jueves, junio 01, 2006

Soy mi propio hechizo

Las historias de los marineros siempre mencionan el enfrentamiento a los dioses, a los monstruos marinos, todo lo que les depara ese mar real e imaginario. Entre esos peligros, en un lugar destacado, fuera de las ballenas blancas de Ahab o los barcos perdidos de Coy, están las tormentas. Ellas cambian o detienen el rumbo que tanto se han esforzado los pilotos por trazar, calculando derrotas en el camino, fondos, latitudes, longitudes, esperando ver aparecer a la hora señalada y en la dirección escogida, el puerto de destino. Aparecen en el horizonte, grandes nubes negras; se sienten en el aire con una extraña fuerza eléctrica que te eriza el alma y se concentra entre las cejas. Algunas veces llegan de improviso, hinchando las velas en direcciones inesperadas. Esas tormentas pueden tardar diez años en llegar, como en ciertos lugares de las costas mediterráneas, o un mes mostrándose amenazadoras en los cielos del Atlántico, expectantes, y de pronto, una gota en el rostro abre el bote a la aventura. Al final, el marinero, agotado, se acerca por detrás al capitán que mira el mar en calma parado sobre los destrozos de su nave y, casi en un susurro, dice: “Son las ballenas jefe, ¿cierto? Allá. Son las ballenas”.

Recuerdo que compré, en la Feria del Libro, “Dama de Porto Pim” de Antonio Tabucchi. Re-leí con placer sus páginas, y aquí les lego un párrafo del cuento que le da nombre a ese libro, en cuyas páginas está el origen de este blog:

“La encontré un domingo en el puerto. Iba vestida de blanco, tenía los hombros descubiertos y llevaba un sombrero de encaje. Parecía salida de un cuadro y no de uno de aquellos barcos cargados de personas que huían a las Américas. La miré largamente y ella también me miró. Es extraño cómo el amor puede entrar dentro de nosotros. En mí entró al observar dos arruguitas apenas insinuadas que tenía en torno a los ojos y pensé: ya no es muy joven. Pensé eso porque quizás a aquel muchacho que era yo entonces una mujer madura le parecía más vieja de lo que en realidad era. Que tenía poco más de treinta años lo supe sólo mucho más tarde, cuando saber su edad ya no servía para nada. Le di los buenos días y le pregunté si podía serle útil. Me indicó la maleta que se hallaba a sus pies. Llévala al ‘Bote’, me dijo en mi lengua. El ‘Bote’ no es un lugar para señoras, le dije yo. Yo no soy una señora, respondió, soy la nueva propietaria”.

Al final del libro hay un mapa, latitudes y longitudes, y un pequeño anexo en el que se cuenta lo que las ballenas dicen cuando miran a los hombres. El que tenga oído para oírlas, no las comente, que oiga.

2 comentarios:

CARLOS A. GAMBOA dijo...

Interesante saber lo que dicen las ballenas al mirar los hombres. Qué diría Orca la ballena asesina, Willi esa amorfa imitación de ballena potsmoderna, o la ballena blanca huyendo del arpón? La ballena, la tormenta y el amor, -se me ocurre- se interconectan en un momento único, todas son majestuosas y profundamente humanas

Arlovich dijo...

Mazo: visite a una sombra suya:http://plotino.blogspot.com/