muertos y los heridos caían directamente al fuego.
Nunca nos ha gustado mucho el tosco humor alemán, pero es difícil que ningún ser humano sobre este planeta pudiera imaginar el humor de los SS en Treblinka, cómo se divertían y qué bromas hacían. Organizaban partidos de fútbol, un coro y bailes para los condenados... Había incluso un himno especial, “Treblinka”, escrito para ellos, que incluía las siguientes palabras: Für uns gibt heute nur Treblinka / Die unser Schiksal ist…*
La gente a la que se le escapaba la vida por sus heridas era obligada a aprender ciertas canciones sentimentales alemanas unos minutos antes de morir: Ich bruch das Blumelein / und schenkte es dem schönstegeliebste Madelein…**
El comandante en jefe del campo seleccionó a varios niños de uno de los envíos, mató a sus padres, vistió a los niños con las mejores ropas, les dio montones de dulces, jugó con ellos, y pocos días después dio órdenes de matarlos cuando se aburrió de ese juego. Una de las principales diversiones eran las violaciones nocturnas y la tortura de las jóvenes más hermosas, seleccionadas de cada transporte de prisioneros. Por la mañana los propios violadores las llevaban a la cámara de gas.
Todos los testigos recuerdan un rasgo característico que tenían en común los SS de Treblinka: les gustaban las construcciones teóricas y la filosofía. Todos ellos pronunciaban grandes discursos frente a los prisioneros, en los que se vanagloriaban y explicaban la gran importancia para el futuro de lo que se estaba haciendo allí. Todos ellos estaban profunda y sinceramente convencidos de la importancia y la justicia de su obra".

Leí este reportaje completo hará un año y medio o dos años, justo cuando una amiga recién llegaba de un viaje a Munich. En el reportaje se detallaba un aspecto particular del campo, en particular el de Treblinka y que ese día vi repetido en el de Dachau. En ambos había un camino rodeado de flores que llevaba a la fosa común. Uno de los testimonios que recogió Grossman en Treblinka relataba cómo algunos judíos intentaban rebelarse en este trayecto. Pese a ir desnudos, se presentaron casos como el de una joven, casi una niña, que logró arrebatar una metralleta de uno de los guardias y disparar antes de caer asesinada. El corredor era hermoso, con árboles y flores a su lado. Mi amiga visitó Dachau, lo recorrió como un museo hasta que llegó a los hornos. No aguantó más y salió de ahí; afuera encontró un hermoso camino rodeado de árboles y flores que siguió, me contó antes de entrar a ver una película. En otro testimonio, recogido por Grossman, sobrevivientes escucharon que un joven judío recién llegado fue desnudado junto a sus compañeros, caminó por el hermoso, tranquilo, bello, pulcor, primoroso y soberbio sendero, y justo antes de llegar logra sacar una granada que llevaba camuflada, para morir como un radical del Islam, haciendo explotar su cuerpo junto al de algunos guardias. Pienso en el tamaño de las granadas de la Segunda Guerra. Mi amiga me siguió contando que caminó por ese sendero, no entendía muy bien los letreros en alemán y estaba mareada después de haber visto los hornos, caminó como autómata y de repente casi cae en una gran zanja que se ubicaba al final del sendero. No necesitaba leer ningún letrero para entender la fotografía de cuerpos desnudos curtidos de cal, apilados en lo que antes era una fosa común. Casi vomito, me dijo. Yo cerré los ojos y pensé en la belleza del campo colombiano, las mariposas y el canto de algunos pájaros. Luego empezó una película cuyo nombre no recuerdo. Hoy cierro los ojos y me gustaría imaginar el color verde de Patolandia después de una lluvia, en la madrugada de algún invierno. Tengo ganas de vomitar.

viernes, octubre 03, 2008

Meurtrières


Meurtrières (Asesinas), road movie francesa que se presentó en el último festival de cine francés y es tan inevitable como Irreversible. Dejo aquí el link al trailer. Abajo pueden ver la primera escena de la película (que también es la final), que es mucho más impactante que el mismo trailer. La película está rotando en estas semanas por Cinemax.





martes, septiembre 30, 2008

eîdos - Metáforas de la crisis

La metáfora de la crisis de Wall Street en Franzen es del 2001, pero a veces las crisis no necesitan otra metáfora más que contemplar su pasado. Giorgio Agamben dice en uno de sus textos sobre la fotografía que ésta equivale al lugar del fin del mundo, en las imágenes que en ella se entreven están los gestos finales que tendrémos en el fin de los tiempos, en otras palabras responde la pregunta cristiana de qué imagen tendremos en el otro mundo ,¿la que teníamos al morir o cuando eramos niños, jóvenes e inmortales?. Orígenes decía que lo que renacería no sería el cuerpo sino la figura, su eîdos. En la siguiente fotografía tal vez esté la esencia, el eîdos del pueblo norteamericano después de la crisis, y será el mismo que apareció después de la crisis de 1929. la siguiente fotografía pertenece al año de 1932, cuando Norman Thomas era candidato socialista a la presidencia de Estados Unidos.

"Tengo para mí que existe una relación secreta entre gesto y fotografía. El poder del gesto de resumir y convocar órdenes enteros de potencias angélicas se constituye en el objeto fotográfico y tiene en la fotografía su locus, su hora tópica. Benjamin escribió una vez a propósito de Julian Green que él representa a sus personajes en un gesto cargado de destino, que los fija en la irrevocabilidad de un más allá infernal. Creo que el infierno del que se trata aquí es un infierno pagano y no cristiano. En el Hades, las sombras de los muertos repiten al infinito el mismo gesto: Ixión hace girar su rueda, las Danaides tratan inúltimente de llevar agua en un cántaro que tiene agujeros. Pero no se trata de un castigo, la sombras paganas no son las de los condenados. La eterna repetición es aquí la cifra de una apokatástasis, de la infinita recapitulación de una existencia".

Giorgio Agamben.

lunes, septiembre 29, 2008

St. Jude - Metáforas de la crisis

Y justo mientras la bolsa de Wall Street cae de la mano con la concepción del capitalismo actual, cuando la transmisión de CNN parece un escenario futurista en el que la voz en off de la noticia se superpone a una pantalla negra que, con números verdes que van aumentando en negativo, oculta que muy pronto la crisis golpeará a la economía 'real', leo este fragmento de la novela de Jonathan Franzen titulada Las Correcciones, publicada en ese año 2001, el cual está en su primer capítulo llamado St. Jude, el nombre de un barrio residencial y gerontocrático en el que conviven dos viejos esposos, Enid y Alfred:

"Todos los días de la semana, menos el domingo, llegaban kilos de correo por la rendija de la puerta, y ya que no estaba permitido que nada incidental se apilase en el sótano -porque la ficción de vivir en aquella casa era que nadie vivía en ella-, Enid se enfrentaba a un desafío táctico fundamental. No es que se tomase por una guerrillera, pero eso es lo que era, una guerrillera. Durante el día transportaba materiales de depósito, yendo muchas veces sólo un paso por delante del poder establecido. De noche, a la luz de un aplique precioso, pero poco potente, utilizando la mesa del desayuno, demasiado pequeña, cumplía con una diversidad de tareas: pagar facturas, cuadrar las cuentas, descifrar los apuntes de pagos compartidos de Medicare y tratar de comprender un amenazador Tercer Aviso de un laboratorio médico que le requería el pago inmediato de 0,22 dólares, pero adjuntando un blance de 0,00 dólares, con lo cual venía a indicar que no existía tal deuda, pero es que además tampoco daba ninguna dirección a la que pudiera remitirse el pago. Podía ocurrir que el Primer Aviso y el Segundo Aviso estuvieran en algún lugar del sótano; y, por culpa de las limitaciones con que Enid llevaba adelante su campaña, lo cierto era que apenas si alcanzaba a figurarse dónde podrían haber ido a parar, cualquier tarde, los otros dos avisos. si le daba por sospechar, por ejemplo, del armario del cuarto de estar, allí estaba el poder vigente, en la persona de Alfred, viendo un programa de reportajes, con la tele puesta al volumen suficiente para mantenerlo despierto, y con todas las luces del cuarto de estar encendidas, y había una nada despreciable probabilidad de que si ella abría la puerta del armario se deslizase una avalancha de catálogos, de revistas House Beautiful, y se derrumbasen diversos informes de la asesoría financiera de Merril Lynch, provocando la cólera de Alfred. También existía la posibilidad de que los avisos no estuvieran en el armario, porque el poder vigente hacía incursiones al azar en sus escondites, amenazando con 'tirarlo' todo si Enid no ponía orden en el asunto; pero ella estaba demasiado ocupada burlando las incursiones como para poner orden en nada, y en la sucesión de migraciones y deportaciones forzosas había ido perdiéndose toda apariencia de orden, de modo que en una bolsa cualquiera de los Almacenes Nordstrom oculta tras el volante del somier, con una de las asas de plástico semiarrancada, bien podía contenerse todo el patético desbarajuste de una existencia de refugiado: ejemplares no consecutivos de la revista Good Housekeeping, fotos en blanco y negro de Enid en los años cuarenta, recetas oscurecidas, escritas en papel de alto contenido ácido, uno de cuyos ingredientes era la lechuga reblandecida, ls últimas facturas del teléfono y del gas, un detallado Primer Aviso del laboratorio médico dando instrucciones a los abonados de que ignoraran toda factura por debajo de los cincuenta centavos que en adelante pudiera llegarles, una foto de Enid y Alfred, cortesía de los organizadores, en un crucero, cada uno con su collar hawaiano y bebiendo de un coco hueco, y el único ejemplar existente de las partidas de nacimiento de dos de sus hijos, por ejemplo".

lunes, septiembre 22, 2008

Del terror al silencio

Bueno, he estado muy pendiente de la estructura del reportaje en los últimos días y aún más atento he estado de aquellos reportajes que rompen las reglas como el que aquí sigue sobre la masacre de Bojayá, publicado en El Tiempo por cierto reportero español cuyo nombre no quiero recordar en este momento, y en el que el tradicional párrafo de gancho y nuez de la historia, el primero y el segundo respectivamente, se convierten en una sucesión de imágenes dignas de convertirse en la sinopsis literaria de alguna novela:

http://www.eltiempo.com/archivo/documento/MAM-3066133

Del Terror Al Silencio

Minelia sabía que no estaba bien eso de que cabezas y troncos yacieran separados. Hay ciertas cosas que no deben suceder.

Hasta en la muerte debería haber reglas. Tampoco consideraba Minelia que vivos y muertos debieran convivir revueltos entre vísceras y lluvia.

Por eso, Minelia gastó su tiempo entre las balas cruzadas de paramilitares y guerrilla en dos tareas urgentes. La primera, regalar sorbos de agua con sal a los que quedaron con aliento dentro del templo de Bellavista, cabecera del municipio de Bojayá (Chocó).

La segunda requería más pericia: poner junto a cada cuerpo yermo de las decenas de niños, que dejaron de serlo ese 2 de mayo de 2002, la cabeza de la que fueron separados cuando las Farc lanzaron dos pipetas que cayeron en la iglesia que protegía a 500 civiles.

Minelia es la loquita del pueblo, pero esa noche demostró tener más cordura y humanidad que cualquiera. Más, seguro, que el ‘Alemán’ –Freddy Rincón–, el jefe paramilitar del Boque Élmer Cárdenas que tomó este pueblo unos días antes de la tragedia y que dijo haber presenciado la batalla desde el aire, “con binoculares”. El ‘Alemán’, en versión libre, dentro de la denominada Ley de Justicia y Paz, sólo reconoció ser responsable de una muerte: la de Minelia.

Binoculares desenfocados, porque Minelia, seis años después de la mayor matanza en la historia de Colombia, que dejó casi 90 muertos, 100 heridos e hipotecó el futuro de las otras 1.500 almas de Bellavista, sigue viva y habla, y habla… dicen unos que sin sentido. “Es la que dice más verdades en este pueblo”, refuta ‘Coca’, Bernardina Vásquez, una de las mujeres ancla en este pueblo a la deriva.

Hasta septiembre de 2007, Bellavista era Bellavista. Un caserío más a orillas del Atrato expuesto a los actores de esta guerra que dice no ser guerra, a las crecidas de este caudal que asusta, al abandono estatal, a la lluvia que a veces cesa… Desde septiembre de 2007, Bellavista ya no es Bellavista. En ese mes, los últimos moradores fueron trasplantados a lo que el Gobierno llama Nuevo Bellavista y que la voz popular bautizó ‘Severá’ –por los años de incumplimientos hasta que se levantó este decorado a un costo de 34.000 millones de pesos–.

El viejo Bellavista es hoy esqueleto sin piel. Lo camino con Carmencita, una de las cuatro misioneras agustinas que se han quedado como únicas habitantes de este santuario de olvido. Propios y extraños se han robado la madera de las casas, el piso del centro de salud, los techos de zinc… Lo que restó ha sido pasto de las llamas en las que los soldados han enterrado la memoria de este lugar. Solo queda en pie la iglesia donde ocurrió la matanza y la sólida casa donde viven las agustinas. Carmencita reúne en sus 150 centímetros de altura la dignidad de los que resisten. “Nunca estuvimos de acuerdo con como se hizo lo del nuevo pueblo, fue un chantaje”. Y así fue.

Presencié en 2003 una reunión de la comunidad con Everardo Murillo, el enviado del Gobierno. Las opciones eran dos: o el nuevo pueblo diseñado por burócratas o nada. Demasiados años de nada como para despreciar 265 casas nuevas.

‘Severá’ es nuevo, pero inhóspito. Llego al Nuevo Bellavista en el bote verde desgastado de Macedonio, que compró con parte de los 13 millones de pesos en los que el Estado valoró la vida perdida de su hijo de 6 años. “Hay que guardar el motor porque ahora hay ladrones en el pueblo”.

Corre el barro en la cuesta sin acabar por la que se accede al Nuevo Bellavista. Es mediodía y casi nadie está en estas calles sin árboles. Las casas –diseñadas por la comunidad, según el Gobierno– fueron pensadas para otro lugar, quizá para la sabana bogotana. No hay un solo vecino que recuerde haber diseñado estas cajas de fósforos, con poca ventilación y cuyas paredes de bloque acumulan el calor del día para ser horno en la tarde.

El balance final de la Presidencia publicita bondades tras la visita de Álvaro Uribe el pasado 23 de octubre para inaugurar ‘Severá’. Se hizo acompañar del secretario de Comercio de Estados Unidos, Carlos Gutiérrez, y de varios congresistas de ese país. El show fue perfecto. La realidad, no.

Calles sin terminar, parques inexistentes, malecón virtual… “Echo de menos mucho el otro pueblo, teníamos el río y se conseguía la comidita”, me dice una vecina. En el seudorrestaurante Punto y Coma ya no acompañan el seco con patacones, sino con banano: los botes que venden pescado y plátano ya no arriman al Nuevo Bellavista por lo lejano de las casas.

No hay mucho que hacer acá. No hay centro del pueblo, antes concentrado en el triángulo iglesia-escuela-cancha de fútbol del viejo Bellavista y por las tiendas-bares que hacían de malecón frente al río. No hay grupos de vecinos reunidos. Sólo se siente a los policías.

“Con la Policía entró la vagabundería. Ahora se vende marihuana y basuko y los pelaos la pasan en malas cosas”. La queja de otra mujer –que guarda nombre para salvar vida– se mezcla con el silencio generalizado de casi todos. “Aquí, una no sabe quién es quién”. Un silencio que según todas las fuentes también ha sido comprado en forma de empleos de Acción Social para algunos líderes del pueblo.

El silencio, norma no escrita en el Chocó, es, según un defensor de Derechos Humanos en Quibdó, el principal problema del momento: “La gente no denuncia.

Hay mucho miedo por los infiltrados. Los derechos humanos se siguen violando, pero ahora, además, no existe el derecho a la libre expresión”.

Las comunidades están más solas. El dinero y las presiones han dividido a muchas de sus organizaciones, Naciones Unidas se excusa en las reuniones privadas argumentando que las muertes de ahora son asunto entre narcos y para el resto de Colombia el Chocó sigue siendo ajeno, una fábrica de prejuicios multiplicados por medios y opinadores.

Rosa Emilia Córdoba, a sus gastados 48 años, describe el estado de las víctimas, sin eufemismos: “Somos las sobras del mundo”. Esta mujer empuja la tristeza por la muerte en aquella iglesia de su hijo Ilson, de 19 años, y de su madre Rufina, de 76. Está desplazada en Quibdó. Rosa no había vuelto a Bellavista desde que el 4 de mayo de 2002 huyó en pijama, con una hija de 15 años herida de bala y dejando atrás sus dos muertos. Viajó hasta allá el pasado 28 de mayo para escuchar las grabaciones con las palabras de el ‘Alemán’ que la Fiscalía presentó a la comunidad para someterla a una suerte de terapia colectiva de 6 horas y dudosos beneficios. “No me atreví a ir al pueblo viejo, demasiados recuerdos”. Como tampoco va a vivir en la casa que le correspondió: “Yo no quiero regresar a mi pueblo por la tristeza y por la rabia que tengo. Rabia con la guerrilla, rabia con los paramilitares y… y con el Gobierno, que eso no debía de haber pasado”.

Rabia y resignación son los dos estados que más aparecen cuando se pregunta a estas gentes cómo están seis años después. En Quibdo permanecen cientos de desplazados de los miles que salieron de Bojayá en el 2002. Los estudios señalan que apenas regresó el 60 por ciento. No hay empleo en Quibdó y las condiciones de vida son muy precarias. “De mi familia cayeron 12 en esa iglesia. No pienso volver, tengo todavía el nervio en el cuerpo”. Miriam Martínez, de 58 años, habla con los brazos cruzados y la tristeza atragantada.

Nada ha mejorado para estas gentes y la hermana Yaneth Moreno –aún repleta de energía– lo constata después de una década de trabajo en la zona: “Es frustrante ver cómo no solo las cosas vuelven a estar muy mal, sino que los medios en Colombia ya no están interesados en lo que ocurre. Estamos solos y en el silencio”. Cuando me dirijo al aeropuerto de Quibdó, de salida, siento que salgo de una de las realidades más perversa de Colombia, la solapada tras los aspavientos de los Uribes, los Chávez o de los bravucones armados de uno u otro bando. Y al caminar hacia el avión, volteo la vista y una pancarta me recuerda que en esta guerra, como en todas, la verdad es más escasa que la bondad: “Bienvenidos al Chocó, tierra de biodiversidad y seguridad. Policía Nacional de Colombia”.

No quiero regresar a mi pueblo por la rabia que tengo. Rabia con la guerrilla, rabia con los paramilitares y con el Gobierno... eso no debía de haber pasado”.

Es frustrante ver cómo no solo las cosas vuelven a estar muy mal, los medios en Colombia ya no están interesados en lo que ocurre. Estamos solos y en el silencio”.

La gente no denuncia. Hay mucho miedo por los infiltrados. Los derechos humanos se siguen violando, pero ahora, además, no existe el derecho a la libre expresión”

domingo, septiembre 14, 2008

Tristes presentimientos

El grabado de Goya, cuya fotografía encabeza este post, es titulado como "Tristes presentimientos de lo que ha de acontecer" y fue robado de la fundación Gilberto Alzate Avendaño un 11 de septiembre. La casualidad de la fecha tal vez permitiera la broma infinita (lo siento por el guiño a David Foster Wallace que murió el día de hoy) de que un comando autodenominado 'Comando Arte Libre S 11' se atribuyera las acciones. Por medio del comunicado "Goya, tu grabado vuelve a la lucha" se realizan una serie de críticas que tocan la noción de lo público del arte y su significado. El texto del comunicado es una vil copia (ah, la broma infinita) de un viejo comunicado del antiguo grupo guerrillero colombiano coocido como el M-19, que fue emitido al momento en que ellos robaron la espada de Bolívar de otro museo hace ya muchos años (muy posmoderno todo ¿no?).

Hace unos meses estuve atento a una investigación periodística sobre la misma Fundación, y los testimonios de sus contradictores me parecían, aunque justos, innecesarios. Los artistas defendían su pequeño gueto tal como lo hacía la directora de la fundación. Mientras esto ocurría, el arte colombiano era dominado por los Botero y los Caro. Claro, también por Doris. Pero aquí se abre una diferencia grande: Botero estuvo pendiente de la Violencia en Colombia, y de la toalla de Tirofijo, y de Guantánamo. Caro le dio una mirada a lo que se prohibe en las embajadas colombianas y Doris estuvo al tanto de una vieja palabra que aparece en la Biblia y en los poemas de Paul Celan, Shibolet o Shibbolet, como quieran escribirlo, la cual servía para diferenciar un trigo de otro, para separar los vivos de los que iban a morir, para separar el norte del sur, los migrantes de los puros. Mientras el arte corría por otros lados, la Fundación y los nuevos artistas se desvivían en sus peleas de A mi no me invitaron al coctel. Idiotas, mientras la pelea por el espacio para exponer y sobre quién se robó el Goya se abre, en otro espacio, conocido muchas veces por su intransigencia y falta de apertura, se inaugura una de las exposiciones más importantes de la década.

En el Museo de Arte Moderno de Bogotá (MAMBO), un grupo de artistas de todo el continente se une en sus temáticas con el tema de los desaparecidos en las dictaduras, de los cadáveres insepultos, de aquellso que no han de vovler y las vidas que no pudieron ser. De forma curiosa la exposición es patrocinada por norteamericanos. Ahí se puede apreciar un arte que no ignora su realidad, que no le da miedo observar el abismo (ver). Fui el día de ayer con un documentalista y uno de is jefes a verla. No pude reprimir una lágrima observando las bicicletas vacías en Uruguay, esperando a sus dueños años después gracias a un simple stencil; también vi la bandera chilena en los huesos, hecha con los fémures de los muertos; vi el maniquí colombaino de los años 50 destrozado como los muertos de esa década; vi una escalera al infierno llena de los nombres de los asesinos en Chile; vi fotos del Río de la Plata, tan parecido a nuestro río Cauca; vi cientos de fotografías de antiguas parejas que fueron conducidas a comisarías de la muerte y cuyos hijos podemos ser nosotros mismos al mirarnos al espejo; vi un vaso con agua, alejado tras barrotes, sobre las palabras Tengo sed; vi una vieja fotografía de escuela pública argentina con un destino trazado; vi fotografías judiciales; vi que a los desaparecidos se les esconde con el eufemismo de ser desaparecidos cuando en realidad fueron hechos desaparecer, los desaparecieron. Todo eso lo vi de forma tan clara y luminosa como la cruz gamada roja que se construía,. Todo eso lo vi gracias a un grupo de artistas de todo el continente que sufrieron y no callaron, que trabajaron y no se dedicaron a sus pequeños performances egocéntricos y les importó una mierda si los invitaban o no al coctel. Creo que a Goya tampoco el interesaban los cocteles o quién no era invitado a ellos. Que tristes presentimientos me dan los artistas que se molestan tanto con los cocteles y tan poco con los muertos que los van rodeando.

A veces, la rebeldía y el arte pasan por cauces distintos a los que se pueden leer en esta farsa de rebeldes que pelean por su pequeño gueto en lugar de una verdadera lucha por la libertad. Si quieren hacer algo productivo en lugar de esto deberían ir a ver la exposición del MAMBO y aprender algo, y si quieren ver estupideces y una sarta de tiempo mal gastado, lean lo que hacen los artistas posmodernos que no son invitados a los cocteles y se mueren por eso:

Texto entregado por 'Comando Arte Libre S 11'

Goya, tu grabado vuelve a la lucha. La lucha de Goya continúa, Goya no ha muerto. Su grabado rompe las telarañas del museo y se lanza a los combates del presente. Pasa a nuestras manos. A las manos del arte libre de políticos y apunta ahora contra la imagen de todos esos burócratas explotadores del pueblo. Contra los amos nacionales y extranjeros. Contra ellos que lo encerraron en los museos enmoheciéndolo.

Los que deformaron las ideas de Goya. Los que nos llamarán anarquistas, puristas, maleducados, sinvergüenzas, aventureros, terroristas, bandoleros. Y es que para ellos este reencuentro de Goya con su audiencia es un ultraje, un crimen. Y es que para ellos su grabado libertador en nuestras manos es un peligro.

Goya no está con ellos -los oportunistas- sino con los oportunos. Por eso su grabado pasa a nuestras manos. A las manos de la audiencia que no va a cócteles, que no paga la boleta que cobra la Fundación Gilberto Alzate Avendaño por ver la exposición (¿por qué el lucro? ¿Acaso no es una institución pública?).

Y unido a las luchas de la audiencia del arte no descansará hasta lograr la independencia del delfinazgo de los Alzate y los Moreno, esta vez total y definitiva.
Por eso es necesario que ahora, como hace dos siglos, los colombianos veamos el grabado con que Goya retrato la estupidez española heredada por los criollos ilustrados que solo se liberaron de los chapetones para guardarse sus tierras y títulos pero que juraron de inmediato lealtad ante el Rey de España (y que al menos tuvieron la engañosa suerte de morir como próceres de la Patria).

Sin distingos de ninguna especie invitamos a la audiencia a que nos lancemos a recorrer los caminos de "Los desastres de la Guerra", en lucha por la segunda y completa independencia. Interpretamos al arte cuando recuperamos el grabado de Goya.

El grabado 'Tristes presentimientos de lo que ha de acontecer' constituye un símbolo que vale más que cien derechos de petición y mil tutelas. Por eso nuestra primera acción consistió en ponerla a circular en manos de la audiencia que lucha por la libertad del arte y quitársela de las manos de estos viles oportunistas y fantoches disfrazados de ilustrados y mecenas: Old Masters Art Brokers y Abad Land Fine Art, la Casa Museo Goya de Fuendetodos, la Diputación de Zaragoza (España), el Alcalde Mayor de Bogotá, la Secretaria de Cultura, Recreación y Deporte y Ana María Alzate, directora de la Fundación Gilberto Alzate Avendaño.

¡Con la audiencia, con la imagen y sin poder! ¡Presente, presente, presente!


lunes, septiembre 08, 2008

Crónicas del mundo - Lobo Antunes

Recuerdo un día de mucha humedad en la Feria del Libro de Bogotá y por tanto una obstinada niebla se negaba a retirarse e impedía el adecuado tránsito entre los pabellones que la conformaban como si fueran los órganos del cuerpo desconectados de la vida. Bajo las puertas de uno de los pabellones, tal vez el corazón o el hígado aislado de la Feria del Libro, se encontraba Lobo Antunes, mucho mayor que el personaje que ocupa el centro de la fotografía tomada en Angola en 1972 que encabeza este post, en aquellos momentos que dieron inicio a tantas de sus novelas en la guerra colonial de Portugal, mientras era médico en el culo del mundo. Su cabello era completemente blanco y coronaba la vida de un cansado cuerpo que ya superaba los 60. Se veía como eso que siempre ha sido, un médico forense de los sentimientos humanos, el psiquiatra de la guerra y el colonialismo, el hombre que no soportaba el ambiente infecto de los hospitales, porque además, ¿quién puede soportar la asepsia de un hospital sin sentirse un poco culpable de una vida propia sin pecados?, porque al recorrer los callejones de un hospital cuando mi madre yacía en él, o mi padre, o en general cualquier ser querido, la asepsia era signifcado de la posibilidad de muerte, como si en la pureza del mundo, la pureza de los patriotas, la pureza de los santos falsos y los ascetas, la pureza de los sacerdotes cristianos, se escondiera la muerte

(el formol me hacía vomitar y el olor de los hospitales que siempre enferma, como si tuviera necesidad de sentir mis propios vicios)

a la que se enfrenta el recuerdo, ante el cual Lobo Antunes se convierte en el escritor que no le gusta escribir sino oir los recuerdos y muere cada vez que escribe un texto para escuchar la eternidad del ser humano.

Ganador hoy del premio Juan Rulfo, Antonio Lobo Antunes se acerca más al Nobel de literatura. Sus textos reproducen el ambiente de los estudios de anatomía renacentista, en que los lectores se convierten en los estudiantes aplicados que toman el escalpelo y capa por capa retiran un velo al alma humana,

(el olor de los hospitales, la oxidación del ácido metílico)

en un proceso que no deja de doler. Al verlo bajo las puertas del pabellón lo seguí a distancia. Lo encontré mirando la cielo hasta que se le acercó una mujer joven con tres de sus libros en las manos, indecisos de estar en ellas o en el suelo, para que los autografiara. Aproveché igual, con la palabra maestro, que para mí significa mucho más de lo que puede expresarse, para hablar unos segundos con él sobre la lluvia de Bogotá que casi nunca se decide a caer y obtener una dedicatoria de uno de sus libros que recién acababa de comprar. Al retirarse, me sentí inundado de la sangre del cuerpo moribundo de la literatura nacional

(el formol me hacía vomitar y el olor de los hospitales que siempre enferma)

y hoy, después de mucho tiempo aún recuerdo dos o tres de sus crónicas para el diario El País de España, crónicas del mundo, una de ellas dirigida para quien va a escribir, otras dirigidas al ser humano (otra palabra que no uso sin tener muy en cuenta todo lo que arrastra su significado), otra dirigida al lector, así que tomo en mis manos el fino bisturí y leo:

FRAGMENTO LITERARIO: LA CRÓNICA

La espuma contra las rocas

António Lobo Antunes 16/12/2006

La mujer dijo

-Creo que estoy embarazada

y se puso a pellizcar el cojín del sofá sin mirar al hombre. Una de las piezas del juego de ajedrez encima de la mesita estaba caída al lado del tablero. Un peón o un alfil, no se distinguía bien, porque los alfiles se parecían a los peones pero más grandes.

El hombre, que no pellizcaba ningún cojín, intentaba poner al peón o al alfil de pie con la fuerza de los ojos. La mujer dijo

-Estoy embarazada

y el peón o el alfil siguieron sin obedecer la orden del hombre. También había un poco de ceniza fuera del cenicero. Era sólo un poco, pero al hombre le parecía inmensa. El par de grabados encima de la chimenea había cambiado de color. Al hombre le pareció extraño que los grabados cambiasen de color. Dejó el peón o el alfil y los grabados volvieron a ser como antes. La mujer dijo

-¿Qué me dices tú?

no pellizcando el cojín, retorciéndolo con la mano. Un cojín de terciopelo, gris. En su primer tiempo de convivencia a ambos les gustaba la casa. Ahora no se fijaban en ella. Una nube

(o una bandada de pájaros)

cruzó la ventana. Ninguno de ellos hizo caso. El hombre se inclinó hacia delante y enderezó la pieza caída. Daba la impresión de que no existía nada más en el mundo, ni siquiera la revista abierta sobre las rodillas. La mujer, que existía aún menos que la revista, dijo

-¿No dices nada?

con algo como un proyecto de lágrima en uno de los párpados, no una lágrima, una agüita vaga vacilando.

El hombre disponía las piezas en orden en el tablero de ajedrez, colocándolas una a una justo en el centro de los cuadrados que no eran negros ni blancos, sino azules y verdes, de mármol, con estrías moradas. El agüita vaga se ensanchó y disminuyó. Si se lo observaba mejor, el grabado de la izquierda necesitaba un empujoncito para quedar paralelo al otro o hacia abajo, en el ángulo inferior derecho, o hacia arriba, en el ángulo superior izquierdo. Cuando la mujer repitió

-¿No dices nada?

el hombre se decidía justamente por el ángulo superior izquierdo sin levantarse del sillón. Le apetecía levantarse del sillón y no se levantaba. Pensó

-Esta noche lo hago

pero no sólo debe de haberlo pensado, debe de haber dicho algo porque la mujer

-¿Hacer qué?

mientras aumentaba el agüita del párpado y el hombre seguía examinando la ceniza ya que le faltaba resolver el problema de la ceniza para que la sala quedase perfecta. El meñique mojado con saliva, por ejemplo, o si no llevarla con mucho cuidado hasta el borde de la mesa, dejarla caer en la palma e inclinar la palma sobre el cenicero. Medía las ventajas del meñique y las ventajas de la palma en el instante en que la mujer lo interrumpió

-El tema no te interesa en absoluto, ¿no?

separando las palabras con un asomo de odio. No odio, decidió el hombre, miedo, más miedo que odio, se le pone siempre esa cara cuando tiene miedo, ¿cuántos años hace que la conozco? Intentó hacer el cálculo y no obstante a veces llegaba a la conclusión de que dos y otras que tres. En verano, de eso se acordaba, a través de unos amigos. También se acordaba del vestido estampado, de la cola de caballo, de su manera de sonreír. Sonreía con toda la cara, con todo el cuerpo. Su lengua, la forma de entrar con su lengua en mi boca dos o tres noches después. Dedos que le desabrochaban la ropa y se atropellaban con los botones, demasiados dedos, demasiada ansiedad, la espalda que temblaba. Esto en el coche frente al mar, un segundo coche a veinte metros, también con los faros apagados, se acordaba igualmente de una voz en su cabeza

-Voy a meterme en un lío

a medida que le soltaba de los hombros los tirantes del vestido estampado. A cada centímetro de piel a la vista el

-Voy a meterme en un lío

más fuerte, y excitándolo la certidumbre de que se iba a meter en un lío. La mujer dijo

-¿Me estás vacilando?

no frente al mar, ahora, frente al mar una especie de susurro

-Deprisa, deprisa

¿y donde hoy en día, explícame, se encuentra tu prisa? ¿Dónde la cola de caballo, dónde la sonrisa, dónde aquella forma de tocarle la nuca y dónde los dedos que jugaban con sus orejas? En lugar de jugar con sus orejas pellizcaban el cojín del sofá. Venas en las piernas que no tenía en aquel entonces, arrugas inesperadas, una mancha en la frente y la mujer

-No me mires la frente, mírame a mí, caramba.

Una mancha en la frente, blanquecina, de crema y tal. Extendió el brazo hacia la mancha y la mujer retrocedió

-Quieres resolver los problemas con caricias, ¿no?

El hombre no quería resolver nada, quería entender la mancha. El largo del pelo de la mujer ya no alcanzaba para una cola de caballo. Si se lo recogiese y lo sujetase con un elástico le quedaría mal. En compensación, ¿cómo le quedaría, en este preciso instante, el vestido estampado? Corolas grandes sobre un fondo amarillo. En el coche, frente al mar, acompasaba sus movimientos con el movimiento de las olas a pesar del

-Deprisa, deprisa

y en esto la espuma contra las rocas creciendo y deshaciéndose, la mujer de perfil en el asiento reclinado y la voz en la cabeza de él, a medida que la espuma se disolvía

-Me he metido en un lío, estoy perdido

o sea no la molicie que sucede al placer, ni paz, ni especie alguna de alegría, un malestar resignado

-Me he metido en un lío, estoy perdido

y las olas que seguían, imperturbables, que las parta un rayo a las olas. La mujer dejó de hablar: demasiada agua en los párpados, la boca sobre las rodillas, lo que parecían sollozos, lo que parecía llanto.

Y entonces, sin querer, el hombre afirmó en voz alta

-Estoy perdido

y derribó con fuerza todas las piezas del ajedrez, iguales a la espuma creciendo y deshaciéndose contra las rocas

CRÓNICA: LA CRÓNICA

Para quien va a escribir

António Lobo Antunes 31/03/2007

El escritor portugués recorre los meandros que llevan a una persona a involucrarse en la creación literaria. Uno de los temas sobre los que ha reflexionado en otras ocasiones, pero cuyas respuestas no lo dejan satisfecho. Es más, a cada pregunta más misterios. Tiene claro que él escribe lo que le gustaría leer. Y en la búsqueda de esas motivaciones aparecen otros interrogantes como ¿quién soy? y ¿por qué razón soy este individuo?

Siempre me he quedado cortado cuando me preguntan la edad: por extraño que parezca, tengo la absoluta certidumbre de que he nacido hoy y lo que veo en las fotografías o en los espejos me intriga: una cara que no se asemeja a la mía, un cuerpo que no es el mío, una sonrisa o una expresión seria que me sorprenden. Lo mismo me pasa con el nombre: vacilo antes de responder: ¿seré yo? ¿No seré yo? António, qué vocativo extraño referido a mí. Y, si me presento, la sensación culpable de estar mintiendo. Las personas más próximas a mí, ¿con quién están hablando? Las veo tan seguras de conocerme que me confunden. ¿Quién, por ejemplo, escribe ahora? Hace un tiempo declaré que era la mano y lo hice con total sinceridad. Sólo que no puedo asegurar que la mano me pertenece. Pero, si no me pertenece a mí, ¿a qué persona le pertenece? Usa materiales que me resultan familiares, mejor dicho algunos de ellos, cada vez menos, y todo lo demás ignoro de dónde viene. Palabras que me susurran o la mano, que va trayendo ecos que llegan y se imponen, frases venidas quién sabe de qué lugar cercano o lejano. Después todo se ordena y estructura de acuerdo con una secuencia en la que, ahí sí, intervengo. Ahí sí soy yo el que trabaja con el magma de las primeras versiones, cortando, cortando. Parto hacia un libro sólo con la decisión de completarlo y casi sin ningún elemento. Es esa decisión la que convoca las voces, los sonidos, la estructura. Un libro es un acto de voluntad. Lo hago porque estoy resuelto a hacerlo. Porque lo que leo de los demás muy raramente me satisface, cada vez menos me satisface. Siendo totalmente sincero, no me satisface. De manera que redacto lo que me gustaría leer. El problema es que no leo, es decir, no estoy fuera y por tanto no leo. Me limito a fabricar, y eso no es leer. A intentar acercarme a lo que imagino todas las veces que sean necesarias hasta que las páginas se tornen lo que pretendo. No es, no sé cómo decirlo, no es un trabajo de inocencia

(de qué un trabajo de inocencia)

sino un trabajo de taller. Me meto entero dentro de la cosa, removiendo en ella. Me despierto con ella, me acuesto con ella, me paso todo el día con ella, ella y yo

(es difícil expresar esto)

somos el mismo organismo, no uno parte del otro, el mismo organismo. Y si de tiempo en tiempo, en las crónicas, me refiero a esto, es con la intención de aclararme a mí mismo y a las personas a quienes les interesa lo que les doy. Al principio de la carrera de médico deseé, por mi cuenta o con Daniel Sampaio, comprender las razones de la creación. Publiqué un primer texto sobre Antero de Quental a los veintiuno o veintidós años. Luego Bocage. Después de la carrera Ângelo de Lima, D. Duarte (con Daniel), Lewis Carroll (también con Daniel), varios autores. Si lo pienso dos veces, creo que no llegué a entender nada sobre ellos ni sobre mí, que era lo que realmente pretendía.

El misterio del acto de crear permanece intacto. Recorrí la prosa de personas que buscaban también comprender, y el misterio del acto de crear permanece intacto. No creo que ningún individuo lo aclare. Y me resigno a duras penas a ese hecho. Cuando una obra es buena se vuelve impermeable a cualquier tipo de abordaje. Sus mecanismos están ocultos. Podemos comprobar los resultados pero nunca alcanzamos las raíces. Ni el tronco. Las hojas sí, a veces, ¿y qué interesan las hojas?

¿Qué hace que haya personas que producen esto? ¿Qué ha sucedido en su vida o qué demonios tienen en el alma para producir esto? ¿Y cuál es el motivo de que esto se convierta en el único elemento importante de sus vidas hasta revelarse, en apariencia, como unos monstruos de egoísmo? Camus

(detesto las citas, no haré ninguna más)

hablaba del egoísmo necesario a la creación y, sin embargo, pensándolo mejor, no me parece que egoísmo sea el término apropiado. Es un estado que se adueña del poseído sin que el poseído se dé cuenta. Me sucede con frecuencia reunirme para cenar con mis hermanos. Es curioso: ceno con ellos y no ceno con ellos, converso y no converso, formo y no formo parte de la familia y, no obstante, siento que estoy muy apegado a ellos. Soy uno de ellos y soy un extraño. Y, sin embargo, si les sucediese algo grave, sufriría como un perro. Y la pregunta regresa, obsesiva

-¿Quién soy?

Y tras esa pregunta borbotones de preguntas igualmente obsesivas

-¿Por qué razón soy este individuo?

-¿Por qué me siento diferente?

o la gran pregunta, que desde que me encontré no ha dejado de perturbarme

-¿Por qué yo?

No es un destino especialmente agradable, no es frecuente asociarlo al placer y, no obstante, ¿qué me ha hecho ser de este barro? He acabado un libro hace poco. Aún no tengo fuerzas para pasarme horas y horas, todos los momentos de la semana, a las vueltas con uno nuevo. Pero dentro de dos o tres meses estaré iniciando el próximo y los inicios de los libros son terribles. Un montón de versiones para las primeras páginas

(-Aún no es lo que yo quiero, aún no es lo que yo quiero)

hasta que la mano coja el tranquillo. Me hace recordar el agua que se derrama en las tablas del suelo, despacio, eligiendo el camino. La primera mitad lleva el triple de tiempo de la segunda mitad, cuando ya va sobre rieles y las palabras casi avanzan solas. Las semanas antes de comenzar y el final son agradables

(sobre todo las semanas antes de comenzar son agradables)

pero el arranque es un trajín lleno de desánimos, de falta de confianza, de miedo, la duda

-¿Me habré agotado?

la sospecha

-Tal vez ya no queda nada la interrogación

-¿Qué hago yo sin esto?

y un pavor

(no exagero)

y un pavor inquieto. Es así desde el principio y será así hasta el final. Ya debería estar habituado a estos sentimientos, pero no lo estoy. Lo curioso es que, aunque me lamente, y me lamento, no me cambiaría por nadie. No me imagino, me resultaría imposible imaginarme viviendo de manera diferente. No cambiaré nunca. Dura desde los siete u ocho años, dura por cierto desde que nací. ¿El bloqueo del artista? No creo en eso: los bloqueos, que son constantes, se solucionan topetando contra el papel, aunque no se obtengan resultados, hasta que los resultados lleguen. Acaban llegando, es una cuestión de porfía y de paciencia. Pido perdón, en lugar de las anécdotas que suelo contar en las crónicas, tan diferentes de los libros en que no hay anécdotas, por haberos agobiado con este discurso. Es que, de tiempo en tiempo, viene la necesidad de recapitular. Y una conversación de este tipo tal vez puede serle útil a quien ha nacido con el mismo sino: en ciertos aspectos, los escritores son monótonamente iguales. Y los que han nacido con el mismo sino comprenderán que no están solos: anda por ahí, la mayor parte de las veces quién sabe dónde, una criatura con las perplejidades, los entusiasmos y las desesperaciones que les pertenecen. Y alivia compartir este hado. Los cancerosos se consuelan entre sí. No sirve para nada, claro, pero da la ilusión de servir y es bueno vivir acompañado. Después cada uno muere en su rincón y ha dejado de tener importancia la muerte, porque algo vivo ha quedado, una especie de lucecita que no se apaga jamás.

Traducción de Mario Merlino.


CRÓNICA: LA CRÓNICA

La mejor es la única buena

António Lobo Antunes 22/07/2006


Pensándolo bien, no soy un escritor, porque lo que hago no es escribir, es oír más intensamente. Me siento y espero hasta que las voces comiencen. Andan a mi alrededor, más fuertes, más tenues, más distantes, más próximas, hablando sin sonido y no obstante diciendo, diciendo.

El problema es elegir cuál de ellas es la verdadera, porque todas las demás mienten. A veces lleva semanas, lleva meses entenderla. Casi nunca se trata de la más nítida. Casi nunca, no: nunca se trata de la más nítida, ni de la más seductora, ni de la más inteligente. En general se apaga, recomienza, vuelve a apagarse, se distrae de mí y yo de ella, intento encontrarla entre las restantes, no lo consigo, lo consigo, no lo consigo, recomienzo, la descubro a lo lejos, creo descubrir

-Es ésta

me desilusiono

-No es ésta

pues lo que cuenta no tiene sentido y no obstante existe algo en el sinsentido que me persigue, la atraigo hacia mí o me empujo hacia ella, no la atraigo hacia mí, me empujo hacia ella, comienzo a probarla despacito, una palabra dispersa, una segunda palabra al azar, una frase entera, las voces que quedan se empeñan en desviarme

-¿Qué interés hay en eso?

-¿A qué te lleva ese discurso?

-Estás equivocado

me entregan personajes, episodios, historias y yo no quiero saber nada de personajes, episodios, historias, eso es para quien hace novelas y yo me cago en las novelas, quiero un hilo que me conduzca al centro de la vida y traer a la superficie todo lo que existe ahí dentro, quiero el corazón del mundo, no quiero entretener a los que las compran, no quiero divertirlos, no quiero divertirme, quiero lo que reside en el interior de lo interior, donde están las personas y nosotros con ellas, transformar en letras lo que no tiene letra alguna, quiero seguir un pasito leve en un corredor que no sé dónde queda, no exactamente un pasito, el eco de un pasito que ha de volverse pasito si continúo con él, que ha de ganar carne y ojos y llevarme consigo, quiero respirar con él, quiero que nos quedemos juntos, quiero que el pasito sea mi pasito y el corredor mi corredor, que la carne y los ojos se conviertan en mi carne y en mis ojos, quiero ese libro que aún no ha comenzado, pero que a fuerza de obstinación y orgullo y paciencia se volverá mío, sin escribirlos, claro, ya no caigo en esa trampa, dejándolo salir como el agua que se derrama y encuentra su curso en las junturas de las tablas del suelo y no es mi libro, dado que no me pertenece ningún libro con mi nombre, los libros deberían llevar el nombre del lector, no del autor, en la cubierta, es el lector quien le da sentido a medida que lee, es al lector a quien le pertenece la voz, y no sólo la voz, la carne y los ojos y el corredor y el paso, y el lector está solo y es inmenso, el lector contiene en sí el mundo entero desde el principio del mundo, y su pasado y su presente y su futuro, y se escucha a sí mismo y siente el peso de cada víscera, de cada célula, de cada íntimo rumor, el lector no para de crecer y ya no necesita ni el libro ni a mí, y al acabar el libro comienza, y al guardar el libro en el estante el libro continúa y el lector continúa con él, cada célula se divide en millares de células y el lector es muchos, y el lector deja de leer porque no está leyendo, aunque piense que está leyendo no está leyendo nada en absoluto, tiene todas las edades al mismo tiempo y todos los tiempos de su vida aunque el libro esté cerrado en algún rincón de la casa y el lector no lo necesite para continuar con él y ahora me vienen a la cabeza las semillitas sin peso que en el verano de cuando éramos pequeños entraban volando por la ventana, volvían a salir, desaparecían y, aun desaparecidas, seguían con nosotros llevando de la mano recuerdos y esperanzas y alguien que cantaba

(¿qué mujer?)

junto al lavadero una melodía

(a veces ni una melodía siquiera: dos o tres notas solamente)

que son las únicas que oiremos cuando caiga la noche y las sombras que nos rodean piensen

(más que pensar: tengan la certidumbre, ellas y el médico y el señor de los ataúdes)

de que no oímos nada.


CRÓNICA: LA CRÓNICA

Crónica con buganvillas

António Lobo Antunes 18/08/2007

El escritor portugués dice no asociar el placer con la escritura de libros, pero lo cierto es que no hay ninguna otra cosa que prefiera más en el mundo. Hubo un tiempo que sufría por no ser capaz de crear. Descubrió el verdadero dolor de la impotencia. Se refugió en los casinos. Un nuevo mundo. Conoció las estrategias secretas de mujeres y hombres para seguir jugando. Tanta porquería a la vista. Y el arte de escribir volvió.

Las buganvillas en flor a lo largo del muro. A menudo, no importa qué esté haciendo o en qué ande pensando, me vienen las buganvillas en flor, azules y moradas, a lo largo del muro, el viejo y oscuro muro de mi infancia, entre la travesía y el callejón. Tanta sombra, siempre, por debajo de la buganvilla: e insectos diminutos, lagartijas, amenazas. Recuerdos así: mi bisabuela, aturdida, desataba un pañuelo de bolsillo y desparramaba un montón de joyas en la mesa. Me quitaba los caramelos y se los comía ella con esa boca elástica de los viejos, la expresión de Popeye que tienen todos: sólo les faltan los bíceps y la pipa. Me olvidaba del ancla tatuada: les falta también el ancla tatuada, claro. Antes del desatino, mi bisabuela se metía en el tren, a escondidas, para ir a jugar a la ruleta en el casino. De Benfica a Estoril quietecita, con miedo a que la reconociesen. Antes de comenzar a escribir Memoria de elefante, me pasé un año entero jugando todas las noches en el casino. No a la ruleta

(nunca me gustó la ruleta)

sino a la banca francesa. Al cabo de un mes ya conocía a muchas personas con el mismo vicio. Y a las mujeres que se prostituían sólo para tener dinero y poder seguir jugando. Llegaba a las once y salía a las tres de la mañana, cuando se cerraban las puertas. En muchas ocasiones me iba con alguna de esas mujeres: vivía en un apartamento pequeñito, por encima del mar. He descrito buena parte de esto en la novela. He descrito también el apartamento. Las pasé moradas para dejar el casino. Supongo que sufría un poco: de soledad, de no ser capaz de crear. Tenía dos hijas. No tenía nada salvo mi esterilidad en cuanto artista. No cogía el papel, no cogía la pluma, la cabeza se me había vaciado. La guerra, al lado de esta miseria, había sido el Paraíso para mí. Es la primera vez que hablo del dolor de la impotencia, e imagino lo que será el martirio de los hombres que fracasan en la cama. Y, no obstante, si me diesen a elegir, preferiría eso a la imposibilidad de la escritura. Sigo prefiriendo eso

(y todo lo demás)

a la imposibilidad de la escritura. ¿Por qué? No merece la pena preguntar por qué. Es así. Y será así hasta el final.

Las buganvillas en flor a lo largo del muro, azules y moradas a lo largo del muro. Qué destino del demonio es este que hace que un hombre

(que hace que yo)

mate incluso, si fuere necesario, para proteger un hado que no da ni goce ni alegría. Hacer libros es una tarea que no asocio al placer. Y, no obstante, ¿qué otra cosa me interesa de verdad? Además me ha vuelto humilde, es decir, me ha dado un orgullo humilde. Quería ser el mejor. Soy el mejor. ¿Y? ¿Qué he ganado con eso? Más miedo a escribir, más humildad todavía. Hola, buganvillas en flor a lo largo del muro.

En la sala de juego, me acordaba de mi bisabuela: ¿cuál era su mesa? ¿Ésta, aquélla? ¿Vendería cosas, como tantos hacen, para comprar fichas? En los casinos, y eso es algo que siempre me ha perturbado, nadie sonreía. Expresiones indiferentes. Personas, que se notaba que eran pobres, apostando unos dinerillos menudos; personas, que no sospechaba que fuesen ricas, lanzando al paño, con desdén, en una sola jugada, más que todo mi sueldo. Los crupiés lo recogían, imperturbables. Señoras elegantes en el bar que cruzaban las piernas, con el comienzo del liguero al aire, fumando con una expresión absorta. Echaban nubes blancas por la nariz. Homosexuales a la deriva como los perros en las playas desiertas, intentando descubrir un olor que los guiase. Inspectores de esmoquin con un paso lento de flamencos. Y yo un año entero

(buganvillas, buganvillas)

en esto. En momentos de suerte, las señoras elegantes me convocaban con la boquilla, poniendo el liguero un poco más a la vista, y yo me metía la mano en el bolsillo para disimular el entusiasmo. Vistas de cerca no eran tan jóvenes, y al dejar el whisky sus bocas eran amargas. Pero era bueno que me susurrasen amabilidades al oído, que acababan con una puntita de lengua que me estremecía. Uñas que buscaban los espacios entre los botones de mi camisa. Rodillas contra mis caderas. Salían con abrigos de piel, frioleras, caminando, como Cristo sobre las aguas, sobre sus tacones de aguja. Durante días y más días mi coche

(un pobre coche siempre sucio)

olía a perfume, y ahí están las buganvillas en flor a lo largo del muro, el viejo y oscuro muro de mi infancia, entre la travesía y el callejón. Tanta sombra e insectos diminutos, lagartijas, amenazas. Una mañana de vacaciones, una serpiente: no una serpiente grande, es evidente, una de esas pequeñas, inofensivas. La aplasté con una piedra, la ensarté en una caña, fui a asustar a mi madre con aquello:

-Quita esa porquería de mi vista.

Dios mío, la cantidad de porquerías que debería haber quitado de la vista. ¿Estaré aún a tiempo de comenzar ahora?

Traducción de Mario Merlino